28
Elio
Voy a comer a casa de mi madre, como cada viernes, mientras pienso en lo rápido que puede cambiar la vida. Paso por delante de la casa de Mara, por esa puerta en la que tantas noches me despedí de ella, y me detengo un segundo de más. La miro como si fuera a aparecer de repente, pero no lo hace.
¿Y si llamara? ¿Y si llamara y le dijera que lo siento, que no quería que todo terminara así? La idea dura poco. Agacho la cabeza y continúo mi camino. A lo mejor ya es demasiado tarde para eso. A lo mejor debería haberlo hecho entonces, cuando todavía importaba.
La vergüenza me acompaña mientras camino, espesa, conocida. Es la misma que me hizo callar cuando debía hablar, la que me empujó a apartar la mirada y dejar que el silencio decidiera por mí. No sé cómo se repara algo así.
Al llegar, mi abuela y mi madre están discutiendo, para no variar. Creo que esta vez es porque la nonna quiere tomarse un chatito de vino del tío Tibo y mi madre se lo está negando.
—Hija mía, ¿tú quieres que muera de pena? Si me quitas la pizza, la pasta y el vino, ¿qué me queda?
—Mamá, el médico te ha dicho que, para evitar picos de azúcar, debemos reducir ingestas grandes de hidratos. Y del alcohol, ni hablar del peluquín con las pastillas que tomas.
—¡¿Qué va a saber ese?!
—Pues algo más, estudió una carrera.
—Pero ¿sabré yo lo que me viene bien a mí?
Me río por lo bajo y me inclino para darle dos besos a la abuela. Huele a colonia fuerte y a casa.
—Elio, aiuta, per favore —me mira con esos ojos que no admiten un no.
—Nonna...
—Eres un desagradecido —dice antes de que me dé tiempo a terminar—. Yo me callaba cuando te emborrachabas para que tus padres no se enteraran.
Aprieto los labios y levanto las manos en señal de rendición. Ella sonríe, satisfecha. Me voy a la cocina, donde está mi padre preparando una ensalada de pasta.
—¿Qué pasa, papá? ¿Qué tal?
—Bien, hijo. ¿Y tú?
—Bien también.
Asiento y me apoyo en la encimera mientras remueve la pasta. El silencio no pesa. Nunca lo ha hecho.
—¿Luego vienes al taller? Necesito que me ayudes con un par de coches.
—Sí, claro, papá, como cada viernes por la tarde.
Ya estamos comiendo cuando mi madre habla.
—He invitado a Mara al cumpleaños de la abuela mañana.
Levanto el tenedor, pero no llego a la boca. Se queda suspendido en el aire un segundo de más.
—¿Qué?
—La nonna se ha puesto muy pesada —dice sin apartar la vista del plato— y se lo he preguntado cuando me la he encontrado ancá Mateo.
Bajo el tenedor despacio. El ruido del metal contra el plato suena más fuerte de lo normal.
—¿Y qué ha dicho?
Mi madre se encoge de hombros.
—Que no sabe.
Una pizca de decepción se acomoda en mi pecho porque quizás no venga o porque sí lo haga. No sé qué quiero en realidad. Quizás venga obligada y se vea en el compromiso de compartir su tiempo con nosotros si no quiere.
—Elio, figlio mio , no te habrás puesto nervioso porque Mara vaya a venir, ¿no?
— Nonna, no digas tonterías —Pero noto que se me calientan las mejillas.
—Ya te digo yo que sí. Esa chica y tú teníais algo especial, que lo veía yo.
—Da igual, abuela. Eso es parte del pasado.
—¡Já! Si no has vuelto a mirar a una muchacha igual que a ella.
—Mamá, por favor. Dile que deje de decir tonterías.
—Madre…
—¿Es mentira? ¿Acaso Elio ha traído alguna chica a casa después de Mara? O chico, que ya sabéis que soy muy moderna.
Mi padre sigue comiendo sin levantar la vista. Mi madre le pide a la nonna que lo deje estar y que soy mayorcito. La nonna refunfuña, resignada, murmurando que, como está mayor, nunca le hacen caso.
Y lo peor es que tiene razón. Nunca he salido en serio con nadie.
Nunca me llenaron. Siempre les encontré peros, les sobraba algo, les faltaba otra cosa.
Lo más que duré fueron seis meses con una chica forastera que vino y, al final, acabamos siendo buenos amigos.
Con Mara… con ella siempre fue distinto.
Yo fui distinto, pero eso ya no importa: todo se rompió demasiado.
El resto de la tarde la he pasado con mi padre. Se transforma trabajando en el taller: habla sin pausa, señala cada pieza, se inclina sobre el motor con una concentración que parece absorberle todo. La rigidez de siempre desaparece cuando habla de coches. Yo lo escucho siguiendo cada explicación.
Y, mientras tanto, Mara no me ha abandonado.
He pensado en ella y en la posibilidad de verla mañana en el cumpleaños de la nonna .
El corazón se me ha acelerado sin que pudiera controlarlo, como si el simple pensamiento de que pudiera aparecer me trastocara todo lo que he construido.
Algo me ha tensado el pecho y sigue ahí, incluso ahora, mientras vuelvo andando a casa para cenar y ducharme.