El último tren del invierno Chapter 12 #4
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Chapter 12 #4

—Mi declaración —dijo Matthias—. La cámara. La firma. Todo.

—No.

Keller observó a Anna.

—¿A cambio de qué?

—Deje que ella salga de la estación.

—¿Y los documentos?

—Se los entrega.

Anna negó con la cabeza.

—No voy a hacerlo.

Matthias no la miró.

—Los entregará.

—Contienen nombres.

—También contienen los de nuestros hijos.

—Pueden demostrar lo que están haciendo.

—Nuestros hijos están solos.

Keller extendió la mano.

—La cartera.

Anna retrocedió.

Matthias se volvió.

—Dámela.

—No puedo.

—Lukas y Klara.

—Friedrich murió para proteger esto.

—Yo no voy a dejar que nuestros hijos mueran para proteger papeles.

—No son papeles.

—Lo sé.

Los agentes se acercaron.

Matthias extendió la mano hacia Anna.

—Confía en mí.

—No me has dicho el plan.

—Porque no tengo ninguno.

Anna lo miró.

A pesar del uniforme robado, volvía a parecer el campesino de la montaña.

El hombre que se había negado sin saber qué ocurriría después.

Colocó la cartera en sus manos.

Matthias se volvió hacia Keller.

—Aquí está.

El oficial avanzó.

Matthias levantó la cartera.

En ese momento, un tren entró en la estación.

El humo cubrió el andén.

Matthias lanzó la cartera hacia las vías.

Keller gritó.

Los agentes corrieron tras ella.

—¡Ahora!

Anna y Matthias saltaron al último vagón del tren que comenzaba a moverse.

Anna consiguió agarrarse a la barandilla.

Matthias la empujó hacia dentro.

Un agente disparó.

La bala atravesó la puerta.

Matthias cayó.

—¡No!

Anna lo sujetó antes de que rodara fuera.

Tiró de él.

La estación comenzó a alejarse.

Keller permanecía en el andén.

Sostenía la cartera que uno de los agentes había recuperado.

La levantó para que Anna pudiera verla.

Después sonrió.

Habían escapado.

Pero los nazis conservaban los documentos.

Y los nombres de sus hijos.

Anna miró a Matthias.

La bala le había rozado el costado.

Había sangre, pero seguía consciente.

—No es profunda —dijo.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque duele demasiado.

Anna rompió una parte del forro de su abrigo y presionó la herida.

—¿Adónde va este tren?

Matthias miró por la ventana.

La ciudad se alejaba en dirección contraria a Charlottenstrasse.

—Fuera de Berlín.

—Tenemos que bajar.

—Todavía no.

—Los niños están allí.

—Si saltamos ahora, no llegaremos vivos.

Anna observó las casas que pasaban.

Cada segundo los alejaba de Lukas y Klara.

—Les prometí que volvería.

Matthias puso una mano sobre la suya.

—Volveremos.

—No lo sabes.

—No.

—Entonces no lo digas.

—Necesito decirlo.

Anna apretó el vendaje.

El tren aceleró.

En el compartimento contiguo se escuchaban voces de soldados.

Matthias todavía llevaba parte del uniforme robado.

Anna tenía el rostro magullado.

No podían permanecer allí mucho tiempo.

—¿Qué hacemos? —preguntó ella.

Matthias miró hacia la puerta.

—Lo que hemos hecho desde el principio.

—¿Huir?

—Continuar aunque no sepamos adónde vamos.

Anna apoyó la cabeza contra la pared.

Por primera vez en cuatro años estaba junto a su marido.

Podía tocarlo.

Podía escuchar su respiración.

Sin embargo, Lukas y Klara habían quedado atrás.

El reencuentro no se parecía a la felicidad.

Se parecía a una nueva pérdida.

En la vivienda de Adler, Lukas escuchó pasos en la escalera.

Uno.

Dos.

Tres hombres.

Klara dormía en la cama con la muñeca entre los brazos.

Lukas se acercó a la puerta secreta.

Alguien entró en la vivienda.

Abrieron cajones.

Derribaron libros.

Golpearon las paredes.

—Tercer piso, puerta diecisiete —dijo una voz.

Lukas reconoció el sonido de los uniformes.

Despertó a Klara.

—No hagas ruido.

—¿Ha vuelto mamá?

—No.

La niña miró hacia la pared.

Un golpe hizo temblar la estantería.

—¿Qué ocurre?

Lukas le tapó la boca.

Los hombres continuaron registrando.

—Aquí hay algo —dijo uno.

Los libros comenzaron a caer.

La puerta secreta se movió.

Lukas cogió la muñeca con una mano.

Con la otra buscó a oscuras cualquier objeto que pudiera utilizar como arma.

Encontró una botella.

La sostuvo.

Klara temblaba.

La estantería se abrió unos centímetros.

Una línea de luz atravesó la habitación.

Lukas levantó la botella.

La puerta se abrió.

Una figura entró.

—No grites —susurró una voz de mujer.

Era la desconocida que había salvado a Anna en el portal.

La esposa del aviador.

Llevaba un abrigo y una pistola pequeña.

—Vuestro padre tenía razón —dijo—. Este escondite ya no es seguro.

Detrás de ella se escucharon los pasos de los agentes.

La mujer cerró la puerta.

—¿Dónde está nuestra madre? —preguntó Lukas.

—No lo sé.

—Dijo que volvería.

—Entonces tendremos que asegurarnos de que tenga un lugar al que volver.

Levantó una tabla del suelo.

Debajo aparecía un conducto estrecho.

—Entrad.

Klara abrazó la muñeca.

—¿Adónde lleva?

La mujer miró hacia la estantería, que comenzaba a temblar bajo los golpes.

—A otra casa.

—¿Es segura?

—No.

Lukas ayudó a su hermana a bajar.

La mujer cerró la tabla sobre ellos.

Los agentes derribaron la puerta secreta.

Cuando entraron, la habitación estaba vacía.

Solo encontraron una cama todavía caliente.

Y sobre la mesa, escrito con lápiz por Lukas, un mensaje de cuatro palabras:

MAMÁ, SEGUIMOS AQUÍ. VOLVEREMOS.