16
Elio
Había convencido a la abuela de Mara para que la dejara venir a casa, aunque estuviera castigada. No había sido fácil, pero al final accedió, con la condición de que ella misma la trajera y la recogiera. Yo asentí muy serio, pero por dentro estaba a punto de hiperventilar.
Llevaba toda la mañana preparando mi habitación. Ordenando, limpiando, escondiendo cosas que no quería que viera. Hasta había abierto la ventana para que se aireara. Los nervios me tenían en modo apocalipsis.
Les pedí a todos en casa que, por favor, se comportaran.
A mi madre que no sacara los álbumes de cuando era pequeño y me disfrazaba de Charmander.
A mi abuela que no dijera ninguna de sus cosas.
A mi padre… bueno, a él no hizo falta decirle nada, es de los que solo habla si hay fuego o alguien se ha roto una pierna.
Cuando llamaron al timbre, me dio un vuelco el corazón. Me pasé las manos por el pelo, intentando domarlo, como si en dos segundos fuera a peinarse solo. Me miré rápidamente en el espejo del pasillo porque no había tiempo que perder. Me recoloqué las gafas y abrí la puerta.
—¡Hola! —dijo Mara sonriendo. Le brillaban los ojos y el estómago me hizo algo raro.
—Pasa, pasa —me hice a un lado.
—¡Elio! ¿Ya ha llegado la bella ragazza ? —gritó mi abuela desde el salón.
La iba a matar.
—Esa es mi abuela. No le hagas ni caso —dije, mirando al suelo, deseando desvanecerme.
Mara se rio y se puso roja, pero no parecía molesta, solo tímida.
—¡Jovencito! ¡Te oigo desde aquí! —añadió mi abuela, sin ninguna piedad.
Rodé los ojos, con las mejillas en llamas. Me volví hacia Mara.
—Por aquí —dije, señalando hacia el salón.
—Mara, esta es mi abuela —dije al presentarlas. Ella se acercó con dulzura.
—Encantada, señora —le dijo.
—¡¿Señora, dice?! Pero qué edad crees que tengo, figlia mia .
Mara abrió los ojos como platos, colorada hasta las orejas. La pobre no sabía dónde meterse. Mi abuela le guiñó un ojo con complicidad y Mara sonrió, medio aliviada, medio muerta de vergüenza.
—¡Mamá! —grité hacia la cocina—. Dile a la abuela que se comporte.
Mi madre salió secándose las manos con un paño.
—Mara, encantada, soy Anna. No le hagas caso a mi madre, es una bromista de las que ya no quedan.
Se saludaron con dos besos y por fin sentí que podía volver a respirar con normalidad. Pero fue solo un espejismo porque mi abuela empezó a contarle la historia de mis padres. Resoplé porque estaba aburrido de escucharlo una y otra vez.
Le contó a Mara cómo una genovesa como ella había acabado en Extremadura.
Mi padre se marchó a trabajar al extranjero a una fábrica multinacional de coches y allí se enamoró de mi madre.
Vivía con ella y con la nonna en un piso muy pequeño en la ciudad.
Al fallecer mis otros abuelos y dejarles esta casa, decidieron mudarse aquí para tener más calidad de vida.
Cuando mi abuela terminó, mi madre nos ofreció unos refrescos y pudimos subir a mi habitación. Por fin, estaba deseando enseñarle a Mara los videojuegos que tenía y estar a solas con ella. No quería que nadie estropeara lo que teníamos los dos.
Cerré la puerta con cuidado. Me giré hacia ella, que estaba de pie, observando las estanterías llenas de libros, videojuegos, figuras de acción y un póster de Assassin’s Creed que intenté despegar el día anterior, pero dejó marca, así que lo volví a colgar.
—¿Te gusta el Assassin’s eh?
—Eh —dije rascándome la cabeza—. Sí.
—¡Qué guay! Me encanta. He visto en Micromanía que ha salido el segundo.
—En serio, ¿te gusta? —comenté extrañado. Algo en el pecho se me suavizó al saber que le gustaba uno de mis juegos favoritos.
