Chapter 11
ACTO VIII
El hombre que borraba nombres
Berlín no amanecía.
Solo cambiaba de oscuridad.
Durante la noche, las ventanas permanecían cubiertas con telas negras. Por la mañana, el humo de las fábricas y el cielo de invierno impedían que la luz descendiera hasta las calles.
Anna caminaba encorvada.
Cada paso le recordaba los golpes recibidos en la prisión. La espalda le ardía y sentía una punzada bajo las costillas cada vez que respiraba demasiado hondo.
Lukas iba a su lado.
Klara caminaba entre ambos, abrazada a su muñeca.
Los tres llevaban la ropa manchada de barro y sangre.
No podían entrar en ninguna estación.
No podían pedir alojamiento.
No podían acercarse a un hospital.
La Gestapo tenía sus nombres.
Quizá también sus rostros.
Anna sostenía la caja de cerillas dentro del bolsillo.
La dirección escrita en el interior era lo único que les quedaba.
Charlottenstrasse.
Tercer piso.
Puerta diecisiete.
Friedrich Adler.
Un funcionario del Ministerio de Justicia que podía ayudarlos.
O entregarlos.
—¿Cuánto falta? —preguntó Klara.
—Poco.
Era mentira.
Anna no sabía dónde estaban.
Habían evitado las avenidas y los controles siguiendo callejones, patios interiores y pasadizos entre edificios. Cada vez que veían uniformes, cambiaban de dirección.
Las calles estaban llenas de movimiento.
Camiones militares avanzaban hacia las estaciones.
Ambulancias regresaban con heridos.
Patrullas de las SS registraban viviendas.
Grupos de obreros caminaban hacia las fábricas antes del amanecer.
En una esquina, varios hombres retiraban los cristales rotos de una tienda judía cerrada.
El nombre del propietario había sido cubierto con pintura.
No quedaba nada dentro.
Ni mercancía.
Ni muebles.
Ni personas.
Solo la marca más clara en la pared donde antes había estado colgado un letrero.
Anna observó aquel rectángulo vacío.
Así desaparecía la gente.
Primero quitaban el nombre de una puerta.
Después de un registro.
Después de una calle.
Finalmente, de la memoria.
—Mamá.
Lukas señaló el final de la calle.
Un control.
Dos policías examinaban los documentos de los peatones. A su lado había un miembro de las SS con un perro.
Anna giró rápidamente.
—Por aquí.
Entraron en el portal de un edificio.
La puerta no estaba cerrada.
Subieron hasta el primer piso y esperaron en la oscuridad.
A través de los cristales del portal vieron acercarse a los agentes.
—No hagáis ruido —susurró Anna.
El perro se detuvo frente a la puerta.
Comenzó a olfatear.
Klara apretó la muñeca contra su pecho.
El animal levantó la cabeza.
Ladró.
El hombre de las SS tiró de la correa.
—¿Qué pasa?
El perro volvió a ladrar.
El agente miró hacia el interior.
Anna hizo retroceder a los niños.
Se escuchó el sonido de la puerta abriéndose.
El hombre entró.
Sus botas golpearon el suelo de piedra.
Una vez.
Dos.
Tres.
Subió el primer escalón.
Klara comenzó a temblar.
Anna le cubrió la boca.
El agente subió otro escalón.
Entonces se abrió una puerta en el piso superior.
—¿Qué ocurre? —preguntó una voz de mujer.
—Control policial.
—¿Otra vez?
—Vuelva a su vivienda.
—Mi marido trabaja para el Ministerio del Aire.
Silencio.
La mujer descendió.
Llevaba una bata clara y el cabello recogido. Miró al agente.
Después levantó la vista hacia Anna y los niños.
Los vio.
No cambió de expresión.
—El perro ha olido algo —dijo el miembro de las SS.
La mujer señaló el sótano.
—Ratas.
—El perro no persigue ratas.
—Entonces quizá busca el cerdo que robó mi carbón.
