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Mara
Media hora después, intento recomponerme, pero cada latido pesa más que el anterior. El móvil me tiembla en las manos cuando marco el número de mami. Me pregunto por qué no la han llamado a ella primero.
—¿Sí? —suena cansada, como si se acabara de despertar.
—Mami.
Hay un silencio corto, demasiado breve.
—¿Qué pasa, Mara?
—La abuelita… se ha muerto —la frase me pesa en la garganta y las lágrimas se escapan sin permiso.
—¿Qué? ¿Quién te lo ha dicho?
—Me llamaron a mí, desde la residencia.
—¿A ti? ¿Y no a mí?
—Sí.
—Ay, tranquila, cariño… ya estaba muy mayor —dice con una voz que intenta tranquilizarme. Nunca le ha gustado verme llorar.
—Tenéis que coger el primer avión que podáis.
—Mara, no podemos. Tu madre y yo tenemos una conferencia muy importante mañana.
Sus palabras caen sobre mí como un golpe seco. Quiero que vengan mis madres. Es más, necesito que estén aquí. ¿De verdad estoy sola en esto? ¿Tengo que afrontarlo sin ellas?
—¿Me estás diciendo que tengo que pasar esto sola?
—Cariño… lo siento —dice al final.
Escucho voces al fondo y reconozco que es mamá preguntando qué pasa.
—Nada, que la abuela se ha muerto.
Cuelgo. Me duele su indiferencia ante la muerte de su propia madre. Me quedo con el sonido de mi propia respiración y el latido sordo del corazón. No puedo creerme que me tenga que enfrentar a esto sola, como siempre. Pero me digo que no pasa nada, que puedo con esto porque no me queda otra.