El último verano que fuimos 6
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Mara

Después de firmar todos los papeles en la funeraria, me encuentro sola en la sala de duelo. El aire huele a flores tristes. El silencio es denso, casi físico, como si llenara cada rincón de la habitación. Me arde la garganta de tanto contener lo que no quiero soltar.

Me han dicho que debo hablar con el abogado del pueblo para gestionar lo de la herencia. En la tarjeta, aparece su nombre. ¿En serio? ¿Tenía que ser él? Claro que sí. Su sueño siempre fue quedarse aquí y era el abogado de las causas perdidas de nuestro grupo.

Hoy, me espera un día muy largo: aquí sola sin mis madres. El móvil suena y me sobresalto. Veo el nombre en pantalla.

—¿Cómo estás, hija?

—Bueno… —el labio me tiembla antes de que pueda responder otra cosa—. Me gustaría que estuvierais aquí.

—Ya… lo sentimos mucho.

Las lágrimas empiezan a caer sin hacer ruido. Me limito a dejarlas resbalar por la mejilla mientras intento que no se note demasiado en mi voz. Me esfuerzo por sonreír, aunque nadie pueda verme.

—No sé si voy a poder. No sé si voy a poder ir a casa de la abuela y quedarme allí con todos los recuerdos…

—Hija, tranquila. Si no, quédate en un alojamiento que haya cerca.

Silencio. No puedo pensar. Solo escucho mi respiración entrecortada y el zumbido sordo del teléfono. Oigo un suspiro al otro lado.

—Te tenemos que dejar, pero mucho ánimo.

—Un beso —escucho la voz apagada de mi otra madre al fondo.

Cuelgo. Me quedo con el teléfono en la mano, mirándolo como si fueran a decirme algo más, pero no. No van a venir y me enfrentaré a esto sola.

Me gustaría decir que recuerdo algo del día de hoy, pero mentiría.

Las caras han ido y venido como un desfile borroso. La gente ha empezado a llegar en cuanto abrió la sala: tías, primas lejanas porque en un pueblo casi todo el mundo está emparentado contigo, vecinos, conocidos, personas que probablemente saludé una vez hace muchos años.

El primero ha sido el panadero. Me ha abrazado fuerte, me ha dicho que no me reconocía desde que soy “toda una mujer” y yo he sonreído como única respuesta.

Luego ha llegado Mateo, el del ultramarinos.

Me ha ofrecido llevarme un lote con comida para pasar estos días, y no he sabido si llorar o darle las gracias.

No creo que me quede muchos más días aquí.

También ha venido el óptico y me ha recordado que mi abuela me compró allí mis primeras gafas de sol; y la vecina de mi abuela se ha presentado y me ha ofrecido su ayuda por si quiero limpiar la casa.

También, se han pasado el tío Tibo, la del estanco… Han venido todos.

Yo solo quería estar sola con mi dolor, pero me he pasado horas fingiendo.

Fingiendo estar agradecida y fingiendo que no me ardía el pecho con cada "cuánto lo siento".

En lo único que puedo pensar es en que mi mitad se ha ido, en que la única persona que me quería sin pedir nada a cambio ya no está y no hay palabras que rellenen ese vacío.

Cierro los ojos unos segundos porque necesito silencio. Necesito que este día acabe. Cuando los abro, lo veo.

Elio.

Se ha levantado y está en frente de mí. Está vestido con un traje oscuro.

No recuerdo si alguna vez le vi llevar traje antes.

Su madre, su padre e incluso su abuela han venido y se han marchado al poco rato, pero él no.

Él ha estado aquí. No se ha movido de un asiento del fondo en todo el día. No sé si agradecérselo o no.

Nuestros ojos se cruzan. Siento el peso del momento sobre los hombros, pero también esa rabia que no he podido colocar en ningún sitio. Se la lanzo a él sin aviso.

—¿Qué haces aquí? —pregunto en voz baja pero firme.

Él parpadea porque la pregunta le pilla desprevenido.

—Estoy aquí por ella.

—Vale, pues ya has cumplido. Puedes irte.

Él frunce ligeramente el ceño, pero no se mueve.

—No quiero que estés aquí solo por quedar bien —añado con una sonrisa que no me llega a los ojos—. No hace falta que te quedes.

—Mira yo…

—Te estoy pidiendo que te vayas—la voz me tiembla por rabia y por dolor—. No quiero que hagas como si no pasara nada.

—Mara, joder, no fui yo el que dejó de responder a las llamadas y no daba señales de vida.

—No tienes ningún derecho a recriminarme nada —escupo con rabia.

Se contiene para no responder. Inspira profundamente con los labios tensos y se da la vuelta y se va. Me deja sola. Y, aunque es justo lo que le he pedido, me deja un sabor agridulce. ¿Cómo puede echarme en cara que me fuera después de todo?