El último verano que fuimos 7
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Elio

La he cagado. Muchísimo.

No sé ni por qué he dicho lo que he dicho, pero no podía verla así. Me miraba con ese resentimiento, con ese odio, y al mismo tiempo como si yo fuera un extraño que está ahí por compromiso.

Y no soy un cualquiera. Estoy aquí porque su abuela me lo pidió, porque me hizo prometerle que no la dejaría sola cuando ese momento llegara.

Salgo a la puerta de la funeraria y respiro hondo. Me quito las gafas y me paso las manos por la cara. No he tenido tiempo de asimilar nada.

Mara ha vuelto, su abuela se ha ido y yo…Yo tengo una carta en el bolsillo que debería haberle dado en cuanto la vi.

Son demasiadas cosas que gestionar a la vez, pero tengo que mantener la mente fría por ella. ¿Dónde se va a quedar esta noche? ¿Irá a casa de su abuela? Me doy la vuelta y vuelvo a entrar.

—Mara.

Sigue sentada en el mismo sitio en la misma postura con la misma mirada perdida. Ni siquiera levanta los ojos para hablarme.

—¿Qué quieres?

—No… nada. Solo quería darte esto —añado, sacando el sobre del bolsillo—. Me lo dio tu abuela hace unos meses. Me pidió que te lo entregara cuando llegara el momento.

Se lo tiendo y lo toma sin decir nada. Lo mira y el pequeño grito ahogado que se le escapa me parte por dentro. No imaginé que me afectaría tanto volver a verla, pero supongo que eso pasa cuando llevas tantos años reviviendo los mejores días de tu vida con alguien que se ha ido.

—No sabía cuándo sería el mejor momento —susurro.

Ella no contesta. Sus ojos siguen fijos en el sobre, pero ya no está aquí, ya no está en esta sala.

—Y tampoco quería dejarte sola —añado, más para mí que para ella. Aunque su abuela no me lo hubiera pedido, habría venido igual.

—Pues ahora mismo es justo lo que necesito. Estar sola con mis pensamientos —dice sin mirarme.

—Vale, pero prométeme que, si me necesitas, me llamarás. Sigo teniendo el mismo número.

—Hace mucho que me acostumbré a no necesitarte —responde, y señala con un leve gesto de cabeza la puerta.

No puedo quedarme ni luchar contra esa rabia que me escupe con sus palabras. Podría pedir perdón, suplicarle, gritar, llorar. Podría decirle que yo también me rompí cuando ella se fue, pero no serviría de nada.

Sin más, me doy la vuelta y me voy a casa. Mañana vendrá al bufete y supongo que la veré, aunque sea la última vez antes de que se vuelva a ir.