El último tren del invierno Chapter 13 #2
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Chapter 13 #2

Nadie los detuvo.

Había demasiadas personas.

Demasiadas órdenes.

Demasiado miedo.

Un altavoz anunció la salida de un convoy hacia el este.

Los guardias comenzaron a empujar a un grupo hacia los vagones.

Una anciana cayó.

Un niño intentó ayudarla.

Un soldado lo apartó.

Matthias se detuvo.

Anna le agarró el brazo.

—No podemos.

Él la miró.

Eran las mismas palabras que ella había odiado durante años.

—Nuestros hijos —dijo Anna.

Matthias continuó caminando.

Cada paso parecía una traición.

Llegaron al edificio de clasificación.

Dentro había mesas cubiertas de documentos.

Los detenidos entregaban sus nombres, objetos y pertenencias.

Después recibían un número.

Anna observó las listas.

—Tenemos que entrar.

—Hay dos guardias.

—Tú eres mecánico.

—¿Y qué se ha roto?

—Invéntalo.

Matthias se acercó.

—Problema en la calefacción.

El primer guardia ni siquiera lo miró.

—Avise al encargado.

—El encargado me ha enviado.

—Entonces entre.

Anna lo siguió con el carro.

Dentro olía a ropa mojada.

Había cajas llenas de relojes, anillos, fotografías y juguetes.

Objetos separados de las personas que los habían llevado.

Anna vio un zapato pequeño.

Pensó en Klara.

Apartó la mirada.

Matthias se acercó a una mesa.

—Busca sus apellidos.

Anna revisó las hojas.

Gruber.

Gruber.

Gruber.

Había demasiados.

—Aquí.

LUKAS GRUBER.

Junto al nombre aparecía una marca roja.

TRASLADO ESPECIAL.

Debajo estaba Klara.

—Estuvieron aquí —susurró Anna.

—¿Cuándo?

—Esta mañana.

—¿Destino?

La columna estaba vacía.

Matthias buscó otra hoja.

—Hay un número de grupo.

Diecisiete.

Anna miró los carteles de las paredes.

Cada grupo correspondía a una plataforma.

—Andén seis.

Una puerta se abrió.

Entró un oficial.

Era Keller.

Anna bajó la cabeza.

Matthias se volvió hacia una tubería.

Fingió examinarla.

Keller caminó entre las mesas.

—¿Ha llegado la familia Gruber?

Un funcionario consultó sus papeles.

—Los niños fueron registrados esta mañana.

—¿Dónde están?

—Grupo diecisiete.

—He preguntado dónde.

—El muchacho provocó un incidente.

Keller se detuvo.

—¿Qué clase de incidente?

—Atacó a un guardia y huyó.

Anna tuvo que apretar el carro para no moverse.

—¿Y la niña?

—El muchacho se la llevó.

—¿Cómo?

—Hubo una descarga de carbón. Utilizaron los vagones para cruzar las vías.

Matthias miró a Anna.

Lukas seguía libre.

—Cierren todas las salidas —ordenó Keller—. No abandonarán los depósitos.

—Hay cientos de trabajadores.

—Entonces registren a cientos de trabajadores.

El funcionario asintió.

Keller observó la sala.

Su mirada pasó sobre Anna.

Continuó.

Después regresó.

—Usted.

Anna no levantó la cabeza.

—He dicho que me mire.

Lo hizo.

El oficial la contempló durante unos segundos.

—¿Cómo se llama?

—Helene Krüger.

—No parece trabajadora ferroviaria.

—Soy limpieza.

Keller observó sus manos.

Estaban heridas.

Sucias.

Sin embargo, bajo las uñas quedaban restos de tinta de los documentos que había tocado.

—Documentación.

Anna buscó en el bolsillo.

Matthias dio un paso.

Una tubería silbó detrás de él.

Había aflojado una válvula.

El vapor comenzó a salir.

Los funcionarios gritaron.

Papeles y carpetas cayeron de las mesas.

—¡Cierren eso! —ordenó el guardia.

Matthias giró la llave.

El vapor llenó la sala.

Anna aprovechó para correr.

Keller la agarró del abrigo.

La tela se rasgó.

Anna escapó.

Matthias golpeó la válvula.

La tubería reventó.

Una nube blanca cubrió el edificio.

—¡Andén seis! —gritó Anna.

Salieron por una puerta lateral.

Detrás de ellos sonaron silbatos.

Los soldados cerraron las entradas.

Anna y Matthias corrieron entre vagones.

—¡Lukas! —gritó ella.

—¡No!

—Sabe que estamos aquí.

—También Keller.

Una figura salió de debajo de un tren.

Era un niño.

Anna se detuvo.

No era Lukas.

El muchacho llevaba una gorra y un abrigo de adulto.

—¿Buscan al chico de la botella?

—¿Qué?

—El que rompió la cabeza de un guardia.

—Sí.

—Se llevó a una niña pequeña.

—¿Dónde?

El niño señaló hacia los depósitos de carbón.

—Querían llegar al río.

—¿Cuándo?

—Hace poco.

—¿Los seguían?

El muchacho miró hacia los soldados.

—Ahora siguen a todos.

