Chapter 12
Continuación
—¡Frene! —gritó Adler.
Anna no lo hizo.
La ambulancia atravesó la segunda barrera.
La madera golpeó el parabrisas y salió despedida hacia un lado. Uno de los faros se apagó. El otro continuó iluminando la entrada de la prisión como un ojo abierto.
Los guardias levantaron los fusiles.
—¡Vehículo sanitario! —gritó Adler por la ventanilla—. ¡Orden urgente del Ministerio de Justicia!
Nadie bajó las armas.
El oficial de la entrada hizo una señal.
—¡Deténganse o disparamos!
Anna vio a Matthias.
Estaba junto al automóvil negro.
Dos hombres lo sujetaban por los brazos.
Más delgado de lo que recordaba.
Más encorvado.
Más viejo.
Pero era él.
Matthias también miraba hacia la ambulancia.
Durante unos segundos, los disparos antiaéreos, las sirenas y las explosiones desaparecieron.
Solo quedaron dos miradas separadas por el patio.
Anna pisó el freno.
La ambulancia derrapó sobre el empedrado mojado.
El vehículo giró y chocó de lado contra la verja.
Adler se golpeó la cabeza contra el salpicadero.
Anna salió despedida hacia el volante.
Sintió un dolor intenso bajo las costillas.
No gritó.
El motor continuó rugiendo.
Un guardia abrió la puerta del conductor y la arrastró hacia fuera.
—¡Al suelo!
Anna cayó sobre las rodillas.
Otro hombre sacó a Adler.
La orden escapó de sus manos y quedó sobre el suelo, movida por el viento.
—Documentación —exigió el oficial.
Adler se incorporó.
Tenía sangre en la frente.
—La orden está ahí.
El oficial la recogió.
Mientras la leía, Anna volvió a mirar a Matthias.
Él había dado un paso hacia ella.
Uno de los guardias tiró de sus esposas.
—Quieto.
—Anna.
Pronunció su nombre en voz baja.
Ella no pudo escucharlo.
Pero lo vio formarse en sus labios.
Intentó levantarse.
El soldado que la vigilaba le colocó la bota sobre la espalda.
—No se mueva.
El dolor le atravesó el cuerpo.
—Retire el pie —ordenó Adler.
El soldado lo miró.
—¿Quién es usted?
—Friedrich Adler. Ministerio de Justicia.
—No me importa.
Adler señaló el documento.
—Debería importarle. El traslado de Matthias Gruber queda suspendido por orden de la dirección.
Keller se acercó desde el patio.
Llevaba el abrigo abierto y una pistola en la mano.
—¿Suspendido?
Tomó la hoja.
La leyó lentamente.
Anna observó su rostro.
No parecía sorprendido.
Eso la inquietó.
—El sello es auténtico —dijo Keller.
—Por supuesto —respondió Adler.
—Pero la firma no.
Adler no cambió de expresión.
—La orden fue redactada durante la alarma. El director no pudo firmarla personalmente.
—Qué conveniente.
—Puede confirmarlo cuando se restablezcan las comunicaciones.
Keller miró hacia el cielo.
Los reflectores seguían buscando los aviones.
—Mientras tanto —continuó Adler—, el prisionero debe permanecer aquí.
Keller dobló la orden.
—Mientras tanto, usted y su secretaria serán interrogados.
—No tiene autoridad para detener a un funcionario del Ministerio.
—Esta noche tengo autoridad para detener a cualquiera.
Anna volvió la cabeza.
El automóvil negro seguía con el motor encendido.
El conductor esperaba.
Los guardias no habían devuelto a Matthias al edificio.
La orden solo había creado una pausa.
Nada más.
Una explosión sacudió la prisión.
Los cristales de una torre saltaron por los aires.
El sonido llegó después.
Una onda de polvo y humo atravesó el patio.
Los hombres se agacharon.
Anna sintió que la bota desaparecía de su espalda.
Se levantó.
—¡Matthias!
Él corrió hacia ella.
Solo pudo avanzar dos pasos.
El guardia tiró de las esposas.
Matthias cayó de rodillas.
