El último verano que fuimos 20
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Elio

Cuando me llegó un SMS aquel viernes, no pensé que sería de Vega.

No sabía nada de ella desde hacía semanas. Dejé de contestarle a los mensajes y a las llamadas. Un día, simplemente, dejó de insistir.

Salí y esperé cinco minutos: trescientos segundos exactos. Los conté todos porque no sabía qué otra cosa hacer mientras llegaba Vega. No sabía qué pasaba, pero me latía el corazón en las costillas como si quisiera salir de ahí.

Llevaba días metido en casa, saliendo solo para lo justo. Ayudaba en el taller a mi padre y jugaba al nuevo Assassin’s Creed (me faltaban solo dos misiones para terminarlo). Aun así, ni eso me enganchaba ya porque nada me ayudaba a sacarme a Mara de la cabeza.

Cuando llegó Vega, no me dio tiempo ni a saludar. Me indicó con la cabeza que la siguiera y nos alejamos caminando hasta el parquecillo detrás de mi casa sin decir ni una palabra.

El cielo tenía ese color sucio de los atardeceres de verano cuando todo se está muriendo de calor.

—Dime ya lo que sea, coño —le solté, nervioso o desesperado, o las dos cosas.

Vega tragó saliva. Le temblaba un poco la voz, pero no desvió la mirada.

—Mara está fatal, tío. Bebe demasiado. Hace cosas de las que yo creo que se arrepiente, aunque no dice nada.

—¿Qué cosas?

—Se lía con Hugo, aunque él tenga novia, aunque… —bajó la voz— la trate como si no la conociera después.

Me quedé callado.

—Y no es solo eso —añadió—. Hay noches que acaba borracha, encerrada con él en el baño del bar, mientras la novia está fuera bailando.

Se deja usar porque le hace sentir importante.

Yo creo que tiene la esperanza de que él vaya a elegirla si hace todas esas cosas, pero tú y yo sabemos que no va a ser así.

Sentí cómo algo dentro de mí se rompía. No sabía si era rabia o tristeza, aunque supongo que eran ambas cosas.

—Y nosotras ya no sabemos qué hacer. Hemos intentado hablar con ella, pero no nos escucha. Y pensamos que quizá tú…

—¿Yo qué? —dije, más brusco de lo que quería.

—Que a ti a lo mejor te hace caso.

—Ya, pero…

Pero no podía salvarla si ella no quería. Es la frase que se me quedó atascada. Es lo que no dije, pero pensé. Yo podía hablar con ella, pero si ella no quería verlo, sería como hablar con la pared.

Vega no me insistió más. Solo me pidió que, si de verdad me importaba Mara, hiciera algo antes de que se hundiera del todo.

Quedé con ella en que me presentaría por sorpresa en la fiesta de fin de verano, que era dentro de unos días.

Mara lo había orquestado todo para que esa noche fuera la noche, la noche en la que, según ella, perdería la virginidad con Hugo.

Intentaba no pensarlo, juro que lo intentaba.

Cada vez que mi mente empezaba a montar una escena de ellos dos besándose, me obligaba a respirar hondo y centrarme en otra cosa o a mirar cualquier punto fijo y repetirme que no era asunto mío, que ella podía hacer lo que quisiera.

Sin embargo, no funcionaba porque la imagen volvía una y otra vez.

Cuando me quería dar cuenta, tenía los puños apretados, deseando romper algo.

La ira me ardía en el pecho. Era un fuego lento, sordo, que no quemaba por fuera, pero lo calcinaba todo por dentro.

No solo por lo que hacían, sino por lo que él era.

Porque sabía lo que hacía, sabía lo que Mara sentía y aun así jugaba con ella y con su necesidad de afecto, como si no valiera nada.

Ese tío era un hijo de puta, pero no podía hacer nada si ella no lo veía. Mi papel en la historia era estar ahí cuando se cayera y quizá, con suerte, ayudarla a levantarse.