El agente la miró con dureza.
Ella no apartó la vista.
—¿Quién vive arriba?
—Mi familia.
—Documentación.
La mujer le entregó sus papeles.
Mientras el agente los examinaba, hizo un gesto mínimo con la mano.
Subid.
Anna comprendió.
Cogió a los niños y ascendió sin hacer ruido.
Llegaron al segundo piso.
La puerta de la mujer estaba abierta.
Entraron.
Anna la dejó entornada.
Desde el pasillo escucharon las voces.
—Todo está en orden —dijo el agente.
—Como ayer.
—Se están buscando fugitivos.
—¿Judíos?
—Terroristas.
—Ahora todos son terroristas.
—Tenga cuidado con lo que dice.
—Mi marido trabaja para el Ministerio del Aire.
La frase funcionó por segunda vez.
El agente salió.
La puerta principal se cerró.
Un minuto después, la mujer entró en la vivienda.
Miró a Anna.
—No podéis quedaros.
—Gracias.
—No os he ayudado.
—Nos ha visto.
—No os he visto.
Se acercó a la ventana y comprobó la calle.
—Marchaos por el patio. Hay una salida hacia la calle trasera.
Anna observó una fotografía sobre una mesa.
Un hombre vestido con uniforme de la Luftwaffe sonreía junto a la mujer.
Había dos niños con ellos.
—¿Su marido sabe que hace esto?
—Mi marido cree que soy una cobarde.
La mujer abrió una puerta lateral.
—Quizá sea mejor que continúe creyéndolo.
Klara se detuvo frente a ella.
—Gracias.
La mujer la miró.
Por primera vez su rostro se suavizó.
—No dejes caer la muñeca.
—Nunca la dejo.
—Eso está bien.
Anna y los niños cruzaron la cocina.
Antes de salir, la mujer sujetó el brazo de Anna.
—¿Tenéis documentos?
—No.
—Entonces no llegaréis lejos.
Abrió un cajón y sacó una cartilla de racionamiento y una identificación.
—Pertenecía a mi hermana.
Anna leyó el nombre.
Margarete Hoffmann.
—No puedo aceptarlo.
—Ella ya no lo necesita.
La mujer cerró el cajón.
Anna comprendió.
—¿La detuvieron?
—Se enamoró de un hombre judío.
—Lo siento.
—Yo también lo sentía. Ahora solo estoy enfadada.
Le entregó los documentos.
—Memorice el nombre.
—Margarete Hoffmann.
—Nació en Leipzig.
—¿Y los niños?
—Son suyos.
—Los apellidos no coinciden.
—Diga que son de su primer marido.
—¿Cómo se llamaba?
La mujer pensó.
—Karl.
—¿Dónde está?
—Muerto en Polonia.
Anna guardó la documentación.
La mujer abrió la salida del patio.
—Ahora ya es viuda de guerra. La gente hace menos preguntas a las viudas.
Salieron.
La puerta se cerró detrás de ellos.
Anna no sabía cómo se llamaba aquella mujer.
Quizá era mejor.
Los nombres salvaban vidas.
También las destruían.
Continuaron avanzando.
Al llegar a Charlottenstrasse, la ciudad ya estaba despierta.
Las aceras estaban llenas.
Había colas frente a las panaderías.
Mujeres con cartillas de racionamiento.
Ancianos esperando carbón.
Soldados con permiso caminando junto a muchachas.
Heridos que regresaban del frente con muletas.
En las paredes, los carteles prometían una victoria inevitable.
Los rostros de los soldados impresos parecían limpios.
Fuertes.
Felices.
Ninguno se parecía a los hombres que Anna había visto descender de los trenes.
—Es aquí —dijo Lukas.
El edificio tenía seis plantas.
La fachada estaba ennegrecida por el humo.
No había placa.
No había portero.
Anna comprobó la caja.
Tercer piso.
Puerta diecisiete.
