El último verano que fuimos 10
12%

10

Mara

Recorro las callejuelas estrechas con el coche, avanzando despacio.

Tengo que maniobrar con cuidado para no rozar la pintura en cada giro.

El vehículo, demasiado grande para estas calles, parece un reflejo de mí: fuera de lugar, incómodo, desentonando en un sitio que, durante años, pensé que también era mío.

Y, al fin, llego a la puerta de la casa de mi abuela.

Freno y la miro desde el asiento, incapaz de moverme.

Parece que el tiempo también hubiese pasado por ella de forma cruel.

La madera está más desgastada, los marcos agrietados por el sol y la pintura de la fachada se descascarilla como si la casa misma estuviera mudando de piel.

No sé si estoy preparada para esto, pero he llegado y tengo que entrar.

La brisa cálida de principios de verano me acaricia el rostro en cuanto bajo del coche.

Aquí arriba, cerca de la sierra, siempre sopla algo de aire, incluso en los días más calurosos.

Era una de las cosas que más me gustaban de este sitio: el rumor constante del viento entre los árboles.

Aquí el pueblo nunca estaba del todo en silencio.

Saco la llave del bolsillo, aferrándome a ella con tanta fuerza que siento el metal hundirse en la palma. La giro en la cerradura y la puerta se abre con un crujido seco.

Y entonces me golpea el olor, ese olor inconfundible a cerrado, a casa que ha estado mucho tiempo en pausa.

Sin embargo, debajo, como una nota persistente, sigue el aroma de siempre: lavanda, el ambientador que usaba mi abuela desde que tengo memoria.

Huele a ella, a sus manos suaves, a su risa tranquila, a su voz canturreando por Manolo Escobar mientras hacía migas.

El nudo en la garganta es inmediato, obligándome a tragar saliva.

Subo los primeros dos escalones del pasillo.

La casa está fresca, como siempre. El abovedado del techo hacía que el calor no se quedara encerrado.

A ambos lados, las puertas de las habitaciones me observan: una era la de mi abuela, que tenía vistas a la calle, y enfrente estaba la mía.

Recuerdo ir a su cama cuando me despertaba demasiado temprano y pedirle que me contara cuentos mientras me acariciaba la cabeza.

Subo los otros dos escalones del estrecho pasillo.

Las paredes están cubiertas con las mismas fotos de siempre, aunque ahora los marcos están más oxidados.

Hay dos cuadros que imitan La maja desnuda y La maja vestida de Goya, está mi madre de niña con coletas y mis tías abuelas, vestidas de domingo, sonriendo antes de marcharse a la capital para no volver.

Hay fotos de mi abuela y mi abuelo el día de su boda: jóvenes, radiantes, enamorados, de mi familia del día en que me bauticé porque mis madres son una especie de lesbianas católicas tradicionales y, por supuesto, sigue aquí mi foto de estudio de la comunión que nunca me gustó.

No me doy cuenta de que estoy llorando hasta que empiezo a parpadear con fuerza para ver mejor. Las lágrimas me nublan la vista, pero no me detengo y sigo subiendo hasta que las puertas se abren al salón y la cocina.

Todo sigue ahí: el mismo sofá con los cojines aplastados, el mismo aparador lleno de figuritas de porcelana, el mismo reloj de pared que da un golpecito cada media hora. Me siento, sin pensar, en el sofá.

En ese momento, veo algo debajo del cristal de la mesa camilla.

Es una foto que cojo con manos temblorosas porque sé cuál es.

Es del primer verano que hice amigos aquí.

Yo estoy en bañador, con el pelo revuelto por haberme bañado en la piscina hinchable del corral y, a mi lado, está mi prima Vega, sonriendo, esbelta con su bikini.

Detrás de nosotras, hay una cuerda improvisada agarrada al limonero y a la reja de la ventana que hace de tendedero para que las toallas se sequen al sol.

Ahí empezó todo. Ese fue el verano que cambió mi vida para siempre. Y, mientras las lágrimas siguen bajando sin permiso por mis mejillas, me doy cuenta de que ya estoy dentro, que ya he vuelto. No puedo huir del pasado para siempre.