El último tren del invierno Chapter 12 #3
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Chapter 12 #3

Matthias lo golpeó con la cadena.

El hombre cayó hacia delante.

Anna cogió su pistola.

Nunca había sostenido una.

Pesaba más de lo que esperaba.

El segundo guardia apuntó desde la carretera.

—¡Suelte el arma!

Anna levantó la pistola.

Las manos le temblaban.

—No quiero disparar.

—Entonces suéltela.

Matthias salió de la ambulancia.

—Anna.

—Quédate atrás.

—No sabes usarla.

—Él tampoco sabe si sé hacerlo.

El guardia avanzó.

Anna apuntó hacia el suelo.

—No se acerque.

—Entrégueme el arma.

Dio otro paso.

Matthias se lanzó sobre él.

Sonó un disparo.

Anna gritó.

El guardia cayó.

Matthias también.

—¡Matthias!

Corrió hacia él.

Lo giró.

No encontró sangre.

La bala había pasado junto a su cabeza.

El guardia intentó levantarse.

Matthias lo golpeó con las esposas.

El hombre quedó inmóvil.

—¿Está muerto? —preguntó Anna.

Matthias comprobó su respiración.

—No.

El conductor salió de la cabina.

Llevaba una llave inglesa.

Anna le apuntó.

—Al suelo.

El hombre la miró.

—No disparará.

—Yo también pensaba eso.

El conductor vio al guardia tendido.

Levantó las manos.

Se arrodilló.

Matthias buscó las llaves de las esposas.

Las encontró en el cinturón del primer soldado.

Anna abrió los grilletes.

Las muñecas de Matthias estaban cubiertas de heridas.

—Podemos usar el vehículo de escolta —dijo él.

—Nos reconocerán en todos los controles.

—La ambulancia también.

Anna observó el lugar.

Habían quedado detenidos junto a un canal.

A un lado se extendían almacenes.

Al otro, vías ferroviarias.

A lo lejos sonaban las sirenas.

—Friedrichstrasse está cerca —dijo.

—Los niños.

—Necesitamos los documentos.

—Anna.

—Puede que contengan rutas seguras. Nombres de personas que puedan ayudarnos. Información para sacar a los niños de Berlín.

Matthias miró hacia el sur.

—¿Cuánto tiempo llevan solos?

—Menos de dos horas.

—Dijiste que esperarían hasta mañana.

—Sí.

—Entonces la estación.

Anna no esperaba que aceptara.

—¿Estás seguro?

—No.

—Eso empieza a ser una costumbre.

Registraron a los guardias.

Encontraron documentos, dinero y dos abrigos.

Matthias se puso el uniforme del conductor sobre la ropa de prisionero. Le quedaba grande.

Anna limpió la sangre de su rostro con una venda.

—Sigues pareciendo un preso.

—Tú sigues pareciendo alguien que ha robado una ambulancia.

—Eso es porque la he robado.

Matthias miró al conductor arrodillado.

—Tenemos que atarlos.

Usaron vendas.

Anna dudó ante el guardia herido.

—Necesita un médico.

—Nos entregará.

—No podemos dejarlo morir.

Matthias presionó una compresa sobre la herida.

—La bala ha atravesado el hombro.

Ató el vendaje.

El soldado abrió los ojos.

—¿Por qué me ayuda?

Matthias lo miró.

—Porque no quiero convertirme en usted.

El hombre escupió a sus pies.

—Lo encontrarán.

—Puede ser.

Matthias se levantó.

—Pero recordará que un traidor le salvó la vida.

Dejaron a los tres hombres dentro de la ambulancia.

Cruzaron las vías.

La alarma aérea comenzó a debilitarse.

Pronto terminaría.

Las calles volverían a llenarse de patrullas.

—Cuando dejen de sonar las sirenas, tendremos menos tiempo —dijo Anna.

—¿Dónde está la consigna?

—Estación Friedrichstrasse.

—¿Y después?

—Los niños.

Caminaron entre vagones de mercancías.

Algunos estaban vacíos.

Otros llevaban cajas de munición.

En una vía lateral había una fila de vagones cerrados.

No tenían ventanas.

Solo pequeñas aberturas cubiertas con alambre.

Desde uno llegó un golpe.

Anna se detuvo.

—¿Has oído eso?

Otro golpe.

Después una voz.

—Agua.

Matthias se acercó.

—Hay gente dentro.

Una mano apareció tras el alambre.

—Por favor.

Anna miró los cierres.

Estaban sellados.

En el lateral del vagón había una hoja protegida por una cubierta metálica.

Matthias la abrió.

Leyó.

—Ochenta y cuatro personas.

—¿Destino?

Matthias siguió leyendo.

—Este.

Anna recordó las órdenes.

Las cantidades.

Los rumores.

—Tenemos que abrirlo.

—No podemos abrir todos.

—Este sí.

—Si lo hacemos, vendrán los guardias.

—Hay personas dentro.

—Nuestros hijos están solos.

La frase quedó entre ambos.

Era el mismo dilema que había perseguido a Anna desde que comenzó la búsqueda.

Salvar a Matthias.

Salvar a los niños.

Salvar a una desconocida.

Cada elección dejaba a alguien detrás.

Desde el vagón llegó el llanto de un niño.

Matthias cerró los ojos.

