8
Mara
Al final, me he quedado a dormir en los sofás del tanatorio.
No son los más incómodos en los que he dormido.
La quietud me ha acompañado durante horas, solo interrumpida por el tic-tac de un reloj colgado en la pared.
El paso del tiempo me ha resultado abrumador, casi violento, después de todo lo que ha pasado.
He llorado. He sentido rabia. He reído recordando a mi abuela. He vuelto a enfadarme al pensar en Elio.
¿Por qué se preocupa tanto por mí? ¿Por qué no puede simplemente dejarme en paz? Había enterrado su recuerdo en lo más hondo de mi corazón.
Ya me han entregado las cenizas de la abuela y están en el asiento del copiloto. Estoy aparcada frente al bufete de Elio. Su asistente me dijo que podía pasar cuando quisiera. Solo me queda el último trámite y podré volver a casa.
Salgo del coche y me quedo mirando la fachada del despacho que tiene una cristalera inmensa. Llamo a la puerta y, desde dentro, alguien me indica que pase. El chico de recepción me dice que la oficina de Elio está por la segunda puerta a la izquierda.
Toc, toc.
—Adelante —su voz suena apagada al otro lado.
Abro y allí está, sentado tras una mesa demasiado ordenada.
Lleva traje, chaqueta y corbata. ¿Es el mismo Elio que solo vestía camisetas frikis y camisas hawaianas?
Parpadeo, confundida, pero no es una alucinación.
Su media melena alborotada sigue ahí y sus gafas, las que siempre le decían que le hacían parecerse a Harry Potter, también.
Solo que ahora sus ojos parecen más tristes.
Levanta la vista y me sonríe, casi por reflejo. Está cansado, sus ojeras lo delatan. Supongo que ayer fue un día duro para los dos.
—Hola —rompo el silencio—. Vengo a solucionar lo de la herencia y todo eso.
—Sí —se pone en pie y me tiende la mano—. Siéntate.
Obedezco, aunque sigo algo desconcertada. Sobre la mesa hay una carpeta donde, desde mi ángulo, puedo leer el nombre de mi abuela al revés. Él la abre y repasa algunos papeles.
—En principio, tu abuela lo dejó todo bastante claro. Le legó la parte mínima a tu madre, lo legalmente obligatorio, y el resto es para ti. El notario, que está en la puerta tres, te hará firmar unos documentos y enviará otros a tu madre para poder vender sus bienes y listo.
Perfecto. Cuanto antes pase todo esto, mejor va a ser para todos. Me levanto casi por inercia, pero entonces Elio me toma de la mano.
Y su tacto, cálido y familiar, me atraviesa, no por la suavidad ni la sorpresa, sino por todo lo que evoca: todas las veces que esa misma mano sostuvo la mía cuando el mundo parecía demasiado. Es como si alguien me disparara directo al pecho con un recuerdo.
—Sin embargo —añade él, bajando la voz—, me pidió, de forma muy específica, que antes de que te levantaras de esta mesa me dijeras si habías leído la carta. Y que, si no lo habías hecho, lo hicieras antes de ir a firmar.
—No, todavía no la he leído.
—Bueno… esa fue su petición. No puedo obligarte a nada, claro. Y puedes firmar e irte si lo deseas. Yo solo soy el mensajero.
Su tono es distante, mecánico y casi no me mira.
—Está bien. ¿Puedo salir a leerla?
Asiente y me indica la puerta con un gesto. Salgo sin decir nada más y, al sentarme en la recepción, saco el sobre para abrirlo.
Marita, mi vida:
Si estás leyendo esto, es que volviste, pero yo ya me he ido. Te dejo la casa del pueblo. A tu madre le dará igual, ya sabes que siempre renegó de sus raíces, pero tú… tú siempre fuiste distinta.
Si pudiera pedirte una última voluntad, no sería que me tiraras al mar ni que me enterraras bajo el limonero del corral. Solo te pediría que perdones al pueblo, y que te vayas en paz con el pasado.
Pasa solo un verano como hacías antes. Úsalo para desconectar.
Siempre que me llamabas últimamente, estabas agotada con cómo llevabas la empresa.
Te habías puesto mucha carga encima. La casa está en buen estado y puedes relajarte allí: leyendo, paseando, escuchando música con tus cascos, como cuando eras una niña.
Sé que la vida no siempre fue justa contigo, pero tú no estás rota. Estás hecha de todo lo que has sobrevivido.
Perdona a quien debas perdonar, incluyéndote a ti misma. Y no seas tan dura con el pobre Elio, que nos conocemos…
Te quiero mucho. Siempre fuiste la niña de mis ojos.
No puedo respirar. El papel me tiembla en las manos y lo suelto sobre el regazo porque me quema.
Me llevo una mano al pecho y siento como si me hubieran metido dentro una piedra grande, fría e inamovible.
Me cuesta tragar saliva. Parece que las palabras de mi abuela se me hubieran quedado atascadas en la garganta.
¿Por qué me haría esto? ¿Cómo puede pedirme que me quede aquí? ¿Qué los perdone? ¿A quién, exactamente? ¿A Sara y Estela, a Elio?
¿Y si no quiero? ¿Y si no puedo?
Me encojo en la silla, sin darme cuenta de que estoy conteniendo el aire.
Solo cuando empiezo a marearme, lo suelto de golpe.
Las lágrimas me nublan la vista, pero no me permito llorar.
No quiero hacerlo aquí, delante de nadie.
Aprieto los puños. No sé si es de rabia, de tristeza o de miedo. Quizá de todo a la vez.
Ella sabía que esta carta me haría trizas, que me desordenaría el alma justo cuando pensaba que podría marcharme y cerrar el capítulo. Y aun así me la escribió.
Me acurruco sobre mí misma como si pudiera hacerme más pequeña, más invisible. Ojalá pudiera retroceder en el tiempo y evitar que todo se desmoronara.
¿Un verano? ¿En serio tengo que pasar un verano entero aquí?