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Mara
Me monto en el coche y marco la dirección del pueblo en el navegador.
Son tres horas desde la ciudad. Antes de salir, me he preparado una infusión para calmarme.
Ahora, con las manos sobre el volante, noto que las aprieto más de lo normal.
No ha sido muy efectiva porque un temblor sutil me recorre los dedos.
Tengo que volver allí, al lugar del que me fui jurando no regresar.
Mi abuela ya no está y tengo que hacerlo sola.
Reprimo las lágrimas y me quedo a oscuras en el aparcamiento. No puedo permitirme llorar todo el camino porque no es seguro. Debo concentrarme en la carretera. Busco qué puedo escuchar y sólo encuentro una opción: la banda sonora de mi película favorita, Gladiator.
Las primeras notas de Now We Are Free inundan el coche, y una calma inesperada me envuelve.
Me sumerjo en la melodía, en su letra, y conecto con una parte profunda de mí.
Recuerdo aquella tarde, cuando la vi por primera vez con mi abuela.
Ella, sorprendida, admiraba que una niña de siete años aguantara más de dos horas sentada en el suelo sin apartar la mirada de la pantalla.
Las lágrimas luchan por salir, pero consigo reprimirlas.
Arranco y comienzo el camino hacia Extremadura, hacia mi pueblo.
Pronto, todo es una vasta llanura salpicada por encinas.
Las carreteras se están empezando a estrechar y se vuelven sinuosas.
A lo lejos, veo unas cigüeñas echar el vuelo.
Este trayecto no es nuevo para mí. Hace años que no lo hago, pero lo conozco bien.
Fue un camino que hice una y otra vez cuando iba a veranear al pueblo.
Son las 11 de la mañana y ya estoy en la puerta de la residencia.
No me he bajado del coche porque mis piernas no parecen responder a las órdenes de mi cerebro.
Hacía demasiado tiempo que no venía a verla, y eso me duele más que nada.
La empresa no me había dejado un solo hueco libre.
Siempre me decía: “ya vendré”, “habrá tiempo” o “mañana sin falta la llamo”; pero la muerte no espera a nadie.
No entiende de agendas ni de excusas. Y, cuando me he querido dar cuenta, ya no está.
Ahora me siento paralizada, atrapada entre la culpa y la fría realidad.
No pude despedirme ni pude decirle adiós; y eso duele más que cualquier otra cosa en el mundo.
Siento que me han atrapado el corazón y me lo están estrujando sin piedad.
Ahora entiendo a las personas que se mueren de pena.
Si me lo propusiera, creo que podría ser una de ellas porque se ha ido mi abuelita, la única persona que me quiso de verdad.
Salgo del coche reprimiendo las lágrimas. El aire aquí tiene otro olor: una mezcla de tierra seca, hierba recién cortada y humo de leña. Entro por la puerta y me acerco a la chica de recepción. Llama a alguien por teléfono; después me pide que espere.
Me siento, intentando ordenar mis pensamientos, cuando de repente aparece una mujer que me resulta familiar.
—¿Mara? ¿Eres tú? —pregunta con voz cálida.
Reconozco esa voz al instante. Es Anna, la madre de Elio.
—Sí —respondo tímidamente.
Me abraza con la naturalidad de quien me vio hace apenas unos días, aunque en realidad han pasado muchos años desde la última vez que nos vimos.
—Ay, mi niña. Cuánto siento que nos volvamos a ver en estas circunstancias.
Cuando nos separamos, ambas tenemos los ojos anegados de lágrimas.
—Ya —consigo responder.
—Ven por aquí —me dice—. Los de la funeraria están esperando por si quieres despedirte…
Cierro la puerta dejando atrás a mi abuelita, que parece que siguiera dormida, pero ya no está.
Lloro desconsolada con un nudo en la garganta que no me deja hablar.
¿De qué sirve decirle algo si ella ya no puede escuchar?
Ella ya no está allí. Se ha ido con la misma sencillez que siempre la caracterizó, sin hacer ruido, sin despedirse.
¿Por qué te has ido? ¿Por qué me has dejado tan solita?
La madre de Elio intenta abrazarme, pero necesito salir. Necesito aire, espacio para que el dolor no me ahogue por completo. Salgo corriendo por el pasillo, como si pudiera huir de lo que ha sucedido en las últimas horas.
El pecho me quema y parece que estuviera a punto de estallar. Me falta el aire y siento que me ahogo entre lágrimas. No puedo asumirlo. No es posible.
La brisa del exterior me envuelve y me calma, como una caricia suave que intenta apaciguar el torbellino que tengo dentro. Es junio, pero no hace calor; el aire es fresco y ligero. Cierro los ojos por un instante mientras dejo que esa brisa me ayude a respirar sin que el pecho duela tanto.
—¿Mara?
No puede ser. Esa voz. La reconozco al instante.
¿Cómo no hacerlo después de todo lo que ha significado para mí?
Me produce una mezcla imposible de dolor y sufrimiento, pero también de un cariño que me hace temblar.
Esa voz tiene el peso de mil recuerdos y a la vez la calidez que necesito ahora mismo, aunque no esté segura de querer recibirla.
Levanto los ojos, temblando, y ahí están sus ojos caramelo: su mirada es un puente entre un pasado que duele y un presente que no sé cómo afrontar.
Esperaba arreglar todo el papeleo e irme sin tener que verle porque no quería añadirle más capas de dolor a lo que ya siento, pero supongo que no va a ser posible.