25
Mara
No me puedo creer que el capullo de Hugo se acerque con esa sonrisa, pero no pienso montar un numerito porque ya soy mayorcita. Por eso, sonrío con el mismo entusiasmo fingido que él.
Me planta dos besos y contengo el asco. Su colonia, fuerte, barata y pegajosa, me recuerda a momentos que quisiera olvidar.
Empieza a hablar, pero no sé ni qué dice, algo sobre que estoy igual de guapa.
Sin embargo, no lo escucho ni lo quiero escuchar porque por encima de su hombro veo a Elio, que me está mirando.
Y por un segundo el tiempo se disuelve, se suspende, como si todo lo demás: el bar, Hugo, la música o la gente dejara de importar. Porque él está ahí está con su camisa hawaiana y el pelo un poco más largo y diría que no ha cambiado de gafas desde que le conozco.
Hugo dice algo gracioso, o eso cree, y Vega se ríe por compromiso.
Yo solo asiento, mecánicamente, con la cabeza.
Me siento dividida: una parte de mí quisiera quedarse aquí, en este bar, en este instante, mientras otra quisiera huir y encerrarse en la casa de la abuela con un libro, un té y silencio.
Sin embargo, no me voy. Me obligo a volver la vista a Hugo y a responderle algo cortés. Mientras, Elio sigue ahí, sin moverse, sin acercarse, mirándome, como si el pasado se le hubiese quedado atrapado en los ojos.