Entraron.
La escalera olía a col hervida.
En el primer piso lloraba un niño.
En el segundo, alguien escuchaba un discurso por la radio.
La voz de Hitler atravesaba la puerta.
Hablaba de sacrificio.
De enemigos.
De destino.
Anna siguió subiendo.
En el tercer piso encontró la puerta.
Diecisiete.
Llamó.
Nadie respondió.
Volvió a llamar.
—Quizá no está —dijo Lukas.
Anna apoyó el oído.
Dentro se escuchaba algo.
Una respiración.
O el roce de una tela.
—Señor Adler.
Silencio.
—Vengo de parte de Otto.
La puerta se abrió unos centímetros.
Un hombre apuntaba con una pistola.
Era mayor de lo que Anna había imaginado.
Tendría cerca de sesenta años.
Llevaba una camisa blanca abrochada hasta el cuello y unos pantalones oscuros sujetos con tirantes. Tenía el cabello completamente gris.
—Otto está muerto —dijo.
Anna no respondió.
Había sabido que era posible.
Escucharlo lo convirtió en verdad.
—Me dio su dirección antes de que entrara la policía.
Adler observó a los niños.
—¿Quién es usted?
—Anna Gruber.
La pistola descendió.
—Dios.
—No.
—Creía que la habían detenido.
—Todavía no.
—Eso significa que la han seguido.
Miró el pasillo.
Después abrió.
—Entren.
La vivienda era pequeña.
No tenía adornos.
Había expedientes amontonados sobre una mesa y libros jurídicos en todas las paredes.
Un abrigo de mujer colgaba junto a la entrada.
Sobre una repisa había una fotografía de Adler con una mujer y una joven.
Anna miró las habitaciones.
—¿Está solo?
—Sí.
—¿Su familia?
Adler cerró la puerta.
—Mi esposa murió hace tres años.
—¿Y su hija?
—No haga preguntas que no necesita hacer.
Las mismas palabras que utilizaban todos los que habían perdido a alguien.
Adler guardó la pistola.
—Siéntese.
Anna no lo hizo.
—Mi marido está en una prisión militar.
—Lo sé.
—Matthias Gruber.
—He dicho que lo sé.
El hombre fue hasta la mesa y buscó entre los expedientes.
Sacó una carpeta.
El nombre de Matthias estaba escrito en la parte superior.
Anna avanzó.
—¿Por qué tiene eso?
—Porque llevo semanas intentando descubrir por qué un campesino austríaco ha pasado de ser un caso menor de insubordinación a convertirse en un asunto supervisado por las SS.
—¿Qué ha descubierto?
Adler abrió la carpeta.
Había fotografías.
Informes.
Copias de interrogatorios.
Cartas de Anna.
Cartas de Matthias.
Una imagen de la granja tomada después del registro.
Otra de Lukas en la escuela.
Otra de Klara saliendo de una iglesia.
Anna sintió que el aire desaparecía.
—Nos han vigilado.
—Durante años.
—¿Por qué?
—Porque su marido no se limitó a negarse.
—No hizo nada más.
—Precisamente.
Adler tomó una hoja.
—No pertenece a un partido. No es comunista. No es religioso. No forma parte de un movimiento organizado. No ha jurado lealtad a ninguna ideología rival.
—Es campesino.
—Eso lo hace peligroso.
—No lo entiendo.
—El régimen puede explicar a un comunista. Puede llamarlo traidor. Puede explicar a un sacerdote. Puede llamarlo fanático. Puede explicar a un espía. Pero su marido solo dijo que no quería matar ni obedecer a hombres en quienes no creía.
Adler dejó la hoja sobre la mesa.
—Si una persona corriente puede negarse, otras también podrían hacerlo.
—Por eso quieren que firme.
—No solo eso.
Sacó otro documento.
—Quieren que hable.
—¿Ante un tribunal?
—Ante una cámara.
Anna lo miró.
—¿Qué cámara?