El último tren del invierno Chapter 11 #3
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Chapter 11 #3

—¿Qué hacemos?

Adler señaló una escalera.

—Continuar.

Bajaron al sótano.

El archivo ocupaba una sala inmensa.

Miles de cajas llenaban estanterías que llegaban hasta el techo.

Había nombres en todas partes.

Condenados.

Desaparecidos.

Ejecutados.

Trasladados.

Cada vida convertida en varias hojas sujetas con una cuerda.

Una mujer vigilaba la entrada.

—Autorización.

Adler le mostró una orden.

La funcionaria la examinó.

—Este expediente ha sido retirado.

—¿Por quién?

—Oficina especial de las SS.

—Necesito una copia.

—No está permitido.

Adler se inclinó.

—La orden de traslado contiene un error.

—Entonces comuníquelo a las SS.

—El error afecta a la competencia del tribunal.

La mujer dudó.

Los funcionarios temían a las SS.

Pero temían aún más firmar un error que después pudiera utilizarse contra ellos.

—Cinco minutos —dijo.

Abrió la puerta.

Anna y Adler entraron.

Caminaron entre las estanterías.

—¿Dónde está? —susurró ella.

—Sección G.

Encontraron el pasillo.

Adler buscó los números.

—Gruber.

Nada.

Volvió a buscar.

—No está.

—Ha dicho que lo retiraron.

—Siempre queda una ficha de referencia.

Anna vio un espacio vacío.

—Aquí.

Una tarjeta permanecía pegada al fondo.

Adler la sacó.

Leyó.

Su rostro cambió.

—¿Qué ocurre?

—Han adelantado el traslado.

—¿Cuándo?

—Dentro de una hora.

Anna sintió que las piernas dejaban de sostenerla.

—Dijo que sería esta noche.

—Han cambiado la orden.

—Entonces cambie esa.

—Necesito el sello de la dirección.

—Consígalo.

—Está en el despacho del hombre que acaba de llamarme.

—Entonces iremos a verlo.

—No entiende. Es el director de coordinación judicial con las SS.

—Perfecto. Tendrá el sello correcto.

Adler agarró el brazo de Anna.

—No saldremos vivos si nos descubre.

—Matthias tampoco si no hacemos nada.

En el exterior sonó una sirena.

Todos los funcionarios levantaron la cabeza.

Alarma aérea.

Las luces se apagaron.

Durante un instante, el archivo quedó completamente oscuro.

Después se encendieron las lámparas de emergencia.

La mujer de la entrada abrió la puerta.

—¡Todos al refugio!

Los funcionarios comenzaron a correr.

Adler miró a Anna.

Ella sostuvo la ficha de Matthias.

Por encima del edificio se escuchó el rugido de los aviones.

La sirena continuó gritando.

—Ahora —dijo Anna.

—¿Ahora qué?

—El despacho.

Salieron del archivo mientras todos descendían hacia los refugios.

Ellos hicieron lo contrario.

Subieron.

Primer piso.

Segundo.

Tercer piso.

Las escaleras temblaron con la primera explosión lejana.

El polvo cayó del techo.

Las puertas estaban abiertas.

Las oficinas vacías.

Llegaron al pasillo del director.

Adler señaló una puerta doble.

—Ahí.

Anna intentó abrir.

Cerrada.

—La llave.

—No la tengo.

Otra explosión.

Más cerca.

Los cristales vibraron.

Anna cogió un extintor de la pared.

Golpeó la cerradura.

—¿Qué está haciendo?

—Ahorrando tiempo.

Volvió a golpear.

La madera se partió.

Entraron.

El despacho era amplio.

Una fotografía de Hitler ocupaba la pared.

Sobre la mesa había un teléfono, varias carpetas y una caja con sellos oficiales.

Adler buscó.

—Necesitamos una orden de suspensión temporal.

—Escríbala.

—Necesitamos un motivo.

—Error de identidad.

