El último tren del invierno Chapter 10 #3
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Chapter 10 #3

Durante años había sido Anna quien lo arrastraba para mantenerlo con vida.

Ahora era él quien impedía que se quedara atrás.

Las linternas se acercaban.

Un disparo recorrió el túnel.

La bala golpeó una tubería.

El agua salió con fuerza.

Klara gritó.

Llegaron a una escalera.

Helena levantó una tapa metálica.

Salieron a un patio interior.

Había ropa tendida y cubos abandonados.

La ciudad seguía llena de sirenas.

—Separémonos —dijo Helena—. Será más difícil seguirnos.

—¿Adónde llevo a los niños?

—A la dirección de la caja.

—Dijiste que Adler podía habernos traicionado.

—No existe ningún lugar seguro.

Helena entregó la niña enferma a su madre.

—Yo las llevaré hacia el río.

—¿Volveremos a vernos? —preguntó Anna.

—No hagas preguntas cuyas respuestas no podemos soportar.

Se abrazaron.

Fue un gesto rápido.

Casi violento.

Después Helena desapareció con la mujer y su hija por una calle lateral.

Anna se quedó sola con Lukas y Klara.

La caja de cerillas permanecía apretada en su mano.

La dirección los conducía hacia el centro de Berlín.

Precisamente hacia donde aumentaban los controles.

—Tenemos que movernos —dijo.

Lukas observó la sangre de su rostro.

—Necesitas un médico.

—Necesito encontrar a Adler.

—La resistencia ha dicho que no puede ayudarnos.

—Él todavía puede.

—O puede entregarnos.

—Sí.

Klara miró a su madre.

—¿Volveremos con papá?

Anna pensó en la mano de Matthias.

En la pluma tocando el documento.

En el juicio suspendido.

En los trenes preparados para marchar hacia el este.

En Otto quemando nombres mientras la policía derribaba la puerta.

—Volveremos a buscarlo.

—Eso no es lo que he preguntado.

Anna se arrodilló con dificultad.

Sostuvo el rostro de su hija.

—No sé si conseguiremos sacarlo.

Klara comenzó a llorar.

—Pero él sabe que estamos aquí —continuó Anna—. Y nosotros sabemos que sigue vivo.

Lukas contempló la calle.

Una columna de vehículos militares avanzaba hacia el este.

Los camiones transportaban soldados envueltos en mantas. Algunos tenían vendajes. Otros parecían demasiado jóvenes.

En dirección contraria, otro convoy llevaba familias judías hacia la estación.

Los soldados iban hacia la guerra.

Los judíos iban hacia un destino del que nadie regresaba para contar la verdad.

Alemania se movía en dos direcciones.

Hacia fuera, conquistando.

Hacia dentro, destruyéndose.

Anna se puso en pie.

Guardó la caja de cerillas.

Tomó a Klara de la mano.

Lukas caminó a su lado.

No delante.

No detrás.

A su lado.

Comenzaron a avanzar hacia el centro de Berlín.

Detrás de ellos, el humo del almacén se mezclaba con el de las fábricas.

Delante, las sirenas anunciaban nuevos controles.

Y en algún lugar bajo la prisión, Matthias sostenía una pluma sobre una hoja que podía salvarle la vida y destruir aquello que había intentado proteger durante cuatro años.

La primera letra de su nombre permanecía escrita sobre el papel.

M.

Matthias dejó la pluma.

Keller observó la letra incompleta.

—Continúe.

Matthias miró el túnel.

Podía firmar.

Podía salir.

Podía buscar a Anna.

No sabía que ella estaba herida.

No sabía que la resistencia había sido destruida.

No sabía que las calles se llenaban de familias destinadas a trenes que viajaban hacia el este.

Solo sabía que su esposa le había pedido que viviera.

Volvió a coger la pluma.

—¿Qué ocurrirá después de firmar?

—Será trasladado.

—¿Adónde?

—A una unidad militar.

—¿En el frente oriental?

Keller sonrió.

—Alemania necesita hombres.

—¿Y si me niego a disparar allí?

—Entonces volveremos a tener esta conversación.

Matthias miró la hoja.

—No. La próxima vez ya no necesitarán hablar.

—Está aprendiendo.

—No.

Dejó la pluma sobre la caja.

—Estoy comprendiendo que no quieren mi firma.

Keller endureció el rostro.

—¿Qué queremos?

—Que mi familia vea que me he rendido.

—Su familia quiere que viva.

—Eso es lo que hace que funcione.

Keller se acercó.

—La guerra está cambiando, Gruber. Alemania se enfrenta a enemigos por todas partes. Ya no podemos tolerar hombres que duden.

—Entonces estáis perdiendo.

El oficial lo golpeó.

Matthias cayó contra la pared.

—Alemania controla Europa.

Matthias se limpió la sangre de la boca.

—Y aun así tenéis miedo de un campesino.

Keller sacó la pistola.

Durante unos segundos pareció dispuesto a disparar.

Después la guardó.

—Llévenlo arriba.

Los soldados levantaron a Matthias.

—¿Al juicio?

—No.

Keller dobló la declaración.

La guardó en la carpeta.

—Su esposa nos ha conducido hasta una parte de la resistencia. Todavía puede ser útil.

Matthias dejó de forcejear.

—¿Qué le habéis hecho?

—Nada que ella no haya elegido.

—¿Dónde están mis hijos?

—Eso depende de cuánto esté dispuesto a contarnos.

Matthias comprendió el nuevo plan.

Ya no querían matarlo inmediatamente.

Querían utilizarlo.

Querían convertir a Anna en su debilidad.

A sus hijos en una amenaza.

A su amor en una herramienta.

Los soldados lo empujaron por el túnel.

Matthias comenzó a subir las escaleras.

No sabía hacia dónde lo llevaban.

Pero por primera vez desde su detención comprendió que la muerte quizá no fuera lo peor que los nazis habían preparado para él.