Chapter 12 #2
—Yo vi aquella lista.
—No sabía que era ella.
—No quise mirar los nombres.
Keller sonrió.
—Los nombres son peligrosos.
Adler se abalanzó sobre él.
No llevaba arma.
No tenía ninguna posibilidad.
Pero lo hizo.
Golpeó a Keller en el rostro.
El oficial cayó contra el automóvil.
Los guardias reaccionaron.
Uno levantó el fusil.
Anna gritó.
Sonó un disparo.
Adler permaneció de pie durante un instante.
Miró su camisa.
Una mancha oscura comenzó a extenderse sobre el pecho.
Después cayó.
—¡Friedrich!
Anna llegó hasta él arrastrándose.
Los soldados estaban ocupados sujetando a Matthias.
Adler respiraba con dificultad.
—La orden —susurró.
—No hable.
—El bolsillo.
Anna introdujo la mano en su chaqueta.
Encontró una llave pequeña.
—¿Qué abre?
—La caja de seguridad.
—¿Dónde?
—Estación Friedrichstrasse.
—No entiendo.
—Consigna trescientos doce.
Tosió.
La sangre apareció en sus labios.
—Hay documentos.
—¿Qué documentos?
—Nombres. Rutas. Informes de los trenes.
—No necesito documentos. Necesitamos un médico.
Adler agarró la muñeca de Anna.
—Mi hija.
—La encontraremos.
Él negó con la cabeza.
—No.
La palabra fue apenas un soplo.
—Diga su nombre.
—Ruth Adler.
—Lo recordaré.
—No permita que la borren.
—No lo haré.
Friedrich miró hacia el cielo.
Los reflectores cruzaban las nubes.
—Pensé que podía salvarla cambiando un papel.
—Intentó salvar a muchas personas.
—Las llevé hasta ellos.
—No lo sabía.
—No querer saber también es una decisión.
Anna apretó su mano.
—Friedrich.
El hombre dejó de respirar.
La sirena continuó sonando.
La ciudad no se detuvo.
Nadie anunció la muerte de Adler.
No hubo silencio.
No hubo una última palabra perfecta.
Solo un funcionario tendido sobre las piedras mientras los aviones volaban sobre Berlín.
Keller se limpió la sangre de la boca.
—Métanla en la ambulancia.
—¿Qué harán con ella? —preguntó Matthias.
—Nos llevará hasta los niños.
—No sabe llegar.
—Ella sí.
Anna guardó la llave dentro del guante.
Un soldado la levantó.
—No os llevaré.
—No será necesario que coopere.
Keller señaló a Matthias.
—Métanlo con ella.
Los guardias dudaron.
—¿Juntos?
—Quiero que hablen.
Anna miró al oficial.
—¿Por qué?
—Porque las personas dicen mucho cuando creen que se están despidiendo.
Los empujaron hacia la parte trasera de la ambulancia.
Matthias subió primero.
Después ayudó a Anna.
Fue el primer contacto entre ambos en casi cuatro años.
Sus manos se encontraron.
Anna sintió los dedos de Matthias alrededor de los suyos.
Eran más delgados.
Más ásperos.
Reales.
Durante un instante olvidó a los guardias.
Olvidó a Keller.
Olvidó la prisión.
Matthias tiró de ella y la abrazó.
Anna apoyó el rostro contra su pecho.
No olía a montaña.
Olía a humedad, sangre y prisión.
Pero seguía siendo él.
—Estás viva —susurró Matthias.
—Tú también.
—Lo siento.
—No ahora.
—Tengo que decirlo.
—No.
—Os dejé solos.
Anna lo apartó lo suficiente para mirarlo.
—Te llevaron.
—Pude firmar.
—Y yo pude quedarme en la montaña. Ninguno sabía lo que vendría después.
Los guardias cerraron las puertas.
La parte trasera quedó en penumbra.
A través de una pequeña ventana vieron cómo cargaban el cuerpo de Adler en otro vehículo.
—Ha muerto por nosotros —dijo Matthias.
—Murió por su hija.
—¿Quién era?
—Un hombre que borraba nombres.
El motor arrancó.
Anna y Matthias cayeron uno contra otro.
