El último tren del invierno Chapter 10 #2
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Chapter 10 #2

—El oficial reconoció tu nombre.

La cicatriz.

La sonrisa.

La familia del campesino.

No había sido una casualidad.

La habían esperado.

—Nos han seguido.

—Es posible.

Los hombres comenzaron a moverse.

Recogieron los mapas.

Guardaron los documentos dentro de cajas.

—Tenemos que evacuar el almacén —ordenó Otto.

—¿Adónde?

—A distintos lugares.

—Yo no me marcho.

—No puedes quedarte.

—Regresaré a la prisión sola.

Otto la agarró por los hombros.

—Escúchame. Alemania está cambiando.

—Lleva años cambiando.

—No así.

Señaló el mapa de Europa.

Casi todo estaba cubierto por marcas alemanas.

Francia.

Polonia.

Países Bajos.

Noruega.

Austria.

Checoslovaquia.

Una parte enorme de la Unión Soviética.

—El régimen controla más territorio del que puede vigilar —continuó—. Necesita soldados, trenes, combustible y trabajadores. Necesita eliminar cualquier resistencia dentro de Alemania mientras continúa la guerra fuera.

—Entonces está debilitándose.

—Sí.

—Podemos aprovecharlo.

—También se está volviendo más peligroso.

Otto señaló el este.

—El ejército no ha tomado Moscú. Los rusos han contraatacado. Miles de soldados alemanes han muerto congelados. La guerra que prometieron ganar en pocos meses continuará durante años.

—¿Y eso qué tiene que ver con Matthias?

—Todo. Cuando un régimen empieza a descubrir que puede perder, necesita demostrar que todavía controla algo.

Anna miró las marcas del mapa.

—¿A quién?

—A sus propios ciudadanos. A los prisioneros. A los judíos. A cualquiera que pueda convertirse en ejemplo.

Helena sacó una carpeta.

Dentro había copias de órdenes ferroviarias.

—Están preparando más trenes.

—¿Para soldados?

—No.

Colocó una hoja sobre la mesa.

Había fechas.

Números de vagones.

Estaciones.

Cantidades de personas.

El destino aparecía escrito de manera incompleta.

ESTE.

—¿Qué significa?

—Deportaciones —dijo Helena—. Familias enteras.

Anna recordó los camiones.

Los ancianos.

La niña enferma.

—¿Adónde los llevan?

—A guetos. Campos de trabajo. Territorios ocupados.

Otto y Helena se miraron.

Anna vio que ocultaban algo.

—¿Qué más?

—Llegan rumores —respondió Otto.

—¿Qué rumores?

—Fusilamientos masivos detrás del frente.

—¿De soldados?

—De judíos.

Anna sintió que el almacén se inclinaba.

—¿Mujeres?

—Sí.

—¿Niños?

Otto no respondió.

—¿Niños?

—Sí.

Klara sostenía su muñeca a pocos metros.

La madre judía abrazó con más fuerza a su hija.

—Eso no puede ser una orden —dijo Anna.

—Lo es.

—Ni siquiera ellos…

No terminó.

Había pasado años intentando encontrar un límite.

Una línea que los nazis no cruzarían.

Cada vez que creía haberla encontrado, ellos daban un paso más.

—¿Qué pretenden hacer con todos los judíos? —preguntó.

Helena bajó la voz.

—Creemos que quieren sacarlos de Alemania.

—¿Y después?

—No lo sabemos completamente.

—Pero lo sospecháis.

Otto guardó las órdenes.

—En enero hubo una reunión cerca de Berlín. Altos cargos del gobierno, la policía y las SS.

—¿Qué decidieron?

—No tenemos el documento completo.

—¿Qué sabéis?

—Que están coordinando algo para toda Europa. No se trata de arrestos aislados. Ni de expulsarlos de una ciudad. Quieren localizar a todos los judíos de los territorios que controlan, clasificarlos y enviarlos hacia el este.

—¿Para trabajar?

—Eso dirán.

Anna miró a la niña enferma.

Apenas podía sostener la cabeza.

—Ella no puede trabajar.

—Precisamente.

La madre comprendió.

Comenzó a llorar sin hacer ruido.

Anna volvió a mirar el mapa.

Millones de personas vivían dentro de aquella extensión cubierta por marcas.

Hasta entonces había imaginado el régimen como una mano cerrándose alrededor de Matthias.

Después alrededor de su familia.

Ahora veía algo mayor.

Una mano extendida sobre el continente.

Una mano intentando cerrar todos los dedos al mismo tiempo.

—Tenemos que avisar a la gente.

—Lo intentamos —dijo Helena.

—¿A quién?

—Iglesias. Diplomáticos. Periodistas extranjeros. Redes de otros países.

—¿Nos creen?

—Algunos.

—¿Y los demás?

—Dicen que es demasiado monstruoso para ser cierto.

Anna comprendió aquella reacción.

Ella misma la había sentido.

Las personas podían aceptar una mentira porque parecía razonable.

A veces rechazaban la verdad porque era demasiado terrible.

Una campana sonó en el exterior.

Una vez.

Después dos.

Otto levantó la cabeza.

—Nos han encontrado.

Los miembros de la resistencia apagaron las lámparas.

Un hombre abrió una trampilla en el suelo.

—Todos abajo.

—¿Adónde conduce? —preguntó Anna.

—A las alcantarillas.

Sonaron golpes en la puerta principal.

—¡Policía! ¡Abran!

La madre judía intentó levantar a su hija.

No pudo.

Anna la ayudó.

—Primero los niños —ordenó Otto.

Lukas descendió.

Klara lo siguió.

La mujer entregó a su hija a Helena.

Los golpes se hicieron más fuertes.

—¡Abran inmediatamente!

Anna se acercó a la trampilla.

Otto permanecía junto a la mesa quemando papeles.

—Ven.

—Tengo que destruir esto.

—No hay tiempo.

—Si encuentran los nombres, morirán más personas.

—Elise dijo que no entregáramos también la culpa.

Otto sonrió.

—Elise decía muchas cosas cuando no era ella quien tenía que quedarse.

Las puertas comenzaron a ceder.

—Baja —ordenó.

Anna no se movió.

—Puedo ayudarte.

—Tus hijos están esperando.

—También Matthias.

—No puedes estar en dos lugares.

Era la misma verdad que Lukas había intentado explicarle.

Anna miró la trampilla.

Después la puerta.

Por primera vez comprendió que la resistencia no era una puerta que se abría cuando alguien necesitaba ayuda.

Era una habitación incendiándose mientras las personas decidían qué documento salvar, qué nombre borrar y quién debía quedarse atrás.

—Busca a un hombre llamado Friedrich Adler —dijo Otto.

—¿Quién es?

—Trabaja en el Ministerio de Justicia.

—¿Puede ayudar a Matthias?

—Puede saber qué han decidido hacer con los prisioneros de la cárcel.

—¿Dónde lo encuentro?

Otto le entregó una caja de cerillas.

En la parte interior había una dirección escrita con lápiz.

—No vayas directamente.

—¿Por qué?

—Porque puede que ya trabaje para ellos.

—¿Entonces por qué me lo das?

—Porque también puede ser nuestra última posibilidad.

La puerta se abrió de golpe.

Sonaron disparos.

Otto empujó a Anna hacia la trampilla.

Ella cayó.

Helena cerró la tapa sobre su cabeza.

La oscuridad los envolvió.

Arriba se escucharon gritos.

Muebles arrastrados.

Cristales rotos.

Después varios disparos.

Klara se tapó los oídos.

—¿Otto viