15
Mara
Al llegar a casa e intentar dormirme, la cama me daba vueltas. Todo giraba a mi alrededor. Era una sensación extraña, como si estuviera a punto de caerme sin moverme del sitio. Cerré los ojos, intentando calmarme, pero el mareo solo empeoraba. Quería estar bien con todas mis fuerzas, pero no podía.
Entonces llegó la vergüenza, como una ola repentina. ¿Por qué había bebido tanto? ¿Qué sentido tenía todo aquello? Me sentí ridícula, triste, vacía. Me agobié.
Me ardía la garganta y me empecé a encontrar fatal. Entonces, vino la arcada y tuve el tiempo justo para salir corriendo al baño. Por encima de todo, no quería hacer ruido porque no quería que mi abuela se enterase, pero los vómitos fueron imposibles de disimular.
—¿Hija? ¿Qué pasa? —su voz subiendo por la escalera me sobresaltó. Me había pillado.
—Nada... me ha sentado mal la cena del bar —mentí con la voz rota y la frente sudada.
Mi abuela abrió la puerta y me miró. Lo hizo con esa mezcla de tristeza y ternura que solo te tiene quien te conoce de verdad. Se agachó a mi altura y me acarició la cara con sus manos ásperas y suaves a la vez.
Y solo con ese gesto, me sentí mejor, a salvo, como cuando era pequeña y me ponía mala y ella sabía exactamente qué hacer.
—Aquí huele a alcohol —dijo, sin más reproches—. Ya hablaremos mañana.
No discutió ni me regañó. Me metió bajo la ducha con agua fría, sujetándome para que no me resbalara.
Me obligó a beberme un poco de Aquarius de esos que guardaba solo por si acaso me ponía mala de la tripa, y luego me llevó a su cama.
Se metió conmigo bajo las sábanas, me acunó como cuando tenía fiebre, y me susurró historias al oído, las de siempre, las que inventaba cuando no podía dormirme.
Sin embargo, ya no era una niña y esa sería la última vez que me contaría un cuento.
A la mañana siguiente, me castigó sin salir tres semanas. Lo dijo con la voz firme, pero sin levantarla. Yo podría haberle suplicado. Sé que, si me lo hubiera propuesto de verdad, la habría convencido, pero no lo hice porque yo también pensaba que me lo merecía.
Por suerte, el castigo solo incluía no salir de casa. La gente podía venir a verme. Vega venía a veces, aunque prefería salir con las demás. Lo entendía porque no iba a pasarse el verano encerrada conmigo, y yo tampoco lo habría hecho.
Pero Elio no falló ni una sola siesta. Le pidió permiso a mi abuela para venir a jugar al Mario conmigo y, para mi sorpresa, ella aceptó. Le dijo que sí, que mientras no hiciéramos ruido, podía quedarse. Y así, yo le esperaba como si fuera lo único interesante del día, que en parte era verdad.
Esa tarde estábamos en mi habitación, sentados cada uno con nuestra consola. A él le faltaba un nivel para alcanzarme, solo uno, y yo me estaba empezando a poner nerviosa porque no quería que me ganara en esta absurda competición.
Lo miré de reojo mientras él, muy concentrado, sorteaba obstáculos con una precisión casi quirúrgica. Llevaba su camiseta negra de Assassin’s Creed y tenía el ceño fruncido, los labios apretados, las gafas un poco torcidas.
Pausé mi partida, pero él ni se dio cuenta porque estaba demasiado metido en su mundo. Le hice unas cosquillas rápidas en el costado. Dio un respingo, soltó un gritito que intentó disimular y justo en ese momento… una tortuga le mató.
—Pero ¡qué haces! ¡Eso es trampa! —protestó y dejó caer la espalda en la cama.
Se quedó un momento mirando al techo, resoplando. Luego se giró para mirarme, medio enfadado, medio divertido. Me sostuvo la mirada un segundo más de lo que esperaba.
—No podía dejar que me ganaras —dije sin apartarle la mirada
— Ti odio —murmuró en un acento italiano forzado.
—Me adoras —corregí.
Él carraspeo y volvió a sentarse con la consola.
—¡Te vas a cagar!
Terminamos de jugar justo a tiempo para la fiesta de espuma que había esa noche en la plaza del pueblo. Como mi abuela iba a sentarse al fresco con unas amigas, me permitió ir con la condición de que volviera cuando ella se recogiera y que no me perdiera de vista.
La plaza estaba iluminada por farolillos y el ambiente desprendía olor a agua y jabón.
La espuma formaba montículos blancos donde los niños jugaban a desaparecer y reaparecer.
El coordinador organizó juegos y nos dividió en dos equipos; nos dio a cada grupo un barreño lleno de globos de agua.
Me tocó con Vega; Sara, Estela y Elio cayeron en el otro bando y la cosa se volvió personal en segundos.
Intercambié miradas y pequeñas estrategias con Vega, pero mi vista se fue hacia Elio, que se situó a la distancia justa para que lo pudiera ver sonreír. Cuando alzó el brazo, pensé que sería un disparo improvisado; no lo fue. Me lanzó un globo a la cara y el agua fría me despeinó.
—Eso por lo de antes. Estaba a punto de pasarme el nivel —dijo, con esa sonrisa que mezclaba reproche y triunfo.
Me quedé un segundo paralizada: la explosión de agua, el frío, la risa que me subía del estómago. Enseguida reaccioné y cogí un globo, me giré y se lo lancé a la espalda mientras huía corriendo, dejándole la espalda empapada. Salí corriendo con el corazón en la garganta.
Se volvió, me guiñó un ojo cómplice y luego nos lanzamos a una guerra que nos dejó empapados y riendo como idiotas.
Vega se partía de risa a mi lado cada vez que lográbamos acertar a Elio, Estela o Sara.
Y, por un rato, se me olvidó todo: el castigo, las comparaciones y la rabia.
Solo quedaba el fresquito en la piel y esa sensación de que el verano podía ser así de sencillo.