El último verano que fuimos 19
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Mara

Elio no había vuelto a salir con nosotros. Decían que se pasaba el día enganchado a la consola, pero dudaba que siguiera con el Mario, porque no me había mandado ni un solo mensaje. No tenía noticias de él, ni un mensaje para quedar a jugar a la consola ni para saber en qué nivel estábamos.

Le había escrito varios SMS e incluso había llamado al fijo de su casa.

Todo había sido en vano porque su madre me había dicho que no le apetecía salir, que estaba muy centrado en un juego.

Nunca llegué a saber si me evitaba por lo que ocurrió con Hugo o si simplemente estaba viciado de verdad a la consola.

Mientras tanto, yo seguía saliendo, seguía bebiendo. Era el mismo rollo de siempre, aunque ahora todo me pesaba un poco más porque él no estaba.

El día anterior España ganó el Mundial y todo el pueblo salió a celebrarlo. La plaza se llenó de gritos, bocinas y camisetas rojas. Acabé borracha, bailando el Waka Waka con la cara pintada de rojo y amarillo. Y, al final de la noche, Hugo me atrapó en los baños del bar y volvió a besarme.

No sabía cómo sentirme al respecto. Vega solo me decía que me dejara llevar y yo necesitaba una segunda opinión.

Quería contárselo a Sara y a Estela, pero me daba cosa porque, al fin y al cabo, Hugo era el ex de Sara.

Por mucho que ella dijera que ya lo había superado, yo no estaba segura de que fuera verdad.

—Chicas, os tengo que contar algo.

Estaban tumbadas en sus toallas, tomando el sol, mientras yo permanecía sentada, con la camisola puesta. Hacía calor, pero prefería llevarla porque me sentía menos expuesta y más cómoda en la piscina pública. Me miraron las dos muy atentas y supe que ya no había vuelta atrás.

—El otro día… Hugo me besó.

—¿Qué? —Estela se incorporó enseguida.

—¿Cómo, cómo, cómo? —Sara abrió mucho los ojos—. ¿Cuándo?

—Ayer. Y también… hace un par de semanas.

—Qué cabrón…

Se hizo un silencio espeso, incómodo.

—Ya está. Solo quería que lo supierais —dije tragando saliva.

—Escucha, ese chico no es de fiar —dijo Sara al cabo de unos segundos.

—Pero si fue tu novio…

—Créeme, Mara, joder. No te mereces a alguien así.

—No me lo puedo creer. Estás celosa.

—Nada que ver —respondió ella, seca—. Hazte caso.

¿Por qué todo el mundo parecía saber lo que yo merecía y lo que no? Sentí una presión en el pecho, una mezcla de rabia y tristeza que no sabía cómo manejar.

Me levanté de golpe y me metí al agua sin decir nada más. El frescor me golpeó el cuerpo. Necesitaba eso: hundirme, callar el zumbido de mis pensamientos.

Al entrar, me encontré con Vega, Diego y Hugo. Estaban haciéndose ahogadillas, riéndose. Me deslicé en el agua, intentando respirar hondo, y entonces Hugo nadó hacia mí con esa risa que hacía que mi corazón fuera a mil.

—Te toca a ti —dijo.

Antes de poder reaccionar, me hundió la cabeza bajo el agua. Sentí las burbujas y la presión en los oídos. Y, cuando estaba en lo más hondo, cuando no podía ver nada claro, me agarró una teta, como si fuera una broma, como si pudiera hacer conmigo lo que quisiera.

Me morí de la vergüenza. Esperaba que nadie lo hubiera visto. Cuando salí a flote, él ya estaba de vuelta con el grupo, riendo, porque había sido una broma. Y yo, yo solo supe reírme por inercia. Quería borrar lo que había pasado.

Entonces, Vega se acercó a mí nadando con una expresión muy seria.

—¿Qué acaba de pasar? —me siseó al oído, disimulando.

—Nada —respondí con una sonrisa tonta.

—¿Qué te ha hecho bajo el agua? Que lo he visto, Mara.

Me giré hacia ella, incómoda.

—El otro día me dijiste que me dejara llevar.

Mi voz sonó a una defensa mal construida, a una que se tambalea. Estaba en una nube. Le gustaba al chico guapo del grupo. Yo . No Estela. No Sara. No Vega. ¿No era eso lo que siempre había querido?

—Ya, pero eso era antes de… —se calló, bajó la mirada y murmuró—. Ese tío no te merece.

—Otra igual —dije, dolida, más con el mundo que con ella—. ¿Por qué parece que todas sabéis lo que me merezco? ¿Tanto os molesta que, por una vez, a alguien le guste yo?

Esa misma noche lo entendí todo. Las piezas del puzle encajaron como una bofetada cuando Hugo entró al bar de la mano de una chica tres años mayor que nosotras: alta, segura, guapa, de esas que no dudan de su sitio en el mundo. Era su nueva novia.

Me quedé helada, como si el suelo se hubiera desvanecido bajo mis pies.

Más tarde, en el baño de ese mismo bar, ocurrió algo que nunca pensé que haría sin más. Él me lo pidió y yo no me pude negar. Me arrodillé delante de él y le hice una mamada.

Estaba tan borracha que ni lo pensé porque me sentía dolida y confundida.

No entendía qué éramos. Me besaba y me tocaba sin permiso.

Creí que, si le daba eso, si le demostraba lo que estaba dispuesta a hacer por él, entonces me elegiría.

Pensaba que vería algo en mí que valiera más que esa chica despampanante con la que había entrado, pero no fue así.

Y en el fondo…

Creo que yo ya lo sabía.