31
Mara
Debería haber intuido que en plena ola de calor a finales de julio no habría un solo técnico libre dispuesto a arreglar un aire acondicionado viejo.
No recordaba que hubiera sido necesario ningún verano anterior.
Supongo que el calentamiento global también ha llegado al sitio más recóndito de Extremadura.
Llevo tres noches sin dormir y ya no me reconozco en el espejo. Me arde la piel. Aunque esté quieta, el aire no corre y, por las noches, solo se oye el zumbido de los mosquitos. He mirado el tiempo en el móvil: alerta roja hasta el lunes. Fantástico.
Quizás debería llamar a Vega. No sé nada de ella desde que se pasó por casa a tomar una infusión hace un par de días. Quizás me deja meterme en su bañera y llenarla con hielo.
Marco su número.
—Prima, ¿qué tal?
—Bien, ¿y tú? ¿Qué tal estos días por el pueblo?
—Bien. Mal. O sea, estoy bien, pero muerta de calor. Dime que tienes un hueco en tu casa hasta que pase la ola porque, de verdad, no puedo más. No duermo, no pienso, no sé quién soy.
—Ay, justo estoy en la capital con un lío del curro. Pero pásate tú, estará solo la tía.
Me trago un suspiro. He ido a su casa a saludarla un par de veces para tomar café y ver a Vega, pero no es mujer de muchas palabras. Me da apuro y también me da rabia que me dé apuro.
—Ah, no te preocupes. No quiero molestar.
—Anda ya. Seguro que le hace ilusión.
—Vale, me pasaré.
Sonrío con incomodidad. Es mentira y creo que hasta ella sabe que no voy a pasarme, pero lo deja estar. Me cuenta algo del trabajo, un cliente que no entrega papeles, y me despido enseguida porque la he pillado en mal momento.
Y entonces pienso en mí, cuando estaba así. Siempre apagando fuegos, corriendo, ocupada. ¿Cómo le irá a la subdirectora? Me dan ganas de llamarla, de preguntar si todo va bien, pero no quiero parecer que no confío. Además, este parón me está haciendo bien.
O me estaba, porque el calor no me deja ni respirar. He intentado ducharme y el agua sale caliente. No se enfría nunca. Me planteo muy seriamente no cumplir la última voluntad de mi abuela y volverme a la capital, a mi piso con aire acondicionado.
Sin embargo, algo me retiene. No sé si es orgullo, terquedad o la voz de mi abuela resonando en las paredes.
Aguanta el verano, Mara. Aguántalo entero.
Llaman a la puerta justo cuando estoy tumbada boca arriba en el suelo del salón, como una lagartija agotada.
El cuerpo extendido, la cara girada hacia la ventana y la esperanza puesta en las baldosas, que parecen lo único fresco de esta casa.
Ni el ventilador mueve el aire. Me late la sien y tengo el pijama pegado a la piel como una segunda dermis de algodón sudado.
Incluso he pensado en tomarme un café para espabilarme, y eso que odio el café, pero el calor me tiene tan amodorrada que ni he encontrado fuerzas para hacerlo. Solo me falta una ramita de romero y parecería un cadáver romano en ofrenda al sol.
Cuando llaman de nuevo, tardo unos segundos en reaccionar. Me arrastro hasta ponerme en pie con esfuerzo, con los músculos dormidos. ¿Quién en su sano juicio sale a la calle con esta temperatura?
Abro la puerta y ahí está él: Elio.
Lleva una camiseta gris clara que ahora parece oscura por el sudor. Tiene el pelo mojado y unas gotas le recorren la frente antes de resbalarle por la mandíbula. Parpadeo, confundida. Me da la impresión de que es una alucinación térmica, como si el calor me estuviera jugando una mala pasada.
—¿Hola? —murmuro, sin saber si es pregunta o reproche.
—Hola. Venía a ver si estabas bien.
—Ah, sí. Estoy estupendamente —respondo, con una sonrisa impostada que ni siquiera me molesto en disimular.
—¿Seguro? —pregunta, ladeando un poco la cabeza. Tiene las cejas fruncidas y ese gesto suyo que no sé si es preocupación o cabezonería.
—¿Has venido solo a preguntarme si estoy bien?
Suspira mirando al suelo mientras se pasa una mano por la nuca.
—Quizá tu prima me mata —dice al fin—, pero me ha contado que estás pasándolo fatal con la ola de calor, que el aire no funciona y que, aunque te había dicho que fueras, no ibas a ir a casa de tu tía.
A quién voy a matar yo es a mi prima. ¿Pero para qué le cuenta nada? Cruzo los brazos sobre el pecho, más por defensa que por pudor. Estoy tan pegajosa que hasta eso me da calor.
—Bueno, ya ves. Sobrevivo. El suelo es agradable —digo.
Él me mira un segundo. Luego, con esa mezcla de paciencia y descaro que siempre ha tenido, suelta:
—Vengo a proponerte un trato. Vente a casa, tengo aire acondicionado y una habitación libre.
Tiene los labios entreabiertos y las gotas de sudor siguen deslizándosele por la sien, y me fijo en cómo le tiembla ligeramente un músculo de la mandíbula. Parece que llevara un rato peleando consigo mismo antes de tocar el timbre.
Y está guapo con el pelo húmedo, la camiseta pegada al torso y esa expresión entre obstinada y vulnerable que siempre me desarmó. Debe de ser el calor, la deshidratación, la falta de sueño porque ya no pienso con claridad.
Podría decirle que no, que estoy bien, que no necesito que nadie venga a rescatarme del bochorno, que no necesito que ÉL venga a rescatarme.
Podría, pero el aire de esta casa está tan denso que siento que si respiro hondo me ahogo.
El ventilador parece un chiste cruel. No recuerdo cuándo fue la última vez que dormí una noche entera o que me duché y no salí sudando. Estoy al borde del colapso.
Puedo ceder. No pasa nada. Eso no significará que haya olvidado todo lo que pasó.
—Vale —respondo, bajando la vista a mis pies descalzos sobre el suelo caliente—. Pero que conste que acepto tu ayuda porque me muero de calor. Esto no cambia nada.
—Como quieras.
Vuelvo dentro a ponerme algo de ropa. Mientras preparo una muda en el aseo, pienso en lo que estoy a punto de hacer. No le estoy perdonando. Esto es solo una escapatoria temporal.
Eso me sigo repitiendo después mientras lo sigo calle abajo, con el sol bajando lento y, con la sensación, nada cómoda, de que esto también es una rendición.