El último tren del invierno Chapter 11 #2
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Chapter 11 #2

—El Ministerio de Propaganda prepara una película sobre prisioneros arrepentidos. Hombres que reconocen sus errores, agradecen la clemencia del Führer y aceptan servir a Alemania.

—Matthias jamás hará eso.

—Lo saben.

—Entonces ¿para qué?

—Porque su resistencia también puede utilizarse.

Adler mostró una nota mecanografiada.

—Si se niega ante las cámaras, editarán la grabación. Cortarán sus palabras. Harán parecer que acepta. Después lo enviarán al frente o lo ejecutarán.

—¿Y dirán que murió como soldado?

—Probablemente.

Anna se apoyó en la mesa.

Matthias había pasado cuatro años protegiendo una negativa.

Ellos planeaban convertirla en una mentira.

—Tenemos que sacarlo.

Adler cerró la carpeta.

—No puedo hacerlo.

—Otto dijo que podía ayudar.

—Otto estaba desesperado.

—Murió para proteger nombres.

—Y usted los ha traído hasta mi puerta.

La acusación golpeó a Anna.

—No me siguieron.

—No puede saberlo.

Adler fue hacia la ventana.

Separó ligeramente la cortina.

—Hay un automóvil al otro lado de la calle.

—¿De la Gestapo?

—No lo sé.

—¿Estaba antes?

—Lleva allí veinte minutos.

Lukas se acercó.

—Nosotros hemos tardado más en subir.

Adler lo miró.

—¿Qué edad tienes?

—Doce.

—Mientes mal.

—Tengo trece.

—Mientes mejor cuando estás enfadado.

Adler volvió a la mesa.

—Tendrán que marcharse.

—Primero dígame dónde está Matthias.

—En el ala subterránea de la prisión.

—Eso ya lo sé.

—Van a trasladarlo esta noche.

—¿Adónde?

—A un centro de interrogatorios de las SS.

—¿Dónde?

—No aparece en la orden.

—Usted trabaja en el Ministerio.

—Eso no significa que me cuenten todo.

Anna agarró la carpeta.

Adler puso una mano encima.

—Suéltela.

—Contiene las órdenes.

—Contiene copias. Los originales están en el Ministerio.

—Entonces iremos allí.

El hombre la miró como si no hubiera oído bien.

—¿Qué ha dicho?

—Entraremos en el Ministerio y cambiaremos la orden.

—No se cambia una orden de las SS.

—Usted puede hacerlo.

—Puedo alterar un número. Retrasar un traslado. Hacer desaparecer una copia. No puedo borrar a un hombre que ya está señalado.

—Puede darme tiempo.

—¿Para qué?

Anna guardó silencio.

No tenía un plan.

Solo la necesidad de que Matthias continuara vivo una noche más.

—Para encontrar una salida.

Adler negó con la cabeza.

—Ese es el error de la resistencia. Creer que el tiempo siempre produce una posibilidad.

—A veces la produce.

—Y otras solo prolonga el sufrimiento.

Anna se acercó.

—¿Su hija también pensaba así?

Adler se quedó inmóvil.

Lukas miró a su madre.

Sabía que había ido demasiado lejos.

El rostro del funcionario cambió.

No mostró rabia.

Mostró algo más antiguo.

—Mi hija se llamaba Ruth.

Anna bajó la mirada hacia la fotografía.

La joven tenía el mismo cabello gris claro que su padre había tenido de joven.

—Su madre era judía —continuó Adler—. Yo no.

—Entonces Ruth…

—Para ellos era judía.

—¿La deportaron?

—Intenté borrar su nombre de los registros.

Adler pasó los dedos por el borde de la carpeta.

—Cambié su partida de nacimiento. Destruí el certificado de matrimonio de su madre. Pagué a un médico. Conseguí una identificación nueva.

—¿Funcionó?

—Durante un año.

—¿Qué ocurrió?

—Un vecino la reconoció.

Klara apretó la muñeca.

—¿Dónde está ahora?

Adler miró a la niña.

—En el este.

—¿Volverá?

El hombre tardó en responder.

—Eso espero.

Anna supo que mentía.

Adler también.