Anna sacó un trozo de pan del bolsillo.

El niño lo tomó.

—No crucen por el andén seis —advirtió—. Hay hombres escondidos en los vagones.

—¿Soldados?

—No llevan uniforme.

Gestapo.

La trampa.

—¿Existe otro camino? —preguntó Matthias.

—Por debajo.

El muchacho señaló una zanja de mantenimiento.

—Pero pasa junto al tren de deportados.

—¿Está vigilada?

—Todo está vigilado.

El niño desapareció entre los vagones.

Anna y Matthias bajaron a la zanja.

El espacio era estrecho.

Tuvieron que avanzar agachados.

Por encima de ellos pasaban botas.

Escuchaban órdenes, llantos y puertas cerrándose.

Llegaron junto a un vagón detenido.

Desde el interior alguien golpeaba el suelo.

Anna recordó el tren que habían abierto.

—No podemos detenernos —dijo Matthias.

—Lo sé.

Continuaron.

Otro golpe.

Después una voz infantil.

—Mamá.

Anna se quedó inmóvil.

—¿Has oído?

—Hay muchos niños.

La voz volvió.

—Mamá.

Era una niña.

Anna se acercó al vagón.

—¿Klara?

Silencio.

Después:

—¿Mamá?

Anna perdió toda prudencia.

Golpeó el suelo del vagón.

—¡Klara!

—¡Mamá!

Matthias levantó la cabeza.

Sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Está ahí.

Anna salió de la zanja.

—¡Klara!

La puerta del vagón estaba sellada.

Matthias comenzó a golpear el cierre con la llave inglesa.

—¡Apartaos!

Un guardia apareció al final de la vía.

—¡Alto!

Matthias continuó golpeando.

Anna tomó una piedra.

El guardia levantó el fusil.

Sonó un silbato.

Desde lo alto de una plataforma cayó un saco de carbón.

Golpeó al soldado y lo derribó.

Anna miró hacia arriba.

Lukas estaba allí.

—¡Papá!

Matthias dejó caer la herramienta.

Durante un instante no pudo moverse.

Lukas también permaneció quieto.

Padre e hijo se miraron.

Cuatro años entre ambos.

Matthias abrió los brazos.

Lukas no corrió hacia él.

Señaló el vagón.

—¡Klara está dentro!

El cierre cedió.

Anna abrió la puerta.

Había más de cincuenta personas apretadas en el interior.

Mujeres.

Ancianos.

Niños.

—¡Klara!

La niña apareció entre los cuerpos.

Llevaba la muñeca en una mano.

En la otra sostenía la mano de una mujer desconocida.

—Mamá.

Anna subió.

La abrazó.

Klara comenzó a llorar.

—Has vuelto.

—Sí.

—Has tardado.

—Lo sé.

Matthias se acercó.

—Klara.

La niña levantó el rostro.

No lo reconoció inmediatamente.

El cabello largo.

La barba.

Las heridas.

—Soy yo —dijo él.

Klara miró a Anna.

—Es papá.

La niña soltó la muñeca.

Después se lanzó contra Matthias.

Él la sostuvo como pudo.

Cerró los ojos.

Durante unos segundos, la guerra desapareció.

—Pensaba que estabas muerto —dijo Klara.

—Yo también.

Lukas descendió de la plataforma.

Matthias lo miró.

—Hijo.

Lukas se detuvo a varios pasos.

—Tenemos que sacar a todos.

—Sí.

—No podemos quedarnos abrazados.

Matthias bajó a Klara.

—Tienes razón.

Lukas recogió la barra.

Comenzó a forzar otro cierre.

Su padre se acercó para ayudarlo.

Trabajaron juntos sin hablar.

El metal crujió.

Anna ayudó a bajar a las personas.

—Dirigíos hacia la zanja.

—¿Adónde conduce? —preguntó una mujer.

—Fuera de los andenes.

—¿Y después?

Anna miró a su familia.

—Después continuaremos.

Un disparo golpeó el vagón.

—¡Al suelo!

Los guardias llegaban desde ambos lados.

Keller caminaba detrás.

—¡Gruber!

Matthias se colocó frente a los niños.

—Saca a todos por la zanja —dijo a Lukas.

—Voy a quedarme.

—No.

—No vuelvas a decirme que huya.

—No te digo que huyas. Te digo que protejas a tu hermana.

—Siempre lo mismo.

Matthias lo agarró por los hombros.

—Porque yo no estuve para hacerlo.

Lukas apretó los dientes.

—Eso no va a arreglarlo.

—Lo sé.

—No sabes nada de nosotros.

—Entonces vive para contármelo.

Lukas miró a su padre.

Algo se quebró en su rostro.

No era perdón.

Todavía no.

Pero dejó caer la barra.

Cogió la mano de Klara.

—Ven.

—¿Y papá?

—Vendrá.

Anna se acercó a Matthias.

—Nosotros también.

Los primeros soldados alcanzaron la vía.

Matthias abrió el enganche entre dos vagones.

—Necesito tiempo.

—No voy a dejarte.

—No quiero que lo hagas.

—Entonces ven.

—Si separo este vagón, rodará hacia la pendiente y bloqueará la vía.

—¿Y tú?