30
Elio
—Bueno, yo ya me voy —dice Mara, levantándose con suavidad, como si no quisiera romper el momento.
—Yo también. Te acompaño —respondo antes de pensarlo demasiado. Me incorporo algo aturdido, no sé si por el vino, por el limoncello o por ella.
—No hace falta.
—Ya, pero me pilla de paso —digo encogiéndome de hombros.
Nos despedimos de mis padres. La abuela le lanza una sonrisa de esas que solo ella sabe hacer: mezcla de ternura y picardía. Mara baja la mirada, pero sonríe. Se le elevan los mofletes y por un momento parece aquella adolescente de la que estuve enamorado.
Salimos a la calle donde la luz empieza a apagarse y ha refrescado un poco, aunque el alquitrán aún guarda el calor del día. El pueblo está en ese momento en el que las señoras sacan las sillas a la puerta y se sientan a hablar de la vida. Una gata cruza la calle. El viento huele a hierba seca.
No hablamos al principio. Caminamos uno al lado del otro sin prisa. Su vestido se mueve al ritmo de sus pasos y el estampado de cerezas parece bailar.
—La abuela se ha puesto muy contenta —digo al fin, solo para romper el silencio.
—Sí… Yo también me he alegrado de verla.
—Le hacía mucha ilusión que vinieras. A todos—añado, sin mirarla.
Ella no responde y solo sigue caminando. Por un segundo creo que he metido la pata, que he dicho algo de más, pero entonces la oigo suspirar.
—Sigue igual de bromista.
Sonrío.
—Ya te digo.
Caminamos unos pasos más. Pasamos por delante de lo que fueron los veinte duros que lleva cerrado desde hace años y la fachada se cae a trozos.
—Este pueblo se está quedando vacío —dice ella sin que se lo pregunte.
—Sí. Cada verano hay una casa más cerrada.
—¿Y tú? ¿Nunca has pensado en irte?
—Sí —respondo, y me sorprende lo sincero que suena—. Pero aquí lo tengo todo: mi bufete con el que ayudo a todos los pueblos de alrededor a llevar sus temas legales y mi familia. No cambiaría nada por una tarde como la de hoy.
—¿Y ya está?
Alzo una ceja extrañado.
—Nada. Déjalo.
Aparta la mirada y sigue caminando, pero yo insisto.
—¿A qué te referías?
—Me refería a si no hay nadie más, alguien especial en tu vida por el que merezca la pena seguir aquí.
El corazón se me acelera sin remedio. La respuesta corta es no. La respuesta larga es que la otra persona nunca ha sido ella. Me he pasado años buscándola en otros labios, en otros cuerpos, y en ninguno la he encontrado.
—No —balbuceo y el resto de la frase se me queda atragantada.
Ella no responde ni parece inmutarse por mi respuesta. Se instala un silencio entre nosotros que me arde en el pecho porque yo también quiero hacerle la misma pregunta.
—¿Y tú? ¿Tienes a alguien especial?
Niega con la cabeza cuando justo llegamos a la esquina de su calle. Y ese gesto me hace quitarme un peso de encima, como si llevara debajo del agua aguantando la respiración durante horas. Me alivia saber que no hay nadie, aun no sé ni por qué.
Me detengo y ella también lo hace.
—Gracias por invitarme —dice ella finalmente.
—Gracias a ti por venir.
Nos quedamos un momento en silencio. El mundo se encoge y el aire entre nosotros pesa. Me dan ganas de preguntarle si está bien, si me ha perdonado, si todavía me recuerda con algo que no sea rabia o decepción, pero no digo nada. Solo la miro.
—Buenas noches, Elio.
—Buenas noches, Mara.
Y la veo marcharse, con paso tranquilo, con las cerezas de su vestido moviéndose a cada paso. Me quedo ahí un rato más, en esa esquina, mirando como entra en casa sin echar la vista atrás.