—Desde entonces borra otros nombres —dijo Anna.

—Desde entonces intento corregir una lista que nunca deja de crecer.

—Entonces ayúdenos.

El funcionario abrió un cajón.

Sacó tres tarjetas de identificación.

—Las preparé cuando Otto me comunicó que vendrían.

—¿Sabía que estaríamos aquí?

—Sabía que alguien llegaría.

Entregó una a Anna.

Margarete Hoffmann.

El mismo nombre de los documentos de la mujer.

Anna levantó la vista.

—¿Conoce a la mujer que vive cerca del control?

—Conozco a muchas personas que fingen no conocerse.

Las tarjetas de los niños llevaban el apellido Hoffmann.

—Esto no salvará a Matthias —dijo Anna.

—Los salvará a ustedes durante unas horas.

—No me basta.

Adler observó el automóvil de la calle.

—Existe una forma de retrasar el traslado.

—¿Cuánto?

—Cuarenta y ocho horas.

—Hágalo.

—No puedo desde aquí.

—¿Dónde están los documentos?

—En el archivo del Ministerio.

—Vamos.

—Usted no va a ninguna parte.

—Conozco el rostro de Matthias. Usted conoce los expedientes. Nos necesitamos.

—No necesito a una mujer herida que apenas puede caminar.

—Ellos tampoco esperarán verla dentro.

Adler guardó silencio.

Lukas se adelantó.

—Yo puedo entrar.

—No —dijeron Anna y Adler al mismo tiempo.

—Soy pequeño.

—Precisamente —respondió Anna.

—Puedo esconderme.

—No.

—Papá está allí por nosotros.

—Está allí por una decisión suya.

—Y tú sigues tomando decisiones por todos.

Anna sintió el golpe de aquellas palabras.

—Esta vez me toca decidir a mí —continuó Lukas.

—Tienes trece años.

—Desde que se llevaron a papá nadie me deja tener trece años.

Adler observó al niño.

Después miró a Anna.

—No puede ir.

—No irá.

—Entonces debemos encontrar un lugar para los dos.

Klara levantó la cabeza.

—Yo no me quedo sin mamá.

—Tú sí —dijo Lukas.

—No.

—Alguien tiene que cuidar la muñeca.

Klara miró el rostro de su hermano.

Comprendió que estaba asustado.

Le entregó la muñeca.

—Entonces cuídala tú.

Lukas no supo qué hacer.

La sostuvo torpemente.

Klara se abrazó a él.

Por un instante volvieron a parecer niños.

Adler se acercó a una estantería y retiró varios libros.

Detrás había una pequeña puerta.

—Hay una habitación interior.

—¿Para qué? —preguntó Anna.

—Para esconder nombres que todavía respiran.

Abrió.

El espacio apenas tenía una cama, una mesa y un cubo.

—Los niños se quedarán aquí.

—No —protestó Klara.

Anna se arrodilló.

El dolor le hizo apretar los dientes.

—Volveré.

—Siempre dices eso.

La niña había aprendido las palabras de Lukas.

—Esta vez sabes dónde estoy.

—En un ministerio lleno de nazis.

—Eso no ayuda —dijo Adler.

Anna sostuvo el rostro de Klara.

—Necesito hacer esto.

—Por papá.

—Por todos.

Lukas miró la identificación.

—¿Qué tenemos que hacer si no vuelves?

Anna no estaba preparada para aquella pregunta.

Adler respondió:

—Esperar hasta mañana al mediodía. Después salir por la escalera trasera y dirigirse a la estación de metro de Hallesches Tor. Pregunten por una mujer llamada Marta.

—¿Y si no existe?

—Existe.

—¿Y si la detuvieron?

Adler lo miró.

—Entonces tendrás que decidir.

Lukas asintió.

Anna quiso abrazarlo.

El niño permaneció rígido al principio.

Después dejó caer la cabeza sobre su hombro.

—Tráelo —susurró.

—Lo intentaré.

—No. Tráelo.

Anna cerró los ojos.

—Sí.

Era otra mentira.

Pero algunas mentiras eran lo único que permitía dar el siguiente paso.

Adler cerró la habitación secreta.

