El último verano que fuimos 9
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Elio

Mara está tardando mucho en volver.

Miro el reloj, me distraigo revisando unos papeles y vuelvo a mirar el reloj, pero el nudo en el estómago no se va. No quiero invadir un momento tan íntimo, aunque la inquietud ya empieza a colarse dentro de mí.

Salgo del despacho con paso lento, intentando no parecer ansioso. La encuentro en la recepción, sentada en uno de los bancos de madera junto a la pared. Se sostiene la cabeza entre las manos, con los codos apoyados en las rodillas.

Me desgarra por dentro verla así y no poder hacer nada. Me acerco en silencio y me siento a su lado, sin rozarla aún. Solo cuando su cuerpo tiembla ligeramente, me atrevo a acariciarle la espalda con la yema de los dedos.

—Está todo bien —murmuro, pero su cuerpo no se relaja.

Levanta la vista y me mira, y me atraviesa.

Tiene los ojos completamente vidriosos, brillando con una mezcla de rabia contenida y algo mucho más antiguo: desilusión.

La cara se le ha afinado, sí, pero las mejillas siguen redondas, como entonces, como si se resistieran a dejar de ser las de aquella chica adolescente.

—Tú ya lo sabías —dice, con la voz ronca, rota.

—¿El qué?

—Lo que pone aquí —levanta la carta arrugada.

La forma en que lo dice, casi escupiendo las palabras, me sobresalta. Está al borde, a punto de estallar o de venirse abajo, o ambas cosas a la vez.

—Claro que no. Yo solo he leído la mía —respondo con cautela.

—¿Y en la tuya no te decía que iba a obligarme a quedarme aquí un verano?

Eso me paraliza: un verano con Mara, como en los viejos tiempos. Y, aunque una parte de mí se enciende con una chispa absurda de ilusión, basta con verla para saber que no es así para ella. No hay nada de eso en su voz, solo presión, agobio, dolor.

—A ver —intento sonar sereno y contener el torbellino que está naciendo dentro—, no es una obligación. Las últimas voluntades no son leyes. Puedes… no cumplirlas.

Ella abre la boca para replicar, pero no dice nada. El aire se espesa entre nosotros. Agacha la cabeza con la mirada perdida otra vez en la carta. La aprieta con fuerza, hasta que el papel cruje, y entonces se levanta de golpe.

—Me voy.

La frase me da una punzada y algo se rasga en mi pecho, pero no insisto.

—Está bien. Pasa por la puerta tres, el notario…

—No —me interrumpe sin mirarme—, Que me voy a casa de mi abuela. Necesito dormir, descansar, pensar con claridad.

Asiento, aunque no sé si me ha visto hacerlo.

—Te llamo cuando decida lo que quiero hacer.

—Ah… está bien. Lo que quieras cuando quieras.

Se gira y se marcha sin decir adiós ni mirar atrás. No debería sorprenderme porque no soy nadie en su presente, solo una sombra de lo que fui para ella, pero duele igual porque el pasado pesa más ahora que nunca.