27
Mara
No esperaba ver a Anna. En realidad, no esperaba ver a nadie, por eso fui al ultramarinos en chándal y con una coleta mal hecha. Pero ahí está.
—Mara —dice y sonríe como si el tiempo no hubiera pasado.
—Hola…
—Te veo muy bien.
—Gracias.
Me pregunta cómo estoy llevando lo de la abuela. Y, entonces, sin preámbulos, lo suelta:
—El sábado es el cumpleaños de la abuela. Cumple noventa.
—¿Noventa ya?
—Sí. No quiere fiesta, pero vamos a comer todos en casa. Y bueno…como sabe que estás pasando el verano aquí, ha insistido en que te invite.
Me remuevo incómoda.
—No sé si es buena idea…
—Ella te quiere y siempre te consideró una más.
Me mira como solo ella sabe mirar: con afecto, pero sin condescendencia.
—Lo pensaré —digo, sin comprometerme.
—Está bien. Solo quería que lo supieras.
Me da un pequeño apretón en el brazo y se va.
Y ahí está ese nudo que siempre llega sin avisar, el de la nostalgia mezclada con la culpa y con todo lo que no sé gestionar.
Quizá no sea buena idea volver a esa casa porque puede remover demasiadas cosas, pero también es verdad que le tuve mucho cariño, que era como otra abuela para mí.
Ya se me fue una sin poder disfrutarla al máximo, sin despedirme bien.
No sé si podría soportar que eso me pasara otra vez.