21
Mara
Ese día era el día. Lo tenía todo hablado con Hugo. Diría que él me acompañaba a casa en su coche, pero en realidad iríamos al descampado. Y ahí pasaría todo.
Era una forma de despedirme de él hasta el próximo verano. Me lo había pedido con esa sonrisa a la que nunca le podía negar nada: «Así me acordaré de ti todos estos meses». Me lo tomé como una promesa, como si mi cuerpo pudiera dejarle una huella.
Estaba tan nerviosa que me temblaban las manos, pero me repetía que estaba bien, que eso era lo que quería, o lo que necesitaba. Los chupitos, los cubatas, el bullicio de la noche… todo me ayudaría a relajarme y a dejar de pensar.
Me vestí con una camisa a rayas azules con mucho escote y me puse un sujetador que me apretaba más de la cuenta, pero que levantaba lo justo. Quería que se me notara, que me viera. Me miré al espejo y me gusté. Para terminar, me maquillé con cuidado: labios, pestañas…
Al salir, me fui a despedir de mi abuela con un beso.
—Abuela, me voy ya —dije, como todas las otras veces, sin pensar, sin esperar nada.
Pero esta vez no escuché su típico: «Trae un beso, hija, antes de irte». Esta vez hubo un silencio.
—Un momento, señorita.
Me giré confundida. La vi sentada en el sofá, con las gafas bajadas en la punta de la nariz, observándome con esa mezcla de paciencia y cansancio.
—¿Qué pasa?
—Como te he castigado y no ha funcionado porque sé que sigues bebiendo…
Abrí la boca para mentir, para inventarme algo, pero ella levantó una mano y alzó una ceja.
—No soy tonta, Mara. Soy vieja y eso, te guste o no, solo me hace más lista que tú.
Resoplé. Me hacía sentir pequeña, no por su juicio, sino porque odiaba decepcionarla. Y aun así lo hacía una y otra vez.
—Solo quiero decirte algo —continuó—. Si pasa algo, si bebes de más, si alguien te da algo que no sabes lo que es y luego te sientes mal... no me lo escondas. Llámame o ven a casa. No voy a gritarte ni a echarte la bronca. ¿De acuerdo?
Me miró de una forma que me desarmó, no con reproche, sino con miedo. Era ese miedo que solo tienen las personas que te quieren tanto, que prefieren que las necesites antes que tener razón.
—Está bien, abuela. Pero estas cosas deberían decirlas los padres, bueno, mis madres en mi caso, ¿no? Las abuelas tienen que ser dulces y hacer como que no se enteran de nada.
—Ya… —suspiró—. Pero tus madres no están aquí para cuidarte, así que me toca a mí.
Mis madres siempre estaban ocupadas con el trabajo, los viajes y las reuniones eternas. Hacía más de una semana que no me llamaban, y la última vez fue una conversación de cinco minutos para preguntarme si necesitaba dinero.
—Vaaaale —dije, quitándole hierro a lo que me dolía más de lo que quería admitir—. ¿Me puedo ir ya?
—Sí, hija, pero ten cuidado. Quieras que no yo también he sido joven y sé lo que hay.
Lo dudaba. No creía que mi abuela, de joven, tuviera que enfrentarse a esto: a un mundo en el que o eras guapa o eras invisible, en el que si no bebías eras una sosa, en el que un mensaje sin responder podía arruinarte el verano.
Ya era el segundo chupito que me tomaba con Sara, Estela y Vega, que también se había animado a beber, aunque con más cabeza que nosotras tres. Estábamos en la barra que habían instalado en la plaza al lado del pequeño escenario donde una banda tocaba canciones de verbena.
Siempre bebemos más cerveza de la que podemos tragar.
Vaya puta borrachera hemos cogido.
Ya no veo de cerca ni de lejos, no veo na de na de na…
Reconocí la canción. Era de Estopa, uno de los grupos preferidos de Elio.
Sonreí y pensé en él y en cuando venía a mi casa a jugar al Mario.
Esta canción, Paseo, le gustaba mucho y se ponía a cantarla mientras jugaba.
Aunque no lo hubiera verbalizado en voz alta, se podría decir que le echaba de menos.
Pedí un Larios con limón y me bebí la mitad de un trago. Me ardió en la garganta, pero era justo lo que quería porque necesitaba que el alcohol me aflojara las ideas, que apagara el ruido.
Miraba a mi alrededor a cada rato, esperando ver a Hugo. Me lo imaginaba con su camiseta ajustada, con esa forma de andar con superioridad que hacía que todo el mundo lo mirara y su sonrisa.
Y entonces lo vi, pero no fue a Hugo, sino a Elio.
Llevaba su camisa hawaiana rosa y tenía esa expresión entre perdido y atento. Mi garganta se cerró un segundo, como si el trago se me hubiese quedado atascado. Me sorprendí porque estaba sonriendo, pero sonriendo de verdad. Elio había venido después de todo, al fin había aparecido.
No lo esperaba después de semanas sin hablarnos, pero ahí estaba. Y no sabía por qué, pero una parte de mí sintió que, si esa noche se estropeaba, pero Elio se quedaba no sería tan grave.
Me acerqué a él y lo abracé. Lo noté rígido al principio, como si no supiera reaccionar, hasta que me devolvió el abrazo. Sus brazos, fuertes y cálidos, me rodearon con una torpeza dulce.
Noté su olor a colonia Nenuco mezclado con su propio olor, ese que me resultaba tan familiar que, por un segundo, sentí que estaba a salvo.
—Te he echado muchísimo de menos —le dije al oído, bajito.
—Y yo a ti —respondió.
No supe exactamente a qué hora dejé de mirar el móvil. Quizá fue después del tercer mensaje sin respuesta, o del cuarto. Vega me puso una mano en la rodilla.
—Seguro que ha pasado algo —dije.
—Seguro —respondió, aunque no sonaba convencida.
Elio vino con un chupito de algo rosa y nos dio uno a cada una y decidí disfrutar sin importar nada más. Sin embargo, cuando el alcohol empezó a hacer mella en mí, mi mente se llenó de pensamientos intrusivos y necesité sacar el móvil para ver si me había respondido.
Y le creí porque quería hacerlo, porque me convenía. Una vocecita me decía que todo estaba bien, que en realidad me quería, que seguro que no había podido venir por lo que sea y que nos reencontraríamos al próximo verano.
Guardé el teléfono y tomé la decisión de que esa noche la iba disfrutar con él o sin él.
Me giré hacia Elio, que estaba haciendo el tonto con Vega en mitad de la plaza, los dos bailando Danza Kuduro.
Me acerqué y me dejé fluir con ellos. Bailamos hasta que me dolieron los pies, hasta que se me olvidó por qué estaba triste, hasta que supe que, aunque esa noche no me había querido nadie como yo quería, sí me habían querido.
Me senté en el bordillo con Elio a compartir una bolsa de gusanitos y hablar de tonterías, y volvimos a ser los de siempre.
Me hizo cosquillas, me habló de que no había vuelto a jugar al Mario porque se estaba pasando el Assassin’s Creed II, me acompañó hasta casa porque no se fiaba de que llegara por mi propio pie y me abrazó muy fuerte.
Nos prometimos seguir dándonos toques cada vez que nos pasáramos un nivel de algo, sin importar el juego, y que nos veríamos al verano siguiente.
Me dormí tarde, con dolor de cabeza y un hueco extraño en el pecho… un vacío que no sabía si era tristeza, miedo o algo más profundo que aún no tenía nombre. Y, aunque esa noche intenté ignorarlo, sabía que ese hueco no desaparecería tan fácilmente.