El último tren del invierno Chapter 13 #3
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Chapter 13 #3

—Saltaré.

Anna comprendió que podía estar mintiendo.

—Mírame.

Matthias lo hizo.

—Saltaré —repitió.

Keller levantó la pistola.

—¡Se acabó!

Matthias golpeó el mecanismo.

El enganche se abrió.

El vagón comenzó a moverse.

Despacio al principio.

Después más rápido.

Los soldados tuvieron que apartarse.

El vehículo cruzó las vías y chocó contra una locomotora.

El impacto sacudió los depósitos.

El humo cubrió la plataforma.

—¡Ahora! —gritó Matthias.

Anna bajó a la zanja.

Lukas tiraba de Klara.

Los detenidos corrían delante.

Matthias saltó detrás de ellos.

Keller disparó.

La bala golpeó la pared.

—¡No los perdáis!

La familia avanzó por el túnel de mantenimiento.

Junta.

Por primera vez desde 1938, los cuatro corrían en la misma dirección.

Pero la alegría duró pocos segundos.

Al final del conducto había una reja.

Cerrada.

Las personas comenzaron a amontonarse.

—¡Atrás! —gritó Lukas.

Matthias examinó la cerradura.

—No tenemos tiempo.

Las botas se acercaban.

Anna miró alrededor.

A un lado había una tubería gruesa.

Al otro, un conducto que descendía hacia la oscuridad.

—Por ahí.

—No sabemos dónde termina —dijo Matthias.

—Eso nunca nos ha detenido.

Ayudaron a las personas a bajar.

Primero los niños.

Después los ancianos.

Klara se introdujo en el conducto.

Lukas fue detrás.

Anna comenzó a descender.

Matthias permaneció junto a la entrada.

—Ven.

—Voy.

Los primeros agentes aparecieron al fondo del túnel.

Matthias disparó hacia una lámpara.

El cristal estalló.

La oscuridad cubrió el conducto.

Después bajó.

Cerraron la tapa sobre ellos.

Avanzaron a ciegas.

El pasadizo se hacía cada vez más estrecho.

Anna escuchaba la respiración de Klara.

Los pasos de Lukas.

El cuerpo de Matthias detrás.

Todos estaban allí.

Podía contarlos.

Uno.

Dos.

Tres.

Cuatro.

—No os separéis —susurró.

—No lo haremos —respondió Matthias.

El conducto descendió.

El agua comenzó a cubrirles los zapatos.

Después los tobillos.

Al fondo apareció una luz.

Corrieron hacia ella.

Salieron junto al río.

La noche había caído sobre Berlín.

En la otra orilla se veían patrullas.

Los reflectores recorrían las calles.

Detrás de ellos, las sirenas de los depósitos continuaban sonando.

Klara abrazó a su padre.

Lukas miró a Anna.

—Has vuelto.

Ella le tocó el rostro.

—Te lo prometí.

—También prometiste traerlo.

Anna miró a Matthias.

—Lo he traído.

Lukas bajó la cabeza.

Después se acercó a su padre.

Matthias no abrió los brazos.

No quería obligarlo.

El niño permaneció frente a él.

—Estás muy viejo.

—Tú muy alto.

—No sabes cuánto.

—Quiero aprenderlo.

Lukas lo miró.

Finalmente apoyó la frente contra el pecho de su padre.

Matthias cerró los ojos.

No lo abrazó de inmediato.

Esperó.

Cuando Lukas rodeó su cintura con los brazos, Matthias lo sostuvo.

Anna observó a los tres.

Durante cuatro años había imaginado aquel instante.

Sin embargo, no había paz.

Detrás de ellos, los nazis registraban los depósitos.

Delante, Berlín estaba cerrada.

No tenían documentos seguros.

No tenían refugio.

No sabían quién seguía vivo dentro de la resistencia.

Y Keller conocía sus rostros.

Una mujer que había escapado del vagón se acercó.

—Hay una barca bajo el puente.

—¿Adónde lleva? —preguntó Anna.

—Fuera de la ciudad, si la corriente nos ayuda.

Matthias miró el río.

—¿Cuántas personas caben?

—Diez.

Eran más de treinta.

Anna comprendió que otra decisión los esperaba.

Una barca.

Demasiadas vidas.

Poco tiempo.

Lukas miró a sus padres.

—No vamos a abandonar a nadie.

Matthias observó a su hijo.

Escuchó sus propias palabras en aquella voz.

Pero también vio el peligro.

—No podremos llevarlos a todos.

—Entonces haremos más viajes.

—Nos descubrirán.

—Papá.

Era la primera vez que Lukas lo llamaba así.

Matthias no pudo responder.

En el puente aparecieron luces.

Vehículos.

Soldados.

Keller había encontrado la salida del túnel.

—Decidid —dijo la mujer—. Ahora.

Anna tomó la mano de Klara.

Matthias miró a Lukas.

Después a las personas que habían escapado del vagón.

Ancianos.

Madres.

Niños.

Todos esperaban.

Durante años, Matthias había creído que una negativa era una decisión individual.

Ahora comprendía que cada negativa arrastraba otras vidas.

También cada obediencia.

—Los niños y los heridos primero —dijo.

Lukas asintió.

—Después volvemos.

—Después volvemos.

Comenzaron a correr hacia el puente.

La barca esperaba oculta en la oscuridad.

Los motores se acercaban.

La nieve gris seguía cayendo sobre Berlín.

Y mientras Anna ayudaba a subir a Klara, vio algo al otro lado del río.

Una figura inmóvil.

Una mujer con abrigo marrón.

Marta.

Levantó una mano.

Después señaló hacia los edificios abandonados.

No estaba sola.

A su espalda había varios miembros de la resistencia.

Algunos llevaban armas.

Otros cargaban bidones.

Matthias los observó.

—¿Qué planean hacer?

Anna miró los depósitos ferroviarios.

Los trenes.

Las vías.

Los convoyes preparados para marchar hacia el este.

Marta levantó una antorcha.

—Creo que esta noche —dijo Anna— los trenes no van a salir.

Y detrás de ellos, oculto entre los soldados, Keller también vio la llama.