—Comprobarían sus huellas.

—Enfermedad contagiosa.

—Enviarían un médico.

—Testigo necesario para una investigación.

Adler la miró.

—Eso puede funcionar.

Se sentó frente a la máquina de escribir.

Sus dedos comenzaron a golpear las teclas.

Anna vigiló el pasillo.

Las sirenas continuaban.

Escuchó pasos.

—Alguien viene.

Adler siguió escribiendo.

—Necesito un minuto.

—No lo tenemos.

Un hombre apareció al final del pasillo.

Era el funcionario del partido.

—¡Adler!

Friedrich arrancó la hoja.

—El sello.

Anna buscó en la caja.

Había seis.

—¿Cuál?

—El rojo.

Lo encontró.

El funcionario comenzó a correr.

—¡Deténganse!

Anna cerró la puerta rota y empujó un armario delante.

El hombre golpeó desde fuera.

—¡Abran!

Adler selló la orden.

—Ya está.

—¿Adónde se envía?

—Por teléfono al puesto de control de la prisión. Después debemos llevar el original.

—Llame.

Adler levantó el auricular.

No había línea.

—La alarma ha cortado las comunicaciones.

La puerta tembló.

El funcionario intentaba entrar.

—Entonces iremos nosotros.

Anna guardó la orden dentro del abrigo.

Adler abrió la ventana.

—Estamos en un tercer piso.

—Hay una cornisa.

—Está loca.

—Eso ya me lo han dicho.

Salió.

El viento golpeó su rostro.

La cornisa era estrecha.

Abajo, los funcionarios corrían hacia los refugios.

Los reflectores buscaban aviones en el cielo.

Los cañones antiaéreos comenzaron a disparar.

Anna avanzó pegada a la pared.

Adler salió detrás.

—No mire abajo.

—No pensaba hacerlo.

Una explosión iluminó la ciudad.

El edificio tembló.

Anna perdió el equilibrio.

Uno de sus pies resbaló.

Quedó colgando de la cornisa.

Adler la agarró por el brazo.

—¡Sujétese!

El dolor de la espalda se extendió hasta el pecho.

Anna intentó subir.

No pudo.

La orden comenzó a salir de su abrigo.

Adler la vio.

—¡El documento!

Anna soltó una mano y lo atrapó.

—¡Está loca!

—Es lo único que puede salvarlo.

—Usted también puede salvarlo si sigue viva.

La frase la detuvo.

Durante años había pensado que su vida solo servía para continuar buscando a Matthias.

Adler tiró de ella.

Anna consiguió regresar a la cornisa.

Avanzaron hasta la ventana contigua.

Entraron en una oficina vacía.

Detrás, el funcionario había conseguido abrir el despacho.

—¡Alarma! —gritó—. ¡Traidores en el edificio!

Anna y Adler corrieron.

Descendieron por una escalera secundaria.

Varias puertas comenzaron a cerrarse.

Los guardias aparecieron en la planta baja.

—No podemos salir por la entrada —dijo Adler.

—¿Otra cornisa?

—El conducto del carbón.

Bajaron al sótano.

La segunda explosión cayó cerca.

Las luces se apagaron por completo.

El suelo tembló.

Una pared se agrietó.

Los funcionarios gritaban dentro del refugio.

Adler abrió una trampilla.

—Por aquí.

Se deslizaron por un conducto inclinado.

El carbón rasgó el abrigo de Anna.

Cayeron dentro de un depósito.

Encontraron una abertura hacia el patio.

Cuando salieron, Berlín estaba bajo el ataque.

Los reflectores cruzaban el cielo.

Las sirenas cubrían las órdenes.

Los civiles corrían hacia los refugios.

Los soldados miraban hacia arriba.

Por primera vez, nadie miraba a Anna.

—La prisión está a más de cuatro kilómetros —dijo Adler.

—Llegaremos.

—Tiene las costillas heridas.

—Llegaremos.

—Los vehículos no circulan durante la alarma.

