24
Elio
Mentiría si dijera que no estoy nervioso, pero lo estoy, y mucho. Desde que Vega me escribió para decirme que Mara iría esta noche al bar, no he conseguido pensar en otra cosa.
Estela y Sara, por su parte, no han querido salir. Dicen que no pueden, pero yo sé que no es eso. No se atreven. No pueden mirar a Mara a los ojos sin que todo les pese como un ancla al cuello.
Yo sí. Yo sí quiero verla, aunque en su mirada solo haya odio, aunque su boca no pronuncie ni una palabra, aunque se limite a ignorarme y haga como que no existo. Lo aceptaré y lo soportaré porque lo que necesito no es su perdón, es enfrentar lo que hice.
Entra al bar y, por un instante, todo se detiene: el tiempo, la gente, el ruido, incluso el aire parece congelarse.
Si existieran los viajes en el tiempo, juraría que acabo de aterrizar hace nueve años, en aquel verano que parecía eterno, cuando aún éramos unos adolescentes que no sabían lo que querían, que no sabían que se querían.
Está guapísima, preciosa. Lleva un vestido de tirantes floreado que deja al descubierto sus hombros. El pelo lo lleva suelto, rizado, largo… igual que entonces, pero también diferente. La veo más mujer y más segura.
Y entonces me mira. Es solo un segundo. Una media sonrisa se le asoma en la comisura de los labios, una que conozco bien, una que dolía de lo bonita que era. Pero no dura porque la esconde rápido, como si fuera un gesto que no puede permitirse, como si yo ya no tuviera derecho a verlo.
Aparta la vista y se gira hacia Vega, que le dice algo al oído y la hace reír.
En cuanto aparta los ojos, el mundo vuelve a moverse.
El murmullo de las conversaciones, el tintineo de los vasos y el ruido de la música regresa.
Todo sigue igual menos yo. Yo me he quedado anclado a ese segundo, a esa fugaz sonrisa.
Estoy a punto de ir hacia ellas, a punto, pero no lo hago porque justo entonces Vega se separa de Mara y se dirige hacia mí con paso decidido.
—¿Qué tal? —dice dándome dos besos con naturalidad.
—Bueno… bien —respondo, con una sonrisa más torpe de lo que quisiera—. ¿Y tú?
—Contenta de que haya vuelto. Echaba mucho de menos a mi prima…
El camarero viene y nos interrumpe. Mientras le sirve las bebidas, ella me mira, con esa forma que tiene de escanearte sin decir mucho. Siempre fue así, observadora. Me atrevería a decir que hasta un poco bruja
—Ya… —murmuro, bajando la vista hacia mi copa, intentando recomponerme.
—Está preciosa, ¿verdad?
Trago saliva. Podría fingir y decir cualquier cosa que rellene el hueco, pero solo carraspeo. No hace falta más.
—Ya veo… Hay cosas que no cambian, ¿eh? —añade con una sonrisa suave.
Siento el peso de sus palabras sobre los hombros.
Supongo que hay cosas que no cambian porque nunca supe cómo cambiarlas, porque siempre fui mejor guardándome lo que importaba y dejando que el tiempo decidiera por mí.
Han pasado años y, aun así, sigo reconociéndome ahí, en la culpa, en la sensación de haber sido un cobarde.
—Me voy con ella —dice cogiendo las bebidas—. Puedes acercarte, si quieres.
Levanto mi copa y ella la choca con la suya antes de alejarse. La sigo con la mirada y vuelvo a mirar a Mara, que está distraída moviendo las caderas al son de la música y mirando el móvil.
Podría acercarme, pero no lo hago. No quiero incomodarla. Bastante he hecho ya desde que volvió. Prefiero mantener la distancia, aunque me ardan las ganas, aunque se me deshaga el pecho solo con mirarla.
He intentado distraerme hablando con Jonás mientras sirve copas, fingir que no pasa nada, que no la estoy buscando con la mirada cada dos minutos.
Pero es tarea imposible por culpa del DJ, o persona que pone una pista tras otra.
¿Tenía que poner todas las canciones de aquellos veranos? Vaya noche para ponerse nostálgico.
Bailando por ahí.
Rayos de sol.
Y ahora empieza a sonar Pasado pisado.
Perfecto. Me acabo la copa de un trago y dejo el vaso con más fuerza de la necesaria sobre la barra. Me voy porque no puedo soportar esto más: ni el aire, ni el bar, ni esta versión paralela de mi vida donde todo parece seguir igual menos yo.
Pero entonces aparece él, Hugo. No podía quedarse en casa con su mujer y su hijo. Él también tenía que salir hoy, claro que sí. Da un vistazo rápido al local y ve a Mara.
La mira de arriba abajo con esa sonrisa suya, la misma que usaba en el pasado. Me hierve la sangre. Siento el impulso en los puños, la urgencia de ir y soltarle la hostia que no le di en su día, pero no me muevo.
Observo cómo se acerca a ellas con total naturalidad. Y Mara le da dos besos y le sonríe. Estoy alucinando. Me quedo helado, como si algo dentro de mí se desmoronara sin hacer ruido. No estoy celoso. No es eso.
Lo que pasa es que lo único que me ha dado a mí desde que volvió son reproches y distancia. Desde que ha llegado, ha fingido que no fuimos mejores amigos, solo dos putos desconocidos. Y, mientras tanto, ese imbécil se lleva su sonrisa.