Guardó los expedientes dentro de una cartera.

—Necesitamos ropa distinta.

Abrió un armario.

Entregó a Anna un abrigo negro y un sombrero.

—Parece de funeral.

—Lo era.

—¿De su esposa?

—Sí.

Anna dudó.

—Póngaselo.

Se vistió.

El abrigo era demasiado grande, pero ocultaba las manchas de sangre.

Adler le dio unos guantes.

—No hable a menos que sea necesario.

—¿Quién soy?

—Mi secretaria.

—¿Cómo me llamo?

—Margarete Hoffmann.

—Viuda de Karl, muerto en Polonia.

Adler la observó.

—Aprende rápido.

—He tenido buenos maestros.

Salieron del edificio por la puerta trasera.

No miraron el automóvil.

Caminaron hacia el centro.

Berlín parecía prepararse para algo.

Los altavoces transmitían órdenes.

Los policías cerraban calles.

Varias unidades militares se dirigían hacia las estaciones.

—¿Qué ocurre? —preguntó Anna.

—Han recibido noticias del frente.

—¿Malas?

—Cuando son buenas, las anuncian. Cuando son malas, detienen gente.

—¿Qué planean hacer?

—Reclutar más hombres. Aumentar la producción. Deportar más trabajadores de los territorios ocupados.

—¿Y los judíos?

Adler continuó caminando.

—Sacarlos de las ciudades.

—¿A todos?

—A todos los que puedan encontrar.

—¿Para enviarlos al este?

—Sí.

—¿Y después?

Adler no respondió.

Anna recordó las palabras de Otto.

Rumores.

Fusilamientos.

Niños.

El Ministerio de Justicia apareció al final de la avenida.

Era un edificio enorme.

Columnas de piedra.

Ventanas oscuras.

Banderas que descendían desde la fachada.

Soldados vigilaban la entrada.

—No podremos pasar —dijo Anna.

—Yo trabajo aquí.

—¿Y yo?

—Usted también, desde hace cinco minutos.

Adler mostró sus credenciales.

El primer guardia las examinó.

Miró a Anna.

—Documentación.

Ella entregó la tarjeta.

—¿Por qué entra a esta hora?

—Trabajo urgente del departamento de ejecuciones —respondió Adler.

El guardia abrió los ojos.

No quiso preguntar más.

Les permitió pasar.

El interior estaba lleno de funcionarios.

Hombres cargando carpetas.

Mujeres escribiendo a máquina.

Mensajeros subiendo escaleras.

Los pasillos no parecían formar parte de una maquinaria de muerte.

Olían a tinta.

Café.

Papel húmedo.

Eso era lo más aterrador.

Las decisiones que destruían familias no se tomaban en salas oscuras.

Se escribían bajo lámparas limpias.

Se sellaban.

Se archivaban.

Se enviaban antes del almuerzo.

Adler caminó sin detenerse.

Anna lo siguió.

—No mire a nadie.

—No estoy mirando.

—Está mirando todo.

—Necesito recordarlo.

Subieron hasta la segunda planta.

Un funcionario salió de una oficina.

—Adler.

Friedrich se detuvo.

El hombre vestía uniforme del partido.

—Creía que estaba enfermo.

—He mejorado.

—¿Quién es ella?

—Margarete Hoffmann. Archivo.

El funcionario miró a Anna.

—No la conozco.

—Eso demuestra que el archivo funciona correctamente.

El hombre no sonrió.

—El director desea verlo.

—Cuando termine.

—Ha dicho inmediatamente.

Adler apretó la cartera.

—¿Ocurre algo?

—Han descubierto una filtración.

Anna sintió que el corazón se aceleraba.

—¿Qué clase de filtración?

—Documentos judiciales en manos de traidores.

El funcionario miró directamente la cartera.

—Entiendo.

—El edificio está cerrado. Nadie puede salir hasta que terminen los registros.

Adler asintió.

—Iré a ver al director.

El hombre se alejó.

Anna esperó hasta que dobló la esquina.

—Tenemos que marcharnos.

—Ya no podemos.

—Los niños están solos.

—Y si corremos hacia la salida nos detendrán.