El último verano que fuimos 22
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Mara

El hueco en el pecho sigue aquí tantos años después. Ya no es un misterio, ya no es esa mezcla confusa de miedo o tristeza adolescente, sino que ahora tiene nombre: duelo.

Y no es solo por ella. Es duelo por mí, por la niña que se fue creyendo que el mundo es un lugar oscuro y cruel; por la que ha vuelto años después sabiendo que no supo cuidarse.

Es duelo por todo lo que no dijimos, por todo lo que quise olvidar, por lo que quedó enterrado entre veranos, borracheras y decisiones que me marcaron.

Suena el teléfono y, cuando miro la pantalla, veo que es mami. Respiro antes de contestar, no porque no quiera hablar con ella, sino porque no sé en qué parte de mí guardo ahora la voz adecuada.

—Hola, hija —dice suavemente desde el otro lado—. ¿Cómo estás?

Y no sé por qué, pero me sincero con ella. Quizá porque ya no me queda energía para fingir, porque la casa huele demasiado a ausencia, y yo me siento demasiado llena de recuerdos para seguir callando.

—Mal —susurro y me echo a llorar—. La abuela me ha dejado en herencia la casa, pero también una carta. Me pide que me quede aquí todo el verano. Dice que me vendrá bien desconectar de la ciudad. Y no sé qué hacer. Quiero cumplir su última voluntad, pero no sé si voy a poder vivir aquí.

Hay un silencio al otro lado. De fondo se escucha el ruido de teclas o de papeles, algo cotidiano para mí. Siempre me llaman cuando están haciendo otra tarea para poder tacharme de su lista de cosas pendientes en el día cuanto antes.

—Es que todo esto me remueve —continúo sin filtros—. Me recuerda a cosas que no quiero pensar, a quién era, a todo lo que pasó.

—Lo comprendo perfectamente, pero puedes ignorar esa parte y relajarte, tomar algo con la prima Vega, leer, descansar… No te vendría mal.

—No sé si puedo —susurro.

—No hagas nada por obligación, Mara. Pero quizás te vendría bien pasar allí unos días. La empresa seguirá funcionando sin ti.

Respiro hondo.

—Vale —digo al fin—. Supongo que no me vendrá mal tener un poco de tiempo para mí. Puedo delegar en la subdirectora y así puedo limpiar la casa, revisar los trastos y decidir qué quiero quedarme antes de ponerla a la venta.

Hay un silencio breve al otro lado.

—¿Mamá?

—Sí, sí, perdona, hija —la oigo mover papeles de un sitio a otro—. Te tengo que dejar porque me faltan unos documentos. Nos sabe fatal no poder estar allí contigo en estos momentos.

Y acto seguido me cuelga, aunque no me sorprende. A mamá nunca le gustó el pueblo, ni la casa, ni la abuela, ni nada que oliera a pasado. Era como si este lugar le recordara todo lo que quiso dejar atrás, y quizás por eso nunca supo entender por qué yo volvía cada verano con tantas ganas.