Chapter 13
ACTO XI
Los trenes de la noche
La nieve que caía sobre Berlín no era blanca.
Atravesaba el humo de las fábricas, recogía el polvo de los edificios y llegaba al suelo convertida en una sustancia gris que se deshacía bajo las botas.
Matthias la observaba desde el interior de un molino abandonado.
Llevaban diecinueve días escondidos allí.
Diecinueve días desde que Anna y él habían escapado de la estación.
Diecinueve días sin noticias de Lukas y Klara.
Al principio había contado las horas.
Después comenzó a contar los trenes.
Desde la ventana rota del piso superior podía ver una línea ferroviaria. Durante el día pasaban convoyes cargados de soldados, municiones y combustible. Por la noche regresaban trenes con heridos.
Algunos hombres bajaban caminando.
Otros lo hacían sobre camillas.
Muchos vagones llegaban cerrados.
Aquella era la Alemania de la que hablaban los carteles.
Una nación victoriosa que ocultaba a sus heridos cuando regresaban.
Matthias apoyó una mano sobre el costado.
La herida de bala ya no sangraba, pero todavía dolía.
Detrás de él, Anna tosió.
Estaba acostada sobre un montón de sacos vacíos. La fiebre había regresado durante la noche.
Matthias se acercó.
—Bebe.
Le ofreció una taza de agua.
Anna apartó el rostro.
—No tengo sed.
—Eso dijiste ayer.
—Y sigo viva.
—No gracias a ti.
Anna abrió los ojos.
—¿Ahora vas a regañarme?
—Alguien tiene que hacerlo.
—Has tardado cuatro años.
Matthias intentó sonreír.
No pudo.
La tocó en la frente.
Estaba ardiendo.
—Necesitas un médico.
—Necesito encontrar a nuestros hijos.
—No llegarás a Berlín así.
—Entonces tendrás que cargarme.
—Lo haré.
Anna se incorporó con esfuerzo.
—No era una petición.
—Tampoco mi respuesta.
Durante unos segundos se miraron.
Habían pasado años imaginando aquel reencuentro.
Ninguno había imaginado que sería así.
Escondidos.
Heridos.
Discutiendo sobre quién tenía derecho a morir primero.
Matthias se sentó junto a ella.
—¿Crees que Lukas pudo sacar a Klara?
—Sí.
—¿Lo crees o necesitas creerlo?
Anna guardó silencio.
—Las dos cosas.
Matthias bajó la cabeza.
Recordaba al niño que había visto en el patio de la prisión.
La barra de hierro.
Las manos temblando.
La forma en que había mantenido la mirada frente a un hombre armado.
No reconocía a aquel muchacho.
Y, al mismo tiempo, sabía que él lo había creado.
Cada día de ausencia.
Cada carta que no llegó.
Cada negativa.
Todo había caído sobre los hombros de Lukas.
—No debería haber tenido que protegerla —dijo Matthias.
—No.
—Era mi trabajo.
—También el mío.
—Tú estabas allí.
—No siempre.
Anna miró hacia la ventana.
—Creía que buscarte era protegerlos.
—Lo era.
—Lukas no piensa lo mismo.
—Lukas tiene derecho a odiarnos.
—No quiero que nos odie.
—Yo tampoco.
—Entonces encontrémoslo antes de que aprenda a vivir sin nosotros.
Un ruido llegó desde la planta baja.
Los dos quedaron inmóviles.
Tres golpes.
Una pausa.
Dos golpes.
La señal.
Matthias tomó la pistola que habían robado al guardia.
Nunca había disparado con ella.
La sostenía como si fuera una herramienta desconocida.
—Quédate aquí.
—No.
—Anna.
Ella ya estaba levantándose.
Bajaron juntos.
En la puerta esperaba una mujer alta, envuelta en un abrigo marrón. Tendría unos cincuenta años. Llevaba una cesta de pan y el cabello oculto bajo un pañuelo.
Matthias abrió solo lo suficiente para verla.
—¿Marta?
—Depende de quién pregunte.
—Adler nos habló de usted.
El nombre cambió el rostro de la mujer.