—¡Anna, sal de aquí!
—No sin ti.
—¡Los niños!
—Están escondidos.
Keller miró a Adler.
—¿Dónde?
Anna comprendió su error.
—No están en la ciudad.
—Acaba de decir que están escondidos.
—Lejos de aquí.
Keller sonrió.
—Está cansada, señora Gruber. Las personas cansadas dicen la verdad sin darse cuenta.
Adler avanzó.
—No tiene nada contra ella.
—Entró en una prisión durante una revuelta. Agredió a un soldado. Escapó con miembros de la resistencia. Ha falsificado documentos oficiales y acaba de atravesar dos controles militares.
—Todo por orden mía.
Anna miró a Adler.
—¿Qué está haciendo?
—Mi trabajo.
Keller levantó una ceja.
—¿Su trabajo consiste en atacar prisiones?
—Mi trabajo consiste en investigar irregularidades judiciales.
—Qué generoso.
—La detención de Gruber presenta numerosas irregularidades.
—Gruber se negó a servir.
—Fue detenido antes de recibir una orden militar formal.
Keller se acercó.
—Eso es un tecnicismo.
—La justicia está hecha de tecnicismos.
—La justicia está hecha de obediencia.
Adler observó a Matthias.
—Ahí está la diferencia entre usted y yo.
Keller lo golpeó con la pistola.
Adler cayó.
Anna corrió hacia él.
—¡Friedrich!
El hombre permaneció consciente.
Se tocó la sien y miró la sangre en sus dedos.
—Estoy bien.
No lo estaba.
Keller hizo una señal.
—Deténganlos.
Dos guardias sujetaron a Anna.
Otros levantaron a Adler.
Matthias forcejeó.
—¡No la toquéis!
Uno de los soldados le golpeó el estómago.
Matthias se dobló.
Anna gritó.
—¡Dejadlo!
—Firma —dijo Keller.
Todos se detuvieron.
El oficial miraba a Matthias.
—Firme la declaración y su esposa saldrá de aquí.
Matthias levantó la cabeza.
—Ya la he rechazado.
—Ahora las condiciones han cambiado.
—Siempre cambian.
—Su mujer está acusada de terrorismo.
—No es terrorista.
—Ha entrado en un edificio oficial con una orden falsificada.
—Yo la obligué —dijo Adler.
Keller ni siquiera lo miró.
—Usted ya tendrá su propio interrogatorio.
Anna observó a Matthias.
La distancia entre ellos era de pocos metros.
Podía ver las heridas de su rostro.
La cicatriz sobre el ojo.
Los labios partidos.
Las manos esposadas.
Matthias la miraba como si intentara memorizarla.
—No firmes por mí —dijo ella.
—Hace una hora me pediste que lo hiciera.
—Me equivoqué.
—No.
—Sí.
—Querías que viviera.
—Todavía quiero.
—Entonces ¿por qué?
Anna respiró con dificultad.
—Porque ya he visto lo que harán con tu firma.
Keller giró la cabeza hacia Adler.
—¿Se lo ha contado?
Adler no respondió.
—Quieren grabarte —continuó Anna—. Quieren convertir tu negativa en propaganda. Aunque no digas sus palabras, usarán tu rostro. Dirán que te arrepentiste.
Matthias miró a Keller.
—¿Es verdad?
—Alemania necesita ejemplos.
—No soy un ejemplo.
—Eso no lo decide usted.
—No firmes —repitió Anna—. No dejes que conviertan tu voz en la suya.
Keller agarró a Anna por el cabello.
Ella apretó los dientes.
—Piénselo bien, Gruber.
Matthias dio un paso.
Los guardias lo sujetaron.
—Suéltala.
—Firme.
—Suéltala.
—Una palabra puede salvarla.
—Una palabra vuestra no salva a nadie.
Keller empujó a Anna contra el lateral de la ambulancia.
El dolor de las costillas la hizo caer.
Matthias se lanzó contra los guardias.
Golpeó a uno con el hombro.
El segundo intentó sujetarlo.
Matthias le dio un cabezazo.
