El último verano que fuimos 17
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Mara

El mensaje de Sara me llegó justo cuando estaba a punto de lanzar la consola por la ventana.

Llevaba días atascada en el mismo nivel del Mario y, para colmo, no había podido mandarle ni un toque a Elio.

Me fastidiaba porque él sí lo había hecho, me había dado dos, de hecho.

Me picaba pensar que podía haber avanzado más que yo.

Ayer cuando vino a verme iba dos niveles por detrás de mí. Estaba a punto de alcanzarme.

A los pocos segundos, sonó el fijo de casa de mi abuela. Me levanté de un salto, antes de que ella pudiera responder desde la cocina.

—¡Es para mí! —le grité.

—¿Sara?

—Tía, lo acabo de dejar con Hugo.

—¿Qué? ¿Por qué?

—Porque es un capullo —bajó un poco la voz—. Además, me pedía cosas que él sabía que yo no quería hacer.

Me quedé en silencio un momento.

—Qué fuerte —murmuré sin saber qué decir.

—Ya ves, así que le he mandado a la mierda. ¿Sales hoy para olvidar las penas?

—Tía, pues claro. ¡Se me acaba el castigo justo hoy!

—Necesito emborracharme —dijo.

Y yo también, pensé.

Tres semanas me habían dado para pensar, para prometerme que no volvería a hacer el ridículo, que aprendería la lección.

Pero también me habían servido para recordar algo más: que sin unas copas encima no sabía muy bien cómo ser.

Cuando bebía, me sentía más guapa, más suelta, más divertida.

Era como si todo lo que me faltaba en el día a día apareciera con el primer cubata, así que sí, sabía que estaba mal, pero también sabía que era lo único que me convertía en alguien que no se sentía invisible.

Esa noche, bebí más chupitos que la primera vez. Perdí la cuenta después del tercero. Me costaba coordinar los pasos mientras bailaba, pero me sentía ligera.

Virtual Diva empezó a sonar y mi cuerpo reaccionó solo. Sara y Estela habían salido a fumar y me quedé sola bailando porque Elio y Vega seguían sin entendernos y se quedaban apartados. Me movía al ritmo de la música cuando sentí algo cerca, demasiado cerca.

—Sale a la disco a bailar, una diva virtual… —alguien susurró en mi oído. El aliento cálido me hizo cosquillas en la piel, que se erizó al instante—. Chequea cómo se menea…

Me giré despacio. Era Hugo, sonriendo en plan chulito. Me sonrojé y sonreí sin saber por qué, de manera automática.

—Te espero a la vuelta en cinco minutos —dijo sin esperar una respuesta y se fue.

Me quedé quieta. El mundo giraba un poco más deprisa de lo habitual. No entendía qué acababa de pasar. Sara lo había dejado con él y ahora Hugo me decía eso, a mí.

Busqué a Vega y Elio en la barra.

—¡No os vais a creer lo que acaba de pasar!

Los dos me miraron, atentos.

—Hugo me ha dicho que le espere fuera en cinco minutos. ¡Que vaya a la parte de atrás!

—¿Quién? —preguntó Vega, alucinada.

—Hugo, tía.

—¿Pero no acababa de dejarle Sara? Pues sí que parece roto de dolor —ironizó mi prima.

Elio no decía nada, solo me miraba fijamente, con esos ojos que siempre parecían decir más de lo que decía él.

—No vayas —dijo al fin, serio. Parecía casi enfadado.

—¿Cómo no voy a ir? ¡Es Hugo!

—Piénsatelo. Vas borracha. A lo mejor mañana te arrepientes.

—No creo que me arrepienta jamás.

Y me fui con las palabras de Elio taladrándome la nuca, pero también con la adrenalina corriéndome por dentro. Hugo me había elegido a mí.

Salí por la puerta trasera. La noche olía a tabaco, alcohol y algo más que no supe nombrar. Ahí estaba él apoyado contra la pared, fumando con la calma de quien se sabe seguro de sí mismo.

—Hola —dije más bajito de lo que quería.

—Hola —respondió. Me ofreció un cigarro—. ¿Quieres?

Negué con la cabeza, aunque por dentro me temblaba todo. Era como estar en una película. El malote, el guapo, el que todas miraban… me había elegido a mí.

—Te gusto, ¿verdad?

Asentí de inmediato sin pensar. Mi cabeza se movió antes que el cerebro. Y entonces, sin más, me agarró por la nuca y me besó.

Fue mi primer beso.

El corazón me latía tan fuerte que me dolían las sienes. Esperaba mariposas, fuegos artificiales, una música de fondo que lo hiciera mágico, pero no hubo nada.

Se sentía raro e incluso vacío. Había demasiada baba.

No sabía qué hacer con la lengua. Él sí que parecía tener claro lo que quería, porque me empujó contra la pared y me agarró una teta.

Me quedé rígida porque no era eso lo que me había imaginado.

Me agobié mucho y quise decirle que parara, pero no sabía cómo hacerlo.

¿Cómo se le dice que pare a alguien que te gusta tanto? Además, debería sentirme especial. Debería agradecer que me hubiera elegido a mí.

Entonces, oí voces, era un grupo de personas que se acercaba. Inmediatamente, él se separó.

—Luego te veo —dijo, guiñándome un ojo. Y se fue, como si nada.

Me quedé ahí, sola, contra la pared. El sonido lejano del reguetón seguía vibrando dentro del bar, pero aquí fuera todo era más silencioso, más oscuro.

Me llevé la mano a los labios, que todavía estaban húmedos, como si no me pertenecieran.

Sentía la cara caliente. La camiseta se me había subido un poco y me la bajé deprisa, incómoda.

Quise convencerme de que había sido emocionante, de que esto era lo que todas deseaban, que las besaran, que las tocaran. El malote me había elegido a mí, ni a Sara ni a ninguna otra. Sin embargo, algo no encajaba. Me dolía el pecho, no por fuera, sino por dentro.

Volví con pasos torpes fingiendo que nada había pasado. En la puerta estaban Estela y Sara, que me vieron llegar.

—¿Qué tal? —preguntaron.

Sonreí.

—Bien —mentí.

Me dijeron que Elio y Vega se acababan de ir a casa.

El resto de la noche fue raro. Intenté seguir bebiendo, pero ya no me entraba. Bailé un poco, reí, fingí, pero nada mejoraba. Me fui a la media hora.

Al volver a casa, me lavé los dientes con fuerza queriendo borrar el sabor a tabaco y saliva ajena. Me metí en la cama y cerré los ojos. Pensé en Elio, en cómo me había mirado, en cómo me había dicho que no fuera y que me lo pensara, en su silencio cargado de algo que no supe entender.

Pensé en Hugo, en su mano sobre mi pecho, en cómo no me preguntó si quería, en cómo yo no me pregunté si quería.