Anna observó una ambulancia detenida.

El conductor ayudaba a trasladar heridos al refugio.

La puerta estaba abierta.

—Ese sí.

Adler la miró.

—Robar una ambulancia es delito de guerra.

—Pensaba que ya éramos traidores.

Corrieron hacia el vehículo.

Anna subió al asiento del conductor.

—¿Sabe conducir?

—Matthias me enseñó con un tractor.

—Esto no es un tractor.

—Tiene ruedas.

Adler subió.

Anna arrancó.

La ambulancia avanzó entre las calles oscurecidas.

Las explosiones se escuchaban cada vez más cerca.

Sobre sus piernas, dentro del abrigo de una mujer muerta, Anna llevaba una orden falsa con un sello verdadero.

Solo tenía que llegar antes que los hombres de las SS.

En la prisión, Matthias permanecía sentado frente a una cámara.

Una luz blanca golpeaba su rostro.

Keller estaba detrás del objetivo.

—Repita la frase.

Matthias tenía las manos esposadas debajo de la mesa.

Frente a él habían colocado un texto.

“Reconozco que mi negativa fue fruto del miedo y la confusión. Agradezco al Estado alemán la oportunidad de corregir mi error.”

—Repítala —ordenó Keller.

Matthias miró hacia la cámara.

—Mi nombre es Matthias Gruber.

—Eso no aparece en el texto.

—Soy campesino.

Keller hizo una señal.

Un guardia golpeó a Matthias en la nuca.

—Lea.

Matthias levantó la cabeza.

—Tengo una esposa llamada Anna.

Otro golpe.

—Y dos hijos.

El guardia lo agarró del cabello.

—Lukas tiene trece años.

Keller se acercó.

—Sabemos quiénes son.

—Klara tiene diez.

—Cállese.

Matthias miró directamente al objetivo.

—Si alguien ve estas imágenes, quiero que sepa que no he aceptado servir.

Keller golpeó la cámara.

—¡Corten!

La luz se apagó.

Los guardias levantaron a Matthias.

—Llévenlo al transporte.

—¿Adónde?

—Al lugar donde ya no habrá cámaras.

Lo sacaron de la sala.

En el patio esperaba un vehículo negro.

El conductor mantenía el motor encendido.

La alarma aérea sonaba sobre la ciudad.

Los guardias empujaron a Matthias hacia la puerta trasera.

Antes de subir, miró el cielo.

Los reflectores atravesaban las nubes.

Durante años había imaginado la libertad como la montaña.

Aquella noche la libertad era simplemente estar al aire libre mientras las bombas caían.

Un oficial abrió la puerta.

—Dentro.

Matthias colocó un pie en el vehículo.

Entonces apareció una ambulancia al final de la calle.

Avanzaba demasiado rápido.

Golpeó una barrera.

No se detuvo.

Los guardias levantaron los fusiles.

Anna apretó el volante.

—No van a abrirnos —dijo Adler.

—Lo harán.

—¿Por qué?

Anna hizo sonar la sirena de la ambulancia.

El vehículo se dirigió directamente hacia la entrada de la prisión.

Matthias escuchó el sonido.

Se volvió.

No podía ver quién conducía.

Pero reconoció algo en aquella forma desesperada de avanzar.

No era una certeza.

Era memoria.

Anna también conducía el carro de la granja como si los caminos tuvieran que apartarse ante ella.

—Detenga el vehículo —ordenó Keller.

Anna no frenó.

El guardia de la entrada apuntó.

Adler sostuvo la orden entre las manos.

—Si dispara, estamos muertos.

—Si frenamos, también.

La ambulancia continuó acercándose.

Matthias levantó la cabeza.

Por primera vez desde que lo sacaron de la celda sintió algo diferente al miedo.

No era esperanza.

La esperanza era demasiado limpia.

Aquello era más feroz.

Era la sospecha de que Anna todavía no había terminado con ellos.