Chapter 14
ÚLTIMO ACTO
La llama se elevó sobre la nieve.
Durante un instante nadie se movió.
Después, al otro lado de los depósitos, aparecieron otras luces.
Una.
Dos.
Cinco.
Diez.
No eran incendios.
Eran señales.
Los grupos de la resistencia seguían allí.
Esperando aquella noche desde hacía meses.
Keller sintió un escalofrío.
No estaban intentando escapar.
Estaban intentando detener los trenes.
—¡A los depósitos! —gritó.
Los soldados abandonaron el puente y corrieron hacia la estación ferroviaria.
Los motores rugieron.
Las sirenas comenzaron a sonar por todo Berlín.
Marta esperó hasta ver a los últimos hombres alejarse del río.
Entonces bajó la antorcha.
—Ahora.
Los primeros explosivos improvisados estallaron entre las agujas del cambio de vías.
El suelo tembló.
No fueron grandes explosiones.
Solo las suficientes.
El acero se retorció.
Los mecanismos quedaron bloqueados.
Las locomotoras comenzaron a silbar.
Los maquinistas intentaban avanzar.
Pero ningún convoy encontraba una vía libre.
Uno tras otro.
Todos quedaron inmóviles.
Desde el interior de algunos vagones comenzaron a escucharse golpes.
Golpes desesperados.
Los prisioneros no sabían qué ocurría.
Solo comprendían que el tren seguía detenido.
Y aquella diferencia podía significar la vida.
Keller llegó corriendo.
Observó las vías inutilizadas.
Las locomotoras detenidas.
El humo cubriendo toda la estación.
Comprendió que había perdido el control.
—¡Encontradlos!
Pero la resistencia desaparecía entre los almacenes como si la ciudad misma la protegiera.
En la ribera, el silencio duró apenas unos segundos.
Matthias observó cómo los soldados se alejaban.
Después miró la barca.
Seguía siendo pequeña.
Demasiado pequeña para todos.
—Los niños primero.
Nadie protestó.
Las madres comenzaron a subir.
Los ancianos fueron ayudados entre varios hombres.
Lukas tomó uno de los remos.
Anna abrazó a Klara.
El barquero negó con la cabeza.
—No podremos hacer muchos viajes.
Matthias miró la corriente.
—No harán falta.
Todos lo observaron.
—¿Qué quieres decir?
Matthias señaló río abajo.
Entre la niebla aparecieron dos embarcaciones más.
Viejas.
Casi ocultas entre los pilares del puente.
En la primera viajaban dos pescadores.
En la segunda, una anciana y un muchacho.
Cuando llegaron a la orilla, uno de los hombres levantó la mano.
—Marta nos envía.
Anna respiró aliviada.
Todo estaba preparado.
La resistencia había pensado en todo.
Las personas comenzaron a repartirse entre las tres barcas.
En pocos minutos, la orilla quedó vacía.
Solo permanecían Marta y cuatro resistentes al otro lado del río.
La mujer levantó la vista.
Encontró la mirada de Anna.
Sonrió.
Era una sonrisa tranquila.
Como si supiera que su parte de la historia estaba terminando.
Anna levantó lentamente la mano.
No hizo falta decir adiós.
Las embarcaciones comenzaron a deslizarse sobre el agua negra.
Nadie hablaba.
Solo se escuchaba el roce de los remos.
Detrás de ellos, Berlín ardía.
Las sirenas se mezclaban con el silbido del vapor.
Columnas de humo ascendían sobre los depósitos ferroviarios.
Las vías inutilizadas mantenían inmóviles los convoyes.
Durante aquella noche, ninguno partiría hacia el este.
Cuando alcanzaron la otra orilla, un anciano salió de entre los árboles.
Llevaba un abrigo gastado y una linterna cubierta con un paño.
—¿Matthias Adler?
Matthias dio un paso al frente.
—Sí.
El hombre asintió.
—Creíamos que habías muerto.
—Yo también lo creí muchas veces.
El anciano sonrió con tristeza.
—Entonces será mejor que no desperdiciemos este milagro.
Abrió el abrigo.
Dentro llevaba un mapa.
Marcó una ruta con el dedo.
—No podemos permanecer en Alemania.
Las carreteras estarán cerradas antes del amanecer.
Atravesaremos los bosques.
Después cruzaremos Polonia utilizando la red clandestina.
Nuestro destino es la frontera soviética.
Anna observó el mapa.
Parecía interminable.
—¿Cuánto tardaremos?
—Si tenemos suerte...
Un mes.
Si no...
Nadie respondió.
Todos comprendían lo que significaba aquel silencio.
Lukas caminó junto a su padre.
Durante varios minutos no dijo nada.
Finalmente habló.
—¿Ahora qué hacemos?
Matthias miró a Anna.
Después a Klara, que dormía sobre el hombro de su madre.
Respiró profundamente.
—Ahora volvemos a ser una familia.
Lukas sonrió.
Era la primera sonrisa despreocupada que Matthias veía en su hijo desde antes de la guerra.
Detrás de ellos, muy lejos, Keller llegó hasta la ribera.
Las barcas ya no estaban.
Solo encontró las marcas de los remos sobre la nieve húmeda.
Miró el río.
Después los depósitos envueltos en humo.
Había perdido los trenes.
Había perdido a los fugitivos.
Y comprendió que una idea era mucho más difícil de capturar que un hombre.
Mientras amanecía sobre Berlín, cinco figuras avanzaban entre los bosques cubiertos de nieve.
No sabían qué encontrarían en el camino.
Solo sabían que caminaban juntos.
Y, por primera vez desde 1938, el futuro no estaba escrito por quienes los perseguían.
Estaba escrito por ellos mismos.
