11
Mara
Llevábamos toda la mañana en la piscinita del corral, metidas hasta la cintura en un agua que ya empezaba a calentarse con el sol del mediodía. Yo estaba tan tranquila removiendo el agua con los pies.
—Tía, ¿por qué no vienes esta tarde con mis amigos?
La propuesta de Vega me pilló totalmente por sorpresa.
La idea de conocer a más gente me removía por dentro.
Por una parte, lo deseaba porque me sentía muy sola últimamente, Vega cada vez hacía más planes sin mí y yo me aburría todo el verano encerrada en casa con la abuela.
Sin embargo, por otra parte, tenía miedo a no encajar, a que fuera como en el instituto.
—No sé… —murmuré bajito, agachando la mirada.
El agua se movía entre nosotras, haciendo ondas pequeñas.
—Que sí, tía, será guay. Vamos a ir a la casa de la cultura, que hay un tributo a Estopa —dijo con una sonrisa amplia y un brillo en los ojos—. ¡Vente, anda!
Me salpicó con agua de forma juguetona. Me dio de lleno en la cara y me hizo reír, aunque por dentro todavía tuviera un nudo en el estómago.
—Pero… ¿cuál es el plan exactamente?
—Pues no sé, estar allí, escuchar música, bailar un rato… pasarlo bien —Se encogió de hombros, restándole importancia—. Van a venir Sara, Estela y Elio, que su familia es la italiana.
No estaba segura de decir que sí.
—Anda, porfi —insistió, haciendo pucheros de exagerada.
Tragué saliva. No me gustaba conocer gente nueva porque no sabía qué hacer con las manos, qué decir o cómo moverme para encajar. Pero tampoco quería quedarme sola. Vega era la única persona con la que me sentía a salvo, y cada vez se escapaba un poco más de mi mundo.
—Está bien —dije, suspirando—. Pero solo un rato, ¿vale? Quiero volver pronto a casa.
—¡Yuju! —chilló—. Vas a ver qué bien lo pasamos.
Me volvió a salpicar y, esta vez, le devolví el chapoteo. Reímos. Y, por un momento, me olvidé del miedo.
Estaba plantada frente al espejo, dándole vueltas por enésima vez al conjunto.
Me estiraba el jersey fino verde ancho para que me cubriera al máximo posible el culo que me hacían los leggins negros.
Me miraba al espejo una y otra vez, y de pronto aquel recuerdo volvió, como una bofetada: mi madre en los probadores, con los brazos cruzados, suspirando, diciéndome que la prenda que me había dado era la talla más grande y que tenía que adelgazar para que me cupiera.
Me encogí un poco sin querer, como si todavía estuviera allí, juzgando con la mirada. No me gustaba lo que veía y no me atrevía a conocer a gente nueva así, así que le envié un SMS a Vega:
Suspiré. Vega podía ser muy pesada cuando se le metía algo entre ceja y ceja. Cerré los ojos para dejar de verme en el espejo porque no quería acabar llorando antes de salir.
Antes de marcharme, subí las escaleras para ver a mi abuela. Estaba en el sofá viendo Canal Sur, como siempre, con su manta en las piernas, aunque hiciera calor.
—Abuela, me voy —le dije desde la puerta.
Giró la cabeza y me miró con los ojos iluminados.
—Qué guapa estás, mi niña. Ven que te dé un beso.
Me acerqué, y me acarició la mejilla con ternura antes de besarme.
—Pásatelo bien. Te quiero —me susurró al oído.
Me dejó con un calorcito en el pecho que no tenía nada que ver con el jersey; mi abuela siempre había sido así, me transmitía el cariño que necesitaba de unas madres que estaban demasiado ocupadas en su trabajo.
Fui andando hasta casa de Vega porque eran apenas unos pasos. Las calles del pueblo estaban tranquilas, con ese aire templado de principio de verano que olía a flores secas y a tierra caliente.
Toqué el timbre. Mi tío segundo, al que apenas conocía, respondió desde dentro:
—¡Vega! Es tu prima. Sal y no la hagas esperar —escuché decir al otro lado de la puerta.
Al poco, se abrió la puerta y allí estaba ella reluciente, como siempre.
Llevaba un top de lentejuelas plateadas que le dejaba ver el ombligo y unos vaqueros de tiro bajísimo.
