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Elio
Hace unos meses la abuela Cloti me llamó para que fuera a visitarla, y así lo hice.
Quería dejar todo en orden con su testamento, así que pensó en mi bufete para gestionarlo.
Me dolía mucho pensar que alguien como ella pudiera irse para siempre.
Igualmente, le ayudé a arreglarlo todo y, antes de despedirnos, me entregó dos cartas: una para mí y otra para Mara.
No esperaba que ella volviera después de tanto tiempo; pensé que serían sus madres quienes vendrían si ocurría, pero ella siempre fue más lista que todos nosotros.
En los sobres estaba escrito: “Leer cuando ya no esté”. Yo abrí el mío esta misma mañana, cuando mi madre me despertó.
Elio, mi niño, te escribo para pedirte, con el corazón en la mano, un favor muy especial.
Quiero que estés pendiente de Mara cuando vuelva, que no la dejes sola.
Ella es fuerte, pero a veces la fuerza necesita compañía.
Confío en ti para cuidarla, para que no sienta que tiene que cargar con todo sola. Hazlo por mí, y también por ti.
En cuanto mi madre me ha avisado de que estaba aquí, he venido corriendo a la residencia. Y aquí estoy, haciendo lo que ella me pidió: estar cerca de Mara, aunque solo sea para recordarle que no está sola.
La veo salir corriendo hacia mí con las lágrimas resbalándole por las mejillas y, al verla así, siento que algo dentro de mí se quiebra. Está rota, partida en mil pedazos, y, aunque no sé si quiere que esté a su lado ahora mismo, no podría dar la espalda a lo que su abuela me pidió.
—¿Mara? —mi voz sale temblorosa.
No responde ni una palabra. Entonces hago lo único que sé hacer en un momento así. Han pasado muchos años desde nuestro último abrazo, pero cuando su cara me roza el hombro, es como si todas las piezas dispersas de nuestro pasado encajaran de golpe.
Le acaricio la espalda con suavidad mientras ella me moja la camiseta con sus lágrimas que se escapan sin control, murmurando una y otra vez que no puede ser verdad, que no puede haberse ido. La aprieto contra mí con más fuerza porque es lo único que puedo ofrecerle para calmarla.
—Lo siento mucho —le susurro al oído y su pelo me hace cosquillas en la nariz.
Al oírme, se detiene. Las lágrimas dejar de caer y con una mano temblorosa se limpia el rostro.
—Perdona —dice, tratando de recomponerse—. Me he dejado llevar.
Es entonces cuando realmente la miro. No como cuando ha entrado por la puerta, no como cuando mi cerebro aún intentaba entender que era ella… sino de verdad.
Tiene el mismo flequillo abierto, el mismo pelo castaño, los mismos ojos verdes que antes brillaban con una mezcla de vergüenza y curiosidad.
Y su cuerpo… sigue teniendo esas curvas que nunca entendí que quisiera esconder.
Sigo reconociéndola en la forma en que respira, en cómo aprieta los labios cuando quiere hacerse la fuerte, en esa tensión leve en los hombros que ya entonces delataba que estaba a punto de romperse.
Veo en sus ojos cómo disimula todo el sufrimiento en un intento débil de esconder el dolor que la consume. Casi logra sonreír, pero sé que esa sonrisa es solo un disfraz.
Se da la vuelta y camina hacia el edificio, dejando un silencio pesado entre nosotros. Se me rompe el corazón en mil pedazos. Necesito estar cerca de ella y asegurarme de que esté bien.