Tenían las manos libres, pero la puerta estaba cerrada desde fuera.
—¿Dónde están los niños? —preguntó él.
—En una habitación oculta.
—¿Están solos?
—Sí.
Matthias cerró los ojos.
—Lukas tiene trece años.
—Ha crecido.
—Lo vi en el patio.
—No era él.
—Vi a un niño con una barra de hierro.
Anna lo miró.
—Era Lukas.
Matthias respiró hondo.
—Dios.
—No cree en Dios.
—Ahora mismo no sé en qué creo.
—Eso significa que sigues siendo tú.
El vehículo aceleró.
—¿Cómo es Klara?
—Todavía lleva la muñeca.
Matthias sonrió.
—¿La de tela azul?
—Ya no es azul.
—¿Y Lukas?
Anna tardó en responder.
—Está enfadado.
—Conmigo.
—Con todos.
—Eso es culpa mía.
—No conviertas todo en culpa tuya. No nos queda sitio para cargar con más cosas.
Matthias tocó el rostro de Anna.
Vio el labio roto.
El hematoma junto al ojo.
—Te han golpeado.
—A ti también.
—No deberían haberte tocado.
—Tampoco a ti.
Él apartó la mano.
—He pensado en firmar.
—Lo sé.
—¿Cómo?
—Te escuché en la celda.
—No. Después. En el túnel.
Matthias miró el suelo.
—Empecé a escribir mi nombre.
Anna sintió un dolor distinto.
No decepción.
Miedo.
—¿Terminaste?
—No.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—Sí lo sabes.
—Porque pensé que querían convertir mi miedo en obediencia.
—Tenías miedo de perderte.
—Tenía miedo de encontraros y que ya no supierais quién era.
Anna apoyó la frente contra la suya.
—Habríamos sabido quién eras.
—¿Aunque firmara?
Ella recordó sus propias palabras.
Lukas necesita un padre, no un mártir.
—No sé.
Matthias se apartó.
La respuesta lo hirió.
Anna le agarró la mano.
—No sé quiénes somos después de todo esto. Eso no significa que no podamos encontrarnos.
—Puede que no haya tiempo.
—No digas eso.
—Nos llevan a los niños.
—No.
—Has oído a Keller.
—No vamos hacia la casa.
Matthias miró por la pequeña ventana.
—¿Cómo lo sabes?
—Hemos girado hacia el norte. Charlottenstrasse queda al sur.
—¿Adónde vamos?
Anna intentó orientarse por el ruido.
La ambulancia cruzó unas vías.
Después descendió por una calle empedrada.
—Quizá a otro centro de interrogatorios.
—O quieren que pensemos que han ido a buscar a los niños mientras nos llevan a otro lugar.
Anna examinó el interior.
Había vendas, una caja metálica y una camilla sujeta a la pared.
Probó la puerta.
Cerrada.
—Ayúdame.
Matthias se acercó.
Tiraron juntos.
No cedió.
—Las bisagras están fuera —dijo él.
Anna abrió la caja metálica.
Encontró tijeras, vendas, botellas y varios instrumentos.
Tomó unas pinzas largas.
—¿Puedes abrir la cerradura?
—Soy campesino, no ladrón.
—Los campesinos arreglan cosas.
—Eso sí.
Introdujo las pinzas junto al cierre.
El vehículo tomó una curva.
Las herramientas cayeron al suelo.
Matthias volvió a intentarlo.
—Necesito luz.
Anna abrió ligeramente la cubierta de la pequeña ventana.
Vio un vehículo detrás.
Dos hombres en el interior.
—Nos escoltan.
—¿Cuántos?
—Al menos dos.
La cerradura emitió un chasquido.
No se abrió.
—Otra vez.
Matthias dobló las pinzas.
—No resistirán.
Anna sacó la llave de Adler.
Era pequeña.
No pertenecía a la ambulancia.
Aun así, la introdujo.
No entraba.
—¿Qué es?
—Una consigna en la estación Friedrichstrasse. Hay documentos.
—¿Sobre mí?
—Sobre deportaciones. Trenes. Personas desaparecidas.
—¿Por qué te los dio?
—Para que no pudieran borrar a su hija.
Matthias observó la llave.