El hombre cayó hacia atrás.
Durante un instante, Matthias quedó libre.
Tenía las manos esposadas.
No podía correr deprisa.
Aun así, avanzó hacia Anna.
Sonó un disparo.
La bala golpeó el suelo frente a sus pies.
Matthias se detuvo.
El conductor del automóvil negro le apuntaba desde la puerta.
—El siguiente no irá al suelo.
Anna se incorporó.
—No.
Matthias la miró.
—¿Dónde están Lukas y Klara?
—A salvo.
—Dime dónde.
—No puedo.
—Anna.
—En casa de Adler.
Friedrich cerró los ojos.
Keller sonrió.
—Gracias.
Adler se volvió hacia Anna.
—¿Por qué lo ha dicho?
—Porque Matthias tiene derecho a saberlo.
—Y ahora ellos también lo saben.
Anna comprendió.
Demasiado tarde.
Keller llamó a dos soldados.
—Envíen hombres a la vivienda de Adler.
—No encontrarán la habitación —dijo Friedrich.
—¿Habitación?
Adler lo miró con odio.
Otra verdad escapada.
Otra puerta abierta.
Keller sacó un silbato y llamó al oficial de la entrada.
—Quiero una patrulla en Charlottenstrasse. Tercer piso. Registren toda la vivienda. Paredes, armarios y suelos.
Anna se lanzó sobre él.
Un guardia la golpeó en las costillas.
Cayó.
Esta vez no pudo levantarse.
—¡No! —gritó Matthias.
Keller se agachó junto a ella.
—Sus hijos estarán con nosotros antes del amanecer.
Anna levantó la cabeza.
—No sabe dónde viven.
—Acaba de decírmelo.
—No sabe el número.
Keller miró a Adler.
—Diecisiete —dijo.
Friedrich palideció.
—¿Cómo lo sabe?
Keller se incorporó.
—Porque llevamos semanas vigilándolo.
Adler lo miró.
—El automóvil.
—No estaba siguiendo a la señora Gruber.
El funcionario pareció encogerse.
Durante años había borrado nombres.
Había preparado escondites.
Había creado documentos.
Y todo aquel tiempo quizá los nazis habían permitido que continuara.
—¿Por qué no me detuvieron? —preguntó.
—Porque un hombre que borra nombres también nos conduce hacia las personas que necesitan nombres nuevos.
Adler cerró los ojos.
Anna recordó a la mujer de la casa.
A Otto.
A Helena.
A las personas que quizá habían acudido a Friedrich antes que ellos.
—¿Cuántos? —preguntó Adler.
Keller no respondió.
—¿Cuántos habéis detenido por mi culpa?
—Los suficientes.
Adler se tambaleó.
Aquella respuesta lo hirió más que el golpe.
—No —murmuró—. No puede ser.
—Toda resistencia necesita sentirse invisible —dijo Keller—. A veces basta con dejarla caminar.
Friedrich miró sus manos.
Manos de funcionario.
Manos que habían cambiado fechas, falsificado sellos y destruido documentos.
Manos que creía haber utilizado para salvar vidas.
Ahora no sabía cuántas había condenado.
—Yo los llevé hasta ellos.
—Sí.
—Ruth…
Keller se acercó.
—Su hija murió hace dos años.
Adler dejó de respirar.
—No.
—En Riga.
—No.
—Su transporte llegó en enero de 1940.
—Me dijeron que estaba en un campo de trabajo.
—Le dijeron lo que necesitaba escuchar para continuar siendo útil.
Adler cerró los puños.
—Está mintiendo.
—¿Quiere ver el informe?
—Está mintiendo.
—Usted mismo archivó una copia.
Friedrich emitió un sonido extraño.
No era un grito.
Era algo más pequeño.
Como si una parte de su cuerpo se hubiera roto sin hacer suficiente ruido.
Anna quiso acercarse.
Los guardias no la dejaron.
—No le escuche —dijo—. Quiere destruirlo.
Adler levantó la cabeza.
Sus ojos habían cambiado.
—No.
—Friedrich.
—Tiene razón.
—No puede saberlo.