Comenzaba el largo camino hacia Rusia.
El bosque los recibió con un silencio que ninguno de ellos recordaba.
Después de años escuchando sirenas, motores y disparos, el murmullo del viento entre los pinos resultaba casi irreal.
El anciano que guiaba al grupo caminaba sin vacilar.
No seguía los caminos.
Los evitaba.
Avanzaba entre la nieve, cruzando barrancos y senderos apenas visibles, como si conociera cada árbol desde hacía décadas.
Detrás de él marchaban los refugiados.
Nadie hablaba.
El cansancio había sustituido a las palabras.
Matthias caminaba junto a Anna.
Lukas sostenía la mano de Klara para impedir que resbalara.
Cada pocos minutos volvía la vista atrás.
Berlín había desaparecido tras una cortina de niebla.
Solo quedaba en el horizonte una columna de humo oscuro.
Nadie necesitó preguntar qué significaba.
Los depósitos ferroviarios seguían ardiendo.
Mientras tanto, Keller permanecía de pie en la ribera.
Un oficial se acercó corriendo.
—Señor, los sabotajes se han extendido a toda la estación.
Keller no respondió.
Continuó observando el río.
En la nieve aún podían distinguirse las huellas de las embarcaciones.
Llegaban hasta el agua.
Y desaparecían.
Apretó los puños.
Durante años había perseguido nombres escritos en informes.
Aquella noche había visto sus rostros.
Y habían escapado.
—Cierren todas las carreteras hacia el este.
—Sí, señor.
—Avisen a cada puesto fronterizo.
—Sí, señor.
—No saldrán de Alemania.
Pero mientras pronunciaba aquellas palabras, ni él mismo estaba convencido.
El grupo caminó hasta el amanecer.
Cuando el cielo comenzó a aclararse, el anciano levantó la mano.
Todos se detuvieron.
Entre los árboles aparecía una cabaña de madera semiderruida.
Desde fuera parecía abandonada.
El anciano golpeó la puerta tres veces.
Dos golpes rápidos.
Uno lento.
Pasaron unos segundos.
Después la puerta se abrió apenas unos centímetros.
Una mujer de cabello completamente blanco observó a los recién llegados.
—¿Cuántos sois?
—Treinta y dos.
Ella asintió.
—Entrad deprisa.
Uno tras otro fueron cruzando el umbral.
Dentro hacía calor.
Una vieja estufa de hierro llenaba la estancia de un olor a leña.
Había sopa sobre el fuego.
Pan.
Mantas.
Klara contempló todo aquello con los ojos muy abiertos.
Hacía tanto tiempo que no veía una mesa preparada que parecía haber olvidado que algo así pudiera existir.
La anciana se acercó a ella.
Le ofreció un trozo de pan.
La niña lo aceptó con las dos manos.
No empezó a comer.
Primero lo partió por la mitad.
Le entregó un trozo a Lukas.
Otro a su padre.
Y el último a Anna.
La mujer sonrió.
—Tu madre te ha educado bien.
Anna bajó la mirada.
Por primera vez en mucho tiempo sintió que alguien hablaba de un futuro y no solo de supervivencia.
Matthias permanecía junto a la ventana.
Observaba el bosque.
Algo no encajaba.
—¿Qué ocurre? —preguntó Anna.
—Es demasiado fácil.
Ella comprendió inmediatamente.
También lo había sentido.
Desde que habían abandonado Berlín nadie los había perseguido.
Eso era precisamente lo inquietante.
El anciano extendió un mapa sobre la mesa.
—Escuchad con atención.
Todos guardaron silencio.
—Estamos todavía en Brandeburgo. Dentro de dos días cruzaremos el río Óder. Después entraremos en territorio polaco. Allí la resistencia mantiene varias rutas clandestinas.
Señaló una línea que atravesaba bosques y pequeñas aldeas.
—Si todo sale bien, alcanzaremos la frontera soviética antes de que termine el invierno.
Nadie dijo nada.
El trayecto parecía interminable.
Pero por primera vez tenían un destino.
Aquella noche, mientras los refugiados dormían por turnos, Matthias salió unos pasos al exterior.
La nieve seguía cayendo.
Respiró profundamente.
Anna apareció detrás de él.
Se colocó a su lado sin decir una palabra.
Después buscó su mano.
—¿En qué piensas?
Matthias tardó en responder.
—En todos los que se quedaron atrás.
Anna miró hacia el oeste.
Muy lejos, el resplandor rojizo de Berlín seguía iluminando el cielo.
—Marta sabía lo que hacía.
—Lo sé.
—Nos dio una oportunidad.
Matthias asintió lentamente.
—Y pienso aprovecharla.
Anna apoyó la cabeza sobre su hombro.
Durante unos instantes volvieron a sentirse como antes de la guerra.
No como fugitivos.
No como víctimas.
Solo como un hombre y una mujer que habían conseguido encontrarse de nuevo.
Sin embargo, ninguno de los dos vio la figura que los observaba desde lo alto de la colina.
Un jinete permanecía inmóvil entre los árboles.
Esperó hasta que las luces de la cabaña se apagaron.
Después dio media vuelta.
Su caballo desapareció entre la nieve.
La cacería aún no había terminado.
El amanecer llegó envuelto en una niebla espesa.
El anciano despertó al grupo antes de que saliera el sol.
—Nos marchamos.
Nadie protestó.
Las mantas fueron dobladas con rapidez. La anciana repartió los últimos mendrugos de pan y llenó varias cantimploras con agua caliente.
Antes de que el primer refugiado cruzara la puerta, tomó la mano de Anna.
—Si llegáis al otro lado, no olvidéis a quienes se quedaron aquí.
Anna asintió sin poder responder.
Salieron en silencio.