Tenía la melena suelta y perfecta. Se había hecho el delineado en los ojos.
Estaba espectacular. Y yo... bueno, yo era una sombra al lado suyo.
Nunca había deseado tanto parecerme a alguien.
La Casa Municipal de Cultura estaba a reventar. Había gente de todas las edades: señoras con abanicos, chavales con gafas de sol en la cabeza, niños correteando. Aquello era un caos.
—Esta es mi prima Mara —me presentó Vega mientras se colocaba bien el top—. Y estos son Sara y Elio.
—Hola —dije bajito.
Sara me dio dos besos. Llevaba el lápiz de ojos negro y los labios brillantes del brillo. Era alta y toda ella rezumaba seguridad, como alguien a quien le pertenecía ese sitio. Elio también se acercó y, con una sonrisa tímida, me dio dos besos.
Sentí que me ardían las mejillas.
—¿Quieres un poco? —le ofreció Sara a Vega, alzando un vaso de plástico medio lleno.
—¿Qué es eso? —preguntó mi prima, oliendo el contenido—. ¿Es alcohol? ¿Cómo lo has conseguido?
—Me lo ha pedido mi hermana —dijo, señalando con la cabeza hacia un grupillo de chicos más mayores con pinta de universitarios.
Vega negó con la cabeza y Sara me miró a mí. Yo también negué con la cabeza tragando saliva. No quería probar el alcohol. Todavía era muy pronto, era menor de edad.
—Vosotras os lo perdéis —dijo Sara encogiéndose de hombros y volviendo a beber.
Elio tampoco dijo que sí. Se limitaba a observar a su alrededor desde sus gafas redondas con un tic nervioso que consistía en toquetearse el pelo que torpemente le caía en los ojos.
Me llamó la atención desde el primer momento porque llevaba una camiseta de Mario.
Me quedé mirándola mientras pensaba en que justo la tarde anterior me había atascado en un nivel que no era capaz de pasarme.
Levanté los ojos y me sonrió, como si me hubiera leído el pensamiento.
—¿Te gusta Mario? —me preguntó bajito.
—Sí. Tengo la Nintendo DS. Juego al New Super Mario Bros casi todos los días después de comer.
—¡Yo también! —exclamó Elio, iluminándose de repente.
Me dio un cosquilleo en el pecho, de esos que no sabes si vienen de la emoción o de los nervios.
Me dieron ganas de contarle todo sobre el juego.
Me solía tumbar en el sofá con los cascos puestos y el discman a todo volumen mientras mi abuela dormía la siesta en su habitación.
Yo odiaba dormir de día porque sentía que la vida se me iba y no quería perderme nada.
—Frikis —soltó Sara, con ese tonito entre burla y cariño que no sabía si iba con mala intención o no.
Me tragué las palabras y bajé la mirada.
Elio también se quedó callado. Entonces todo el mundo empezó a saludar a Sara.
Todos la conocían. Todos querían hablar con ella.
Vega, Elio y yo nos quedamos atrás, como personajes secundarios de esa historia.
Sara se reía fuerte, abrazaba a la gente, decía cosas graciosas, les hacía sentirse especiales…
Al rato, se unieron un par de chicos y una chica al grupo. Todos eran guapos y parecían seguros de sí mismos, como si fueran parte de otro mundo que no era el mío.
Pidieron a la hermana de Sara que les consiguiera más alcohol.
Reían, se empujaban, se gritaban cosas de broma.
Y entonces nos presentaron. Ella se llamaba Estela y parecía la mejor amiga de Sara porque no habían dejado de hablar desde que ella había llegado.
Y uno de ellos era Hugo: guapísimo, piel morena, pelo muy corto, una camiseta blanca de manga corta que le marcaba los brazos musculosos y una cadena plateada sin colgante.
Tenía ese aire de chulo de peli, como Mario Casas en Tres metros sobre el cielo.
Me sonrió sin siquiera acercarse a mí y, para mí, fue suficiente para idealizarlo.
Sin embargo, en un momento dado, Hugo se giró hacia Sara y le plantó un morreo lleno de babas y lengua.
Y yo aparté la vista porque quería ser ella.
Quería ser la chica que le cae bien a todo el mundo, la que se ríe sin miedo a lo que piensan de ella, la que se besa con el chico guapo del grupo, pero eso nunca ocurriría.