El último verano que fuimos 18
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Elio

—¡Elio! ¿Dónde vas? —preguntó Vega, agarrándome del brazo.

—Quiero asegurarme de que no le pasa nada —dije, quitándomela de encima con un gesto seco.

Salí del bar con el pecho ardiendo. No podía sacarme de la cabeza la cara de Mara al decir que iba a salir a ver a Hugo. Sonreía como si fuera algo bueno, como si ese tío tuviera buenas intenciones, como si de verdad la mereciera.

—¿Qué le va a pasar? —insistió Vega, siguiéndome.

Dimos la vuelta al local. Lo supe incluso antes de verlos. Lo sentí en la boca del estómago, pero igual miré.

Y ahí estaban.

Él le agarraba de la nuca mientras la besaba. La apretaba contra la pared.

Aparté la mirada. No quería ver más porque ya lo había visto todo.

Una rabia caliente, pesada, me subió por el pecho como una ola. Sin pensar, lancé una patada a una papelera que no se movió ni un centímetro, pero yo sí. Me hice daño en el pie.

—¡Elio! ¡Estate quieto! ¡Que te vas a hacer daño! —gritó Vega.

—¡Joder!

—¿Estás tonto o qué?

—Da igual. Me voy a casa. ¿Vienes?

—Sí, vámonos. Mi prima hoy no necesita que la acompañemos.

No respondí porque no podía. La rabia me dominaba. La ira, el asco y las ganas de romper algo que no fuera solo mi pie me inundaban las venas como un líquido denso. Mara se merecía alguien que no fuera Hugo, ese tío no era de fiar.