5
Mara
—Lo siento mucho —su voz es casi un susurro que me estremece por dentro. Me tensa, me recuerda a cosas que creía olvidadas, a sentimientos que no quiero revivir ahora.
¿Qué estoy haciendo? Debería estar enfadada, dolida, destrozada. No debería buscar consuelo en quien me hizo daño.
—Perdona. Me he dejado llevar.
Me alejo para distanciarme de todo lo que él significa, de todo lo que me duele. Entro de nuevo en el edificio con la firme intención de cerrar esa puerta cuanto antes. Tengo que terminar esto ya para poder volver a mi casa, mi refugio.
—Mara, espera.
Su voz resuena en el pasillo, profunda, más grave que la última vez que la escuché. No me detengo porque no quiero hablar con él. No hay nada que decir.
—Mara, por favor.
Me alcanza y se pone a mi lado. Sigo caminando rápido, aunque no tengo claro hacia dónde voy. El pasillo se termina pronto; o giro en alguna parte o llegaré al final sin saber qué hacer.
—No sabes ni a dónde vas. Para, por favor —me sujeta del antebrazo, frenándome.
Y paro porque tiene razón. Estoy perdida. No sé a dónde ir ni cuál es el siguiente paso.
Respiro hondo, como tratando de armarme de valor para lo que viene, y levanto la vista hacia él. Veo su rostro, ahora más marcado, con esa barba corta, perfectamente cuidada, que le da un aire serio y contenido. Su pelo sigue siendo el mismo: media melena lisa.
En ese instante, entre esas capas de madurez, casi puedo ver al Elio adolescente. El Elio que me hacía reír con sus bromas tontas y que me miraba con esa mezcla de ternura y atrevimiento.
Carraspeo, intentando romper ese silencio cargado que nos envuelve, ese peso de palabras no dichas.
—Ven, hablemos con mi madre —dice con suavidad, sin soltarme del brazo.
Me dejo llevar y mis pasos siguen los suyos, lentos, mientras una mezcla de alivio y culpa me inunda. Sé que, en este momento, dejarme sostener es lo único que puedo aceptar.