El último verano que fuimos 14
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Elio

Las vi alejarse calle arriba, caminando juntas, bajo la luz naranja de las farolas. Me quedé quieto un rato, con las manos en los bolsillos, mirando hasta que doblaron la esquina y desaparecieron.

Me vino Mara a la cabeza otra vez. Llevaba toda la noche pensando en ella.

No entendía por qué había querido hacer todo eso: el alcohol, los chupitos y sobre todo ese modo de hablar y moverse que no se parecía en nada a la chica con la que llevaba semanas intercambiando mensajes.

El otro día, parecía muy convencida de que eso no iba con ella, pero ahora parecía otra.

Casi no nos había hablado en toda la noche. Había estado allí a dos metros, a mi lado, pero era como si estuviera a años luz de todo lo que era.

No era la Mara con la que hablaba por SMS ni con la que me daba toques al móvil en plena siesta, esa que me hacía sonreír cuando aparecía su nombre en la pantalla.

Me daba vergüenza admitirlo, pero yo sí era de los que dormían la siesta.

Solo dejé de echarme para estar despierto por si me escribía o me daba un toque.

Quería que pareciera casualidad, pero no lo era.

Hoy estaba muy guapa, pero no solo guapa: diferente.

Llevaba un jersey con un escote que me desconcertó.

Me obligó a mirar para otro lado más veces de las que quiero admitir.

Porque sí, se lo miré, pero con disimulo, muy rápido para que ella no pudiera notarlo.

No lo hice como el camarero ni como Hugo, ellos la miraban como si tuvieran derecho.

Me daban asco y hacían que algo me ardiera por dentro, algo a lo que no supe ponerle nombre.

Casi se podría decir que quería apartarlos físicamente.

Al meterme en la cama, me tumbé boca arriba, a oscuras, escuchando el silencio del pasillo. Toda mi familia dormía. Y yo solo podía pensar en Mara.

Pensé en su risa, en su escote, en lo cerca que la sentía cuando hablábamos por el móvil y en lo lejos que estaba en la realidad.

Cerré los ojos y, por primera vez, no sé la razón, pero me imaginé cómo sería besarla.

Fantasee con cómo sería posar mis labios en los suyos en mitad de un baile o en el portal de su casa.

Cree la escena en mi cabeza. Ella me respondía al beso con pasión para pegar nuestras frentes y coger aire.

Nos mirábamos avergonzados y yo solo podía pensar en perderme en el verde de sus ojos.

Esa fue la primera vez que me toqué pensando en ella, la primera de muchas en las que pensé en ella antes de dormir con esa mezcla rara de deseo y ternura que no sabía cómo explicar porque, aunque fuera muy guapa o me gustara, solo era mi amiga.