—Sí, no lo puedo jugar porque yo solo tengo Nintendo DS, pero ojalá pudiese porque dicen que la ambientación es preciosa. Me encanta el arte, sobre todo del Renacimiento. Me recuerda al romano.
—¿Quieres probarlo? —le señalé la tele pequeña de culo ancho con la Xbox 360 enchufada.
—No sé, seguro que se me da fatal.
—Bueno, también tengo otros juegos si quieres.
Fui al cajón y empecé a sacar cajas: Assassin’s Creed II , Halo , GTA IV , FIFA 10 , Red Dead Redemption , Minecraft …
—Vale, vale, tienes muchos. No sabía que eras tan friki.
—¿Eso es bueno o malo?
Se encogió de hombros, divertida.
—Depende. Si te gusta jugar al FIFA, es muy malo.
—Ni siquiera me gusta. Te prometo que me lo regaló mi tío por mi cumple.
—Entonces me caes bien —dijo sentándose en la cama con naturalidad.
Yo me senté a su lado con el mando en la mano. Estaba emocionado por poder mostrarle una de mis sagas de videojuegos favoritas sin que me juzgara porque había dicho que le gustaba.
—¿Preparada por jugar por primera vez al Assassin’s?
Asintió con los ojos llenos de curiosidad y algo dentro de mí se derritió.
Durante un rato jugamos turnándonos. Ella no sabía controlar bien la cámara, pero se reía cada vez que el personaje se caía de una azotea o se estampaba contra una pared.
Yo le iba narrando lo que pasaba con voz de narrador de documental.
Ella me respondía con imitaciones absurdas de acentos italianos.
Al final, me acabó doliendo la cara de reírme.
En un momento, dejé el mando a un lado.
—¿Sabes? Me alegro de que tu abuela te dejara venir.
—¿Aunque te haya llamado friki?
—Bueno…
Ella bajó la mirada un segundo y luego sonrió.
—Yo también me alegro. Me estaba volviendo un poco loca encerrada en casa.
—¿Y por qué lo hiciste? Lo de emborracharte, digo.
—No sé. Supongo que… quería probar. Quería sentirme... —se quedó buscando la palabra en el aire.
—¿Cómo? —insistí, porque la duda me quemaba.
—No sé. Sara lo hace y sale con Hugo y se lleva bien con todo el mundo.
Miró al techo como si esperara que este le diera una respuesta.
—Ya, pero tú no eres Sara —solté, quizá demasiado directo.
—Eso está claro. Mírame —lo dijo con una risa corta que no llegó a los ojos.
Se me congeló el mundo por un segundo. La tenía al lado y por primera vez no era solo la chica que se reía de mis imitaciones italianas. Era Mara, y las frases le salían de un sitio pequeño y quebradizo.
—Joder —balbuceé—. Siento que te sientas así. No te tienes que comparar con nadie. Eres única tal y como eres.
Se sonrojó, y por un momento los dos respiramos lo mismo. Ella apretó mi mano, como agradeciendo mis palabras, y dejó que se le escapara una lágrima minúscula que se le quedó al borde del ojo. No habló, pero tampoco le hizo falta.
—Gracias —susurró, y la voz le tembló un poco—. Estoy harta de todo, de que mis madres me pongan a dieta y ninguna funcione, de que la ropa que me gusta no me valga, de pensar que ocupo mucho espacio… Y, cuando bebo, nada de eso existe. Soy solo yo.
—Ya, te entiendo.
Ella solo sonrió como respuesta, sin decir nada, y volvió a coger el mando para refugiarse.
—Vale, me toca.
Jugamos un rato más, y el tiempo pasó tan deprisa que ni nos dimos cuenta hasta que escuchamos a su abuela tocando el timbre.
Y no sé por qué, pero, cuando bajé a despedirla, ya la echaba de menos. Me había confiado que la hería mirarse y, aunque la entendía a mi manera, deseé con todas mis fuerzas que pudiera verse como yo la veía cuando se reía.