29
Mara
Antes de llamar a la puerta, respiro hondo. Estoy muy nerviosa, más de lo que me gustaría admitir.
La cancela estaba abierta, como siempre, como si siguiera siendo aquella casa que conocía de memoria. He atravesado el jardín con paso lento, sintiendo el crujido familiar de la grava bajo las cuñas de esparto. Las flores siguen en sus tiestos, aunque un poco más marchitas, como todo, como todos.
Me atuso el vestido blanco con cerezas estampadas. Me ajusto la diadema. Redirijo mi mirada a los pies.
«Venga, ya está. No pasa nada».
Pero sí pasa. Pasa que no estoy entrando solo a una casa: estoy entrando a un pasado que me va a remover entera, a una familia que no es la mía, pero que en su día lo fue un poco, a una historia que aún no sé si quiero retomar o enterrar del todo.
Toc, toc.
Me abre Anna con una sonrisa al verme allí, ya que no sabía que venía. No había confirmado mi asistencia porque hasta última hora he dudado.
—Ay, mi niña, qué bien que hayas venido —me estrecha entre sus brazos con ese olor suave a suavizante que siempre la ha acompañado—. Pasa, pasa. La abuela se va a poner contentísima.
Cruzo el umbral, un poco a ciegas. Me siento de pronto como una intrusa en una vida que ya no es mía.
Atravieso el pasillo, con las fotos de siempre colgadas en las paredes: bodas, comuniones, veranos en la playa, me golpea de lleno en el pecho.
Todo está igual y , sin embargo, yo ya no soy la misma.
Al llegar al salón, lo primero que veo es a Elio, sentado al lado de su padre, con las manos entrelazadas y los ojos clavados en los míos. No me sonríe, solo observa en silencio, como siempre.
—¡Mi bella ragazza ! ¡No me lo puedo creer! —la abuela se pone en pie como puede y se echa a llorar.
Me acerco con paso firme, aunque por dentro estoy temblando. La abrazo con cuidado, con un cariño que se me sube por la garganta como si fuera a escaparse en forma de llanto.
—Felicidades —le digo al oído, y le entrego un paquete envuelto en papel de regalo.
—Ay, no me lo puedo creer.
Rompe con cuidado el papel con dedos temblorosos.
Cuando ve lo que es, se lleva las manos al pecho.
Es una foto enmarcada que encontré días atrás entre las cosas de mi abuela, y al verla algo se encogió dentro de mí.
Es una que hice con mi primera cámara digital en el cumpleaños de Elio.
En ella, salimos los tres: Elio, la abuela y yo.
—No sabía que… —murmuro con vergüenza.
—Es perfecto. Perfetto, amore mio . Me encanta —dice, enjugándose las lágrimas con el pañuelo de tela que siempre lleva en la manga—. Qué guapos estábamos… Qué verano aquel, ¿eh?
—Sí —asiento, sin atreverme a mirar a nadie más—. Fue un buen verano.
Hay un silencio denso en el que Anna sonríe con ternura y acaricia la espalda de su madre, el padre de Elio asiente con la cabeza y Elio sigue sin apartar los ojos de mí. Me siento en una de las sillas del comedor en frente de él y me esfuerzo por relajar los hombros.
La mesa está puesta con un mantel bordado que solo se saca en las ocasiones especiales, la vajilla de las celebraciones y una botella de vino blanco. Huele a albahaca y a algo que no sabría describir, pero que se parece bastante a volver a casa.
—He hecho pasta al pesto della mamma —responde Anna, con orgullo, sacando de la cocina una gran fuente de espaguetis humeantes.
—La receta de mi madre —añade la abuela—. Aunque Anna le echa menos ajo. ¡Hereje!
Todos reímos. Me paso una servilleta por las manos, aunque están limpias. Me siento rara, como si estuviera de visita en un recuerdo.
—¿Y cómo va todo por el pueblo? —pregunto mientras bebo un trago de vino.
—Cada vez más vacío —responde el padre de Elio, con ese tono que mezcla resignación y costumbre—. Cada año se va alguien y no vuelve.
—Es una pena, hija —asiente Anna—. Y los que venís, solo estáis de paso.
La frase no tiene mala intención, pero me pincha.
—Recuerdo cuando no se podía aparcar en la plaza —dice Elio mirando su copa de vino.
—¡O cuando hacíais guerras de globos de agua! —añade la abuela.
—Yo terminaba empapada siempre —digo sin pensar, y nuestras miradas se cruzan por primera vez en toda la comida.
—¿Y el día de la pizza? —salta Anna—. Mara, ¿te acuerdas del desastre que hicisteis con la masa?
—La que liamos aquel día —responde él riendo.
Seguimos hablando y comiendo. Y, cuando llega el momento de cantar el cumpleaños, lo hacemos en italiano, como siempre. Anna trae una tarta casera con crema de limón y merengue, y la abuela se endereza, emocionada.
Tanti auguri a te
Tanti auguri a te
Tanti auguri, nonna
E la torta a me!
La abuela sopla la vela y todos aplaudimos. Hay una calidez antigua en el aire, de esas que no se fabrican, solo se heredan.
Después de recoger, salimos al corral a tomar un licor. El cielo empieza a teñirse de rosa, y huele a tierra seca. La abuela aprovecha el descuido general para clavar los ojos en la botella de limoncello .
—Solo un chupito, vi prego . Estoy de cumpleaños —dice, con mirada pícara.
—Mamá, sabes que no puedes mezclarlo con la pastilla de la tarde.
—Pues me salto la pastilla.
—¡ Nonna ! —dice Elio, fingiendo escandalizarse.
—Bah —resopla ella—. Ya no me vais a dejar ni brindar. Noventa años no se cumplen todos los días. A este paso, me vais a enterrar sobria.
La carcajada es general y yo la observo con ternura.
Siempre fue como otra abuela para mí. Y verla así, todavía tan viva, tan llena de chispa, me toca algo por dentro.
Sin darme cuenta, por un instante, estoy sonriendo sin tener que fingir.
Y, en medio de la nada, en este pueblo que se desmorona poco a poco, hay todavía cosas que resisten, como esta familia, como las risas, como los recuerdos, como él.