1
Mara
El móvil suena y un sobresalto me recorre de arriba abajo. Me late el corazón con fuerza y, sin pensar, levanto la vista hacia la pantalla. No reconozco el número y, para colmo, son las seis de la mañana.
—¿Diga?
—¿Es Mara Sánchez?
—Sí… ¿quién es?
—Llamamos de la residencia de su abuela. Ha fallecido —hace una pausa, como si las palabras le costaran—. Y usted es el contacto de emergencia.
No sé si sigo ahí porque el mundo parece detenerse. No logro responder porque no puedo.
—¿Me escucha? ¿Sigue ahí?
—S-sí…
Me esfuerzo, pero las palabras no llegan. No consigo articular otra palabra y se crea un silencio. ¿Qué me está queriendo decir?
—¿Cuánto tardaría en llegar al pueblo?
—¿Cómo?
—Necesitamos que un familiar se haga cargo del papeleo, el entierro…
Dejo de escuchar. No quiero. No puedo. Un calor sordo se instala en mi pecho, sube hasta la garganta y me quema. Mi abuela, mi abuelita no puede haberse ido ahora. El latido del corazón me martillea las sienes.
—¿Podría llamarle dentro de unos minutos? —mi voz tiembla, y las lágrimas luchan por no caer—. Necesito un momento.
—Claro. La acompaño en el sentimiento.
La llamada termina, pero el silencio no me libera. Solo escucho el ruido sordo de mi propio corazón y las lágrimas comienzan a deslizarse sin permiso.
No puede ser. No. No. No puede ser.