—Entonces tenemos que conservarla.
—Primero debemos conservar a nuestros hijos.
El vehículo frenó bruscamente.
Ambos cayeron.
Fuera se escucharon voces.
Una orden.
Después el sonido de otra sirena.
La ambulancia volvió a moverse.
—Control —dijo Anna.
Matthias examinó el suelo.
—Hay una trampilla.
—¿Dónde?
Él apartó la camilla.
Debajo había una placa rectangular.
—Debe servir para acceder al eje.
Intentó levantarla.
Estaba atornillada.
Anna le entregó las tijeras.
Matthias utilizó una de las hojas como destornillador.
—En la granja nunca me dejabas usar tus tijeras.
—Eran para coser.
—Estas también podrían serlo.
—Cose una salida.
El primer tornillo cedió.
Después el segundo.
El vehículo aceleró.
Matthias continuó trabajando.
—Cuando salgamos —dijo—, tú buscarás a los niños.
—Los dos.
—Yo no podré moverme rápido.
—No voy a dejarte.
—Anna.
—No.
—Escúchame.
—Llevo cuatro años escuchando a personas decirme que te abandone.
—Yo no soy esas personas.
—Por eso duele más.
Matthias retiró el tercer tornillo.
—Si tenemos una oportunidad, tienes que aprovecharla.
—La aprovecharemos juntos.
—Si no podemos…
—Juntos.
Matthias la miró.
Reconoció la misma expresión que tenía cuando una tormenta amenazaba la cosecha y ella insistía en salvar hasta el último saco.
No era esperanza.
Era una negativa distinta.
La de Anna.
Retiró el último tornillo.
Levantaron la placa.
Debajo, la carretera corría a gran velocidad.
Vieron el eje y una parte del tubo de escape.
—No podemos saltar por ahí —dijo Anna.
—No. Pero podemos romper algo.
—¿Qué?
Matthias observó el mecanismo.
—La conducción del combustible.
—¿Y hacer explotar la ambulancia?
—No si solo provocamos una fuga.
—¿Estás seguro?
—No.
Anna sonrió débilmente.
—Ahora sí pareces mi marido.
Matthias utilizó las tijeras para golpear una pequeña tubería.
El metal resistió.
Golpeó otra vez.
El dolor de sus muñecas le hizo detenerse.
—Dámelas.
Anna continuó.
Una vez.
Dos.
Tres.
La tubería se agrietó.
Un olor intenso llenó el interior.
—Combustible —dijo Matthias.
Anna colocó una venda alrededor de la grieta y tiró con fuerza.
La fuga aumentó.
El líquido comenzó a caer sobre la carretera.
—Ahora tenemos que esperar.
—¿Cuánto?
—Hasta que el motor se detenga.
—¿Y si se incendia antes?
—Entonces no tendremos que esperar.
La ambulancia continuó avanzando.
El olor se hizo más fuerte.
Anna comenzó a marearse.
Matthias cubrió la abertura con una manta.
—Respira por aquí.
—Tú también.
Compartieron la tela.
Sus rostros quedaron muy cerca.
—Pensaba en ti cada noche —dijo él.
—No hables como si fuera una despedida.
—No sé cuándo podré volver a decirlo.
—Entonces dilo cuando estemos con los niños.
—Anna.
Ella lo besó.
No fue un beso largo.
Ni hermoso.
Sus labios estaban heridos.
Los dos sabían a sangre.
Pero durante aquel instante no existieron la prisión ni el vehículo.
Solo la memoria de quienes habían sido.
El motor comenzó a fallar.
Primero un golpe.
Después otro.
La ambulancia perdió velocidad.
—Está funcionando —dijo Anna.
Desde la cabina se escuchó una maldición.
El conductor intentó acelerar.
El motor tosió.
El vehículo se detuvo.
La escolta frenó detrás.
—Al suelo —susurró Matthias.
Se colocaron a ambos lados de la puerta.
Los guardias bajaron.
Uno golpeó la chapa.
—¿Qué ocurre ahí dentro?
Anna no respondió.
Las llaves entraron en la cerradura.
Matthias levantó las manos esposadas.
La puerta se abrió.
El primer guardia asomó la cabeza.