—Friedrich está muerto.
Anna bajó la mirada.
—Lo sabemos.
Marta observó a Matthias.
—Entonces usted es el campesino.
—Tengo nombre.
—Los nombres son caros ahora.
Entró y cerró la puerta.
Colocó la cesta sobre una mesa.
Debajo del pan había vendas, medicamentos y dos identificaciones.
—¿Ha encontrado a nuestros hijos? —preguntó Anna.
Marta no respondió inmediatamente.
Sacó una pequeña libreta.
—La vivienda de Adler fue registrada.
—Eso ya lo sabemos.
—Encontraron la habitación.
Matthias apretó la pistola.
—¿Estaban dentro?
—No.
Anna tuvo que agarrarse a la mesa.
—Entonces escaparon.
—Una mujer los sacó.
—¿Quién?
—Erika Vogel.
Anna recordó la vivienda cercana al control.
La mujer que había negado haberlos visto.
La fotografía del marido con uniforme de aviador.
—¿Dónde los llevó?
—A una casa de seguridad junto al canal.
—¿Siguen allí?
Marta negó con la cabeza.
—La casa fue descubierta.
—¿Los detuvieron?
—No lo sé.
Anna golpeó la mesa.
—Todo el mundo dice lo mismo.
—Porque nadie conoce la verdad completa.
—Son dos niños.
—En Berlín hay miles de niños que ya no saben dónde están sus padres.
—Ellos son los míos.
—Para usted.
La frase salió con frialdad.
Después Marta cerró los ojos.
—Perdóneme.
Anna respiró hondo.
—¿Qué sabe?
La mujer abrió la libreta.
—Lukas y Klara salieron de la casa antes del registro. Erika los condujo hasta una iglesia. Desde allí debían viajar con un grupo de niños hacia el oeste.
—¿Debían?
—El contacto no llegó.
—¿Por qué?
—Lo detuvieron.
—¿Dónde están ahora?
Marta arrancó una página.
Había un nombre y una dirección.
—Iglesia de Santa Inés. Cerca de los depósitos ferroviarios.
Matthias tomó el papel.
—Vamos.
—No pueden ir.
—¿Por qué?
—Porque la Gestapo conoce el lugar.
Anna sintió que la fiebre desaparecía bajo una corriente de miedo.
—¿Cómo lo sabe?
—Anoche detuvieron al sacerdote.
—¿Y los niños?
—Algunos consiguieron escapar por los túneles. Otros fueron llevados a una estación de clasificación.
—¿Qué significa eso?
Marta la miró.
—Que los separan según su origen.
—Mis hijos no son judíos.
—Ahora tampoco importa demasiado.
—Claro que les importa.
—Son hijos de un desertor buscado por las SS. Sus nombres aparecen en una orden especial.
Matthias recordó el documento de la consigna.
FAMILIA COMO ELEMENTO DE PRESIÓN.
—¿A qué estación los llevan?
—Hay tres posibilidades.
—Dígalas.
—Grunewald. Moabit. O los depósitos del norte.
—Santa Inés está cerca de los depósitos del norte —dijo Anna.
Marta asintió.
—Es la posibilidad más probable.
Matthias guardó el papel.
—Entonces iremos allí.
—Los están esperando.
—También eso es probable.
—No me ha entendido. Keller ha difundido la noticia de que los niños están en los depósitos.
Anna miró a Marta.
—Es una trampa.
—Sí.
—¿Y si realmente están allí?
—Entonces sigue siendo una trampa.
Matthias se acercó a la ventana.
A lo lejos pasó otro tren.
El sonido de las ruedas parecía repetir una sola palabra.
Tarde.
Tarde.
Tarde.
—¿Puede conseguirnos un vehículo? —preguntó.
—No.
—¿Uniformes?
—Tal vez.
—¿Hombres?
Marta lo miró con cansancio.
—La mitad de nuestra red ha desaparecido. Los demás se esconden.
—Solo necesitamos entrar en los depósitos.
—No existe “solo” en esta guerra.
Anna cogió una de las identificaciones.
—¿Quién soy ahora?
—Helene Krüger. Trabajadora de limpieza.
—¿Y Matthias?
—Wilhelm Bauer. Mecánico ferroviario.
—Eso puede acercarnos a los trenes.
—También puede llevarlos directamente a un interrogatorio.
Matthias tomó su documento.
La fotografía no se parecía demasiado a él.
—¿Por qué nos ayuda?
Marta recogió el pan de la cesta.
—No lo hago por ustedes.
—¿Por quién?
—Por Friedrich.
—Está muerto.
—Por eso.
La mujer se dirigió hacia la puerta.
—Hay un tren de suministros a las seis. Se detendrá junto al molino durante menos de un minuto. Saltarán al último vagón.
—¿Adónde va?
—A los depósitos del norte.
—¿Vendrá con nosotros?
—No.
—¿Por qué?
Marta abrió la puerta.
—Porque alguien tiene que comprobar si los otros dos lugares también son trampas.
Anna la sujetó por el brazo.
—Encuéntrelos.
Marta observó su mano.
Después su rostro.
—Eso intento hacer desde antes de conocer su nombre.
Se marchó.
A las seis menos cinco, Matthias y Anna esperaban junto a las vías.
La nieve gris seguía cayendo.
Anna apenas podía mantenerse de pie.
Matthias había envuelto su costado con una venda nueva. Sobre la ropa de prisionero llevaba un mono de trabajador y una gorra demasiado pequeña.
—Todavía podemos esperar —dijo él.
—No.
—Marta puede enviar noticias.
—No.
—Si te desmayas dentro del tren…
—Me despertarás.
—Si no puedo…
Anna se volvió.
—No vuelvas a hablar como si fueras a morir en cada frase.
—No sé hablar de otra forma.
—Aprende.
El tren apareció entre el humo.
Avanzaba lentamente.
Matthias calculó la velocidad.
—Primero tú.
—Primero tú. Estás herido.
—Tú tienes fiebre.
—Discutiremos cuando estemos dentro.
El último vagón pasó frente a ellos.
Matthias corrió.
Agarró la barra metálica.
Sus pies resbalaron sobre la nieve.
Durante un instante quedó colgando.
Anna lo empujó desde atrás.
Matthias consiguió subir.
Después extendió la mano.
—¡Ahora!
Anna corrió junto al tren.
Intentó agarrarse.
Falló.
El vagón comenzó a acelerar.
—¡Anna!
Volvió a intentarlo.
Sus dedos alcanzaron la mano de Matthias.
Él tiró.
Anna golpeó el lateral del vagón.
El dolor le hizo perder fuerza.
—¡Suéltame!
—No.
—¡Vas a caer!
—Entonces caeremos los dos.
Matthias tiró con todo el cuerpo.
Anna consiguió apoyar una rodilla.
Subió.
Los dos quedaron tendidos sobre el suelo del vagón.
Durante unos segundos solo respiraron.
—Eres un idiota —dijo Anna.
—Tú pesas más de lo que recordaba.
Ella le dio un golpe débil en el hombro.
Matthias sonrió.
Esta vez sí pudo.
El vagón transportaba sacos de harina.
Se escondieron detrás de ellos.
El trayecto duró menos de una hora.
Cuando llegaron a los depósitos, el cielo comenzaba a oscurecer.
Decenas de vías se extendían entre almacenes, torres de agua y plataformas.
Había soldados por todas partes.
Las SS supervisaban filas de detenidos.
Familias enteras esperaban junto a vagones cerrados.
Algunas personas llevaban estrellas cosidas en los abrigos.
Otras vestían uniformes de prisionero.
También había niños sin ninguna marca.
Niños que parecían haberse perdido en una estación.
Anna buscó entre los rostros.
—Lukas.
Matthias la agarró.
—No grites.
—Pueden estar aquí.
—Y Keller también.
Bajaron del vagón cuando dos trabajadores abrieron las puertas.
Caminaron con la cabeza inclinada.
Matthias llevaba una llave inglesa en la mano.
Anna empujaba un pequeño carro de limpieza que habían encontrado junto al andén.