El último verano que fuimos 13
15%

13

Mara

No había vuelto a salir desde aquel concierto tributo a Estopa. Me seguía sintiendo fuera de lugar, como si hubiese sido una intrusa en una película donde no me habían dado ningún papel. Pero Elio y Sara me dieron sus números al despedirnos y, dos días después, me llegó un mensaje de Elio:

La verdad es que me había quedado con ganas de hablar más con él. En mi clase, nadie jugaba a videojuegos. Y Vega, aunque de pequeña jugaba conmigo, ahora decía que eso era de críos.

Me quedé mirando la pantalla como una tonta. Minutos después, el móvil vibró. Era un toque de Elio. Me dio un vuelco el estómago. Ya se lo había pasado.

Sonreí. Apreté fuerte la consola entre las manos y me lancé de lleno al nivel que me tenía atascada.

Quince minutos después, estaba temblando.

Y no solo por la emoción del juego, sino porque me lo había pasado.

Busqué su nombre en la agenda del móvil.

Pulsé “llamar” y, en cuanto sonó el primer tono, colgué.

A partir de entonces, cada vez que alguno superaba un nivel, le daba un toque al otro. Sin palabras. Era solo un tono y eso se volvió rutina. Era algo pequeño, pero nuestro. Y raro era el día en que no vibraba el móvil, ya fuera por un toque o un SMS.

La primera vez que probé el alcohol no hacía ni dos semanas que conocía a Sara. Tenía quince años. Y, aunque la ley decía que no podían vendernos, en el pueblo no solían pedir el DNI.

Esa noche me miré al espejo más rato de lo habitual.

Me latía fuerte el corazón. Me había puesto un jersey de pico sin nada debajo, con un sujetador que me apretaba un poco el pecho.

No era cómodo, ni siquiera me gustaba cómo me quedaba, pero lo llevaba porque llamaba la atención.

Y algo dentro de mí deseaba que alguien se fijara, que pensaran que yo también podía ser de esas chicas que todo el mundo mira dos veces.

Me pinté las pestañas con un rímel barato que me compré esa mañana en los 20 duros. Me hacía los ojos más grandes, más bonitos y sobre todo más adultos.

La fiesta era en el bar del pueblo. Era pequeño y tenía las paredes oscuras. La música estaba demasiado alta y los vasos de plástico se pegaban a los dedos. El camarero tendría más de veinte, pero era bastante simpático. Nos echó una ronda de chupitos sin preguntar.

Sara se movía como en su elemento. Todo el mundo parecía conocerla y parecía tan segura de sí misma que parecía fácil ser ella. Cuando me pasó uno de los vasos, Vega me miró esperando que dijera que no, pero no lo hice. Lo cogí con las manos un poco temblorosas.

Sara levantó el vaso y gritó:

—¡Quien no apoya, no folla!

Se rio y luego miró a Hugo. Ese tipo de mirada que dice mucho más que unas cuantas palabras y él sonrió de medio lado.

Todos brindaron, rieron y bebieron, menos Vega y Elio, que se quedaron quietos, con cara de no entender nada. Porque sí, yo también brindé.

Me lo bebí de golpe. Me ardió la garganta, me picó la nariz y tuve que contener una arcada.

Me habían dicho que sabría a piruleta, pero mentían.

Era amaretto con granadina. Aun así, bebí otro y luego otro más porque todos lo hacían, porque no quería ser la rara, porque, en el fondo, lo único que quería era pertenecer.

Esa noche, por primera vez, sentí que algo dentro de mí se soltaba. Bailé sin pensar si alguien me estaba mirando. Sonaba Maldito alcohol de Pitbull y retumbaba en las paredes y en el pecho. Reí, canté, me moví y el mundo me pareció menos rígido, menos hostil. Me sentía ligera.

Me acerqué a Sara y Estela mientras bailábamos.

Ellas hablaban sin filtros, riendo entre gritos y empujones.

Hablaban de chicos, de Hugo y Diego, de lo guapos que estaban esa noche.

Estela dijo que esa sería la noche, que ya lo habían decidido, que perderían la virginidad con ellos en el coche, cuando llevaran los chupitos suficientes como para no tener miedo ni vergüenza.

Yo asentía, sin saber muy bien por qué, como si reírme con ellas me hiciera parte del grupo.

Vega y Elio, en cambio, me observaban desde la barra. Cada vez que me acercaba a por otro chupito, me miraban con una mezcla de desconcierto y algo más difícil de nombrar. ¿Preocupación? ¿Decepción?

Al cuarto, o tal vez al quinto, Sara y Estela se marcharon con sus novios. Se cogieron de la mano y salieron riendo por la puerta del pub, tambaleándose un poco. Y, de pronto, me quedé sola con Vega y Elio.

—¿Qué bebéis?

—Malibú con piña —respondieron a la vez.

—¿Queréis un chupito?

Negaron con la cabeza firmes. Y en sus ojos había algo que me hizo sentir pequeña. No entendía por qué. Yo me lo estaba pasando bien porque, por una vez, no pensaba tanto en que pensarían los demás de mí.

—Venga, prima —dijo Vega bajando la voz—. Vámonos a casa.

Negué con la cabeza. Quise decir que no, que aún era pronto, que quería quedarme, pero miré alrededor y ya no quedaba nadie del grupo

—Te vas a quedar sola —añadió Vega.

Elio no dijo nada, se limitó a mirarme. Y, en su silencio, algo se desinfló dentro de mí.

Al final, me fui con ellos. Caminé sin decir nada mientras ellos hablaban de videojuegos.

Yo tenía la cabeza pesada y mis ideas estaban hechas un lío entre ellas.

Intentaba pensar por qué de repente me sentía mal, culpable.

De repente, ya no sentía esa euforia primitiva del alcohol, solo quedaba un vacío.

Al final, despedimos a Elio en su calle y luego Vega se empeñó en acompañarme hasta la puerta.