—Busca una herramienta.

Anna encontró una barra de hierro junto a las vías.

La introdujeron bajo el cierre.

Empujaron juntos.

El sello se rompió.

El sonido metálico atravesó la estación.

—Otra vez —dijo Matthias.

Empujaron.

La puerta se abrió unos centímetros.

El olor salió primero.

Sudor.

Miedo.

Orina.

Demasiadas personas respirando en un espacio cerrado.

Varias manos empujaron desde dentro.

La puerta se abrió.

Hombres, mujeres y niños los miraron.

Nadie bajó.

—Salgan —dijo Anna.

Un anciano negó con la cabeza.

—Nos dispararán.

—La alarma todavía está sonando.

—Hay guardias.

Matthias miró hacia las torres de control.

—No por este lado.

Una mujer descendió con un bebé.

Después otra.

Los demás comenzaron a seguirlas.

—Dispersaos entre los almacenes —ordenó Anna—. No vayáis todos juntos.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó el anciano.

Matthias observó el uniforme que llevaba.

—Nadie.

—¿Por qué hacen esto?

Anna miró hacia la ciudad.

—Porque todavía podemos.

Un silbato sonó al otro lado de las vías.

—¡El vagón!

Los guardias los habían visto.

—Corred —gritó Matthias.

Las personas saltaron.

Algunas cayeron.

Otras cargaron a los ancianos.

Los soldados comenzaron a acercarse.

Anna y Matthias corrieron hacia la estación.

Sonó un disparo.

Una mujer cayó.

El hombre que iba a su lado se detuvo para ayudarla.

—¡No os detengáis! —gritó Anna.

Pero él no la abandonó.

Lo vio levantarla.

Lo vio recibir otro disparo.

Matthias agarró a Anna.

—No mires.

—Tengo que mirar.

—¿Por qué?

—Porque alguien debe recordarlo.

Entraron en la estación.

Los andenes estaban llenos de personas refugiadas de la alarma.

Soldados.

Funcionarios.

Mujeres con niños.

El caos los ocultó.

La sirena terminó.

Durante unos segundos hubo silencio.

Después las luces se encendieron.

Los altavoces anunciaron que el peligro había pasado.

El peligro no había pasado.

Solo volvía a llevar uniforme.

Anna y Matthias descendieron hacia las consignas.

Tres cientos diez.

Tres cientos once.

Tres cientos doce.

Anna introdujo la llave.

La puerta se abrió.

Dentro había una cartera de cuero.

Matthias la sacó.

Pesaba mucho.

—¿Qué contiene?

Anna abrió.

Había documentos.

Fotografías.

Listas de nombres.

Planos ferroviarios.

Copias de órdenes de deportación.

Y una carta.

En el sobre estaba escrito:

PARA RUTH.

Anna se quedó inmóvil.

Matthias tomó uno de los documentos.

—Esto no es solo una lista.

—¿Qué es?

—Son estaciones. Horarios. Números de trenes.

Anna pasó las páginas.

En una aparecía la prisión militar.

Junto al nombre había una fecha.

Aquella misma noche.

—Mira.

Matthias se inclinó.

—¿Qué significa?

—La prisión también forma parte de las rutas.

Debajo aparecía un destino.

No era un centro de interrogatorios.

Era un campo.

Anna no conocía el nombre.

Matthias sí lo había escuchado entre los prisioneros.

—Sachsenhausen.

—¿Qué es?

—Un campo de concentración.

La hoja incluía una lista de prisioneros.

Matthias buscó su nombre.

No estaba.

Anna respiró.

—No apareces.

—Busca al final.

Había una anotación escrita a mano.

GRUBER, MATTHIAS. TRASLADO ESPECIAL. FAMILIA COMO ELEMENTO DE PRESIÓN.

Debajo figuraban tres nombres.

ANNA GRUBER.

LUKAS GRUBER.

KLARA GRUBER.

Anna sintió que el suelo desaparecía.

—No van solo a detenerlos.

Matthias tomó la cartera.

—Tenemos que volver.

Subieron corriendo.

En la parte superior de las escaleras esperaban dos hombres.

No vestían uniforme.

Uno era alto y llevaba sombrero.

El otro tenía una cicatriz junto a la boca.

Keller.

Se había cambiado el abrigo, pero Anna lo reconoció.

—Sabía que Adler le habría dado la llave —dijo.

Matthias se colocó delante de Anna.

—¿Cómo nos ha encontrado?

Keller miró la cartera.

—Porque el hombre que borraba nombres nunca supo que nosotros escribíamos el suyo.

Detrás de ellos aparecieron más agentes.

La salida quedó bloqueada.

Anna apretó la cartera contra el pecho.

—Los niños —susurró.

Matthias miró las vías.

Un tren comenzaba a moverse en el andén inferior.

—Cuando corra, no mires atrás.

—Juntos.

—Esta vez no.

—Matthias.

Él la besó en la frente.

Después se volvió hacia Keller.

—¿Me quiere a mí?

—A los dos.

—Yo soy el prisionero.

—Ella tiene los documentos.

Matthias levantó las manos.

—Entonces hagamos un intercambio.

Keller sonrió.

—¿Qué ofrece?

—Lo que lleva cuatro años intentando conseguir.

Anna lo miró.

—No.