El último verano que fuimos 26
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Elio

Hugo se despide de ellas y viene hacia la barra, hacia mí.

Camina recto con una sonrisa confiada. Siempre ha sido así: el típico tío al que le han reído todas las gracias desde pequeño.

No le soporto, pero suelo saludarle por simple cortesía, por conveniencia, más bien.

Su padre está metido en cosas del Ayuntamiento, y en un pueblo como este, una mala palabra puede volverse una piedra en el camino.

—¿Qué pasa? ¿Cómo estamos? —dice dándome dos palmaditas en la espalda, como si aún fuéramos colegas de instituto.

—Nada, aquí, pasando el rato —respondo, seco.

—Ya veo, ya. ¿Has visto quién ha vuelto?

Me tenso sin querer y lo noto hasta en los hombros.

—Sí.

Suelta una risa baja, de esas que no presagian nada bueno.

—Sigue igual de gorda, pero ahora la veo hasta más follable.

Y juro por Dios que intento contenerme, lo intento de verdad, pero hay una línea que, cuando se cruza, ya no hay marcha atrás. No hay educación que valga.

—¿Cómo puedes ser tan gilipollas, tío?

Levanta las cejas, genuinamente sorprendido.

—¿Qué pasa?

—Del físico de los demás no se habla. —Mi voz ya no es tan tranquila—. ¿O te gustaría que dijeran “mira, ahí va el calvo”?

Se toca el pelo instintivamente.

—Oye, que yo no me estoy quedando calvo.

—Lo siento, pero ese peinado no engaña a nadie. —Lo miro fijo, sin rodeos—. Y te lo aviso: no soy violento. Nunca lo he sido. Pero como la molestes, como la incomodes, como me entere de que vuelves a hablar de ella como acabas de hacer… haré una excepción contigo.

No sé si lo que me enciende es lo que le hizo a ella o lo que me hizo a mí hace tantos años.

Una parte de mí necesita callar al chaval que fui, al que se quedó quieto, y otra parte, la que más me avergüenza, piensa en Mara, en si esto cambiaría algo en la forma en que me mira.

No es solo justicia. Hay ego, culpa, deseo.

Quiero que vea que no soy el mismo adolescente con miedos, que ya no me quedo quieto.

No espero a que el imbécil me responda. Salgo del bar sin mirar atrás.

La brisa nocturna me golpea la cara, pero no me calma.

La rabia me arde en el pecho. No me siento orgulloso de haberlo amenazado.

Nunca he sido así. Nunca me he metido en peleas, pero había algo en sus palabras, en su forma de hablar de ella, que me arrastró de golpe a otra época.

Camino a casa con el estómago en un puño, con las manos cerradas y la garganta hecha un nudo. Cuando por fin cruzo la puerta y cierro tras de mí, ya no puedo contenerlo más.

Y lloro por lo que fui, por lo que no dije a tiempo y por lo mucho que aún me importa.