El último verano que fuimos 23
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Mara

Me despierto sin alarma, con la luz filtrándose por las rendijas de la persiana. Cuando miro el reloj y veo que son las once, me sorprendo porque hacía años que no dormía tanto.

Llevo una semana sin salir de la casa de la abuela.

Hice un viaje exprés a la ciudad para traerme ropa, comida y unos diez libros que llevaba tiempo queriendo leer.

He estado limpiando, leyendo y dejándome llevar por una rutina sin horarios.

El aire acondicionado empotrado en la ventana no funciona, pero esta casa, con sus muros gruesos y sus suelos de baldosa, es lo bastante fresca como para no necesitarlo.

No he salido de casa porque no tengo fuerzas.

Todas las noches lloro hasta que me vence el sueño.

Cada mañana al salir al corral me he encontrado una mariposa blanca y, como una idiota, he pensado que es ella cuidándome desde donde esté.

Sin embargo, sé que es mentira porque ya no está.

Es un burdo intento de autoconvencerme de que no se ha podido ir del todo.

Entre tanta tristeza, por irónico que parezca, he conseguido hallar algo de paz.

Aquí todo es silencio, a excepción del afilador que pasa religiosamente cada dos días a la misma hora, en comparación con mi piso en la ciudad.

Al anochecer, suenan los grillos y, cuando el sol está en lo más alto, lo hacen las chicharras.

Mi abuela llevaba razón: desconectar está siendo una especie de renacer. Duermo mejor, el pelo me brilla mucho más, el cutis ha dejado de estar tirante y las ojeras empiezan a desvanecerse… Me siento rara, vacía a ratos, como si aún no supiera quién soy sin el peso de estar siempre al mando.

Sin embargo, también siento que necesito salir, respirar otro aire y cruzarme con gente, aunque no hable con nadie.

Lo que traje de la ciudad se está acabando y la despensa empieza a parecerse a ese rincón del alma al que no quiero volver: vacío, silencioso, demasiado familiar.

Quiero caminar y estirar las piernas, aunque sea un rato.

Me acerco andando a ver a Mateo porque el ultramarinos está a cinco minutos, como casi todo en el pueblo. De camino, me encuentro un grupo de adolescentes riéndose. Inevitablemente, se me acelera el pulso y el estómago se me cierra. Es increíble cómo el cuerpo recuerda incluso cuando tú no quieres.

Acelero el paso y solo cuando entro en la tienda, me permito respirar hondo. Dentro, todo sigue igual que siempre, con ese olor a madera, detergente y fruta madura.

—Hombre, moza, ¿qué tal estás?

El señor entrañable, con unas gafitas con colgante que lleva casi al final de la nariz, sale de detrás del mostrador y me da un abrazo.

Me pilla desprevenida y el contacto me abruma porque no estoy acostumbrada.

Hace casi una semana que no hablo con nadie cara a cara.

Me he leído ya tres libros, pero solo he hablado conmigo misma.

Sus brazos son cálidos y firmes, aunque tienen ese temblor de los mayores.

Y, por un segundo, se me hace un nudo en la garganta.

Me dan ganas de llorar y de decirle que no estoy bien, que no sé muy bien por qué he vuelto y que echo de menos a mi abuela en cada rincón. Sin embargo, en su lugar, solo digo:

—Bien, gracias. He venido a comprar unas cuantas cosas.

Él asiente con una sonrisa amable sin decir nada más. Y yo le agradezco eso: que no me haga demasiadas preguntas, que me trate como si nunca me hubiera ido.

—Vale, hija. Tú como si estuvieras en tu casa —añade con calidez.

Vuelve a colocarse detrás de la caja registradora, hojeando unos papeles con parsimonia, dándome privacidad sin parecer distante. Ese tipo de respeto silencioso que tan poco se ve en las ciudades.

Miro a los lados. El local sigue siendo igual de pequeño; todo cabe en dos pasillos y un frigorífico con ruedas que zumba.

No hay pasillos infinitos ni estanterías con productos de cinco marcas diferentes.

No hay avena sin gluten ni leche vegetal con calcio añadido.

Solo hay lo justo, lo necesario. Y me siento más tranquila aquí que en cualquiera de los supermercados de la ciudad, donde todo parece gritarte que no estás yendo lo suficientemente deprisa, que deberías comer mejor, vivir mejor, ser mejor.

Hago la compra sin prisa. Elijo una caja de infusiones de menta poleo, la misma que mi abuela compraba hace años. Me sorprende que aún se siga comercializando, que algo tan pequeño haya resistido al tiempo igual que esta tienda

Meto en la cesta con ruedas leche y huevos. Luego me acerco a la vitrina de la carne y me detengo. Me quedo ahí, sin saber qué hacer o qué decir. En la ciudad, suelo coger una bandeja de plástico y listo. Aquí no hay bandejas, aquí hay que hablar, pedírselo a Mateo.

—¿Qué necesitas, mi niña? —pregunta Mateo, desde detrás del mostrador.

—Eeem... —vacilo—. Quiero filetes de pollo.

—¿De pechuga?

—Sí.

—¿Es solo para ti?

Asiento.

—Entonces, un cuarto —dice, sin juicio, solo con esa voz cálida de quien lleva toda la vida sirviendo a gente del pueblo.

Supongo que lleva razón, por lo que asiento otra vez, en silencio, y lo veo moverse con calma mientras prepara el pedido. Cuando termina, me mira:

—¿Algo más?

—También quiero jamón york. Sé que mi abuela lo compraba recién cortado —le digo sin pensar demasiado.

Él se pone en marcha, girando la rueda del cortafiambres, y entonces el olor me golpea, y con él lo hace el recuerdo.

El pan de leche que mi abuela rellenaba con jamón york, ese sabor suave y salado.

Cada fin de verano me preparaba unos bocadillos para el viaje.

«Para que te acuerdes de mí», decía. Y claro que me acordaba de ella, pero no los necesitaba para ello.

Me quedo callada, con la vista clavada en la vitrina empañada. Me arde el pecho. No sé si es tristeza, ternura o simplemente duelo, pero me entra hondo, me estremece, aunque no digo nada.

He conseguido traer la compra hasta casa gracias al carrito que mi abuela guardaba en el trastero. Estaba un poco polvoriento, con una rueda floja que chirría al girar, pero sigue cumpliendo su función.

He comido algo sencillo: unos filetes a la plancha, una ensalada y una infusión, aunque haga calor. Y ahora que he recogido todo, creo que es momento de descansar leyendo.

En ese momento, llaman a la puerta. Es un sonido suave pero inesperado, que corta el silencio confortable de la casa.

Me sobresalto un poco: es la primera vez que alguien llama desde que llegué.

Nadie ha venido ni preguntado. Y, en cierto modo, lo he agradecido.

Este aislamiento me ha servido de escudo, de cueva, de tregua.

Por un instante, me quedo quieta, mirando la puerta como si pudiera adivinar quién está al otro lado.

¿Quién hace una visita a las cuatro de la tarde?

Es la hora de la siesta, aunque yo nunca he podido dormir a esas horas.

Dejo el libro que ni siquiera había llegado a abrir y me acerco con el corazón un poco encogido.

Al abrir, ahí está ella: Vega, radiante como siempre, pero distinta.

No sé si es el sol de julio que le da en la cara o ese algo que traen los años: se la ve más serena, más madura.

El rostro le ha cambiado, pero sigue teniendo la misma sonrisa ladeada, los mismos ojos vivos que siempre me hacían sentir que el mundo era más llevadero si ella estaba cerca.

Siento como si se deshiciera un nudo que llevaba demasiado tiempo apretado. Han pasado ocho años, ocho veranos sin ella, sin sus bromas, sin sus abrazos largos y sin su forma de ver la vida.

Aunque nos hemos escrito algún que otro mensaje por el cumpleaños o en Navidad, no ha habido nada más. Nos hemos distanciado, pero es normal. Hemos crecido y vivido vidas alejadas. Cada una tomó su propio camino.

Sin embargo, ahora está aquí, de pie en la entrada de esta casa que tantas veces compartimos de niñas. Y, por un momento, me parece ver superpuesto su reflejo más joven.

—Hola, boba —dice con la voz un poco ronca.

Y entonces la abrazo sin pensarlo, sin medirlo. Solo la abrazo y me aferro fuerte, como si una parte de mí hubiera estado esperando este reencuentro sin saberlo.

—Hola —respondo a duras penas, con la voz temblando, dejando que las lágrimas rueden libres por mi cara sin intentar frenarlas.

Vega frunce los labios. Parece a punto de llorar, pero mantiene la compostura.

—Siento mucho no haber podido venir antes —dice, y su voz suena apagada, culpable—. Estaba fuera por trabajo. Siento mucho no haber estado cuando la abuela se fue.

Niego con la cabeza porque no puedo hablar todavía.

—No pasa nada —susurro finalmente—. Pensé que ya no vivías aquí.

—Sí —responde con una media sonrisa—. Sigo viviendo en la misma casa con mi madre. Todo sigue igual... o casi.

La miro con más atención. Hay algo distinto en su forma de estar en el mundo. Sigue siendo Vega, mi prima, la cómplice de todas mis liadas, pero también se ha convertido en alguien más fuerte, más segura, en una mujer como yo, aunque a veces me cueste reconocerme en ese reflejo.

—¿Y cómo se te ocurre presentarte aquí a la hora de la siesta? —pregunto con una sonrisa suave, intentando devolver algo de ligereza al momento.

—Porque sé que sigues siendo una loca que no duerme siesta —dice con una carcajada bajita—. Y no podía resistirme a venir a verte.

Antes de que pueda contestar, me vuelve a abrazar. Esta vez es más largo e íntimo. Es un ancla, un recordatorio. Yo me dejo hacer, con todo el cuerpo, con toda el alma, y, en ese instante, lo sé, estoy en casa después de muchos años.

Aunque hayan pasado años, el dolor haya dejado surcos profundos, me haya marchado y reinventado tantas veces; esta casa, mi prima, sus abrazos…

son raíces invisibles que siguen vivas, latiendo bajo la piel.

No importa cuánto me aleje, cuánto cambie: hay cosas que me acompañarán siempre.

Son esas cosas que, aunque duelan, también salvan.

Nos sentamos en el salón, en el mismo sofá donde pasábamos las tardes de verano viendo películas de dibujos en cinta con la abuela.

Vega se acomoda en el borde del asiento, con las manos entrelazadas sobre las rodillas.

Yo me siento a su lado, más relajada, aunque todavía con el nudo en el pecho medio apretado.

—La casa está igual —dice, recorriendo el lugar con la mirada—. No sé cómo lo haces, pero huele igual que cuando estaba la abuela. A lavanda, y a algo dulce... ¿es bizcocho?

—Supongo que el olor se quedó pegado a las paredes, como ella.

Vega asiente, con los ojos vidriosos.

—La última vez que la fui a ver estaba como siempre, tan sonriente y amable.

—Ya... —suspiro—. Seguro que tú la viste hace poco. Yo estaba tan liada y absorta en mi mundo que… Y ahora que no está, me siento un poco impostora aquí.

—No digas eso —responde enseguida—. Esta casa también era tu hogar. Y la abuela te adoraba.

Me encojo de hombros, sin saber qué decir. Nos quedamos unos segundos en silencio. Afuera, el sol cae despacio, tiñendo de oro viejo las cortinas del salón.

—¿Y tú? —pregunto al fin—. ¿Qué ha sido de tu vida?

—Trabajo en una editorial pequeña en la capital —dice con una sonrisa tímida—. Corrección. No es algo muy guay, pero me gusta. Y bueno, a veces tengo que ausentarme unos días, pero me dejan trabajar el resto del tiempo desde aquí. ¿Y tú?

—Monté una empresa de gimnasios inclusivos, espacios donde el físico no importa. Empezó como un proyecto para el TFG de ADE y al final mis madres me animaron a montarlo con su dinero. Ahora es una cadena nacional.

—Guau, qué proyecto tan idealista.

—Supongo que sí, pero después de todo lo que me pasó necesitaba hacer algo así.

Nos miramos. Han pasado ocho años y, aun así, sigue siendo fácil, cómodo, como un vestido viejo que pensabas que ya no te quedaría bien, pero que al ponértelo es perfecto y te reconforta.

—Me alegro de verte, Mara —dice en voz baja.

—Y yo —le contesto.

Se despide poco después. Acaba de llegar al pueblo y necesita deshacer la maleta. Hemos quedado en salir esta noche a tomar algo en el bar de siempre. No pensé que seguiría abierto, pero sí. Hay cosas que, contra todo pronóstico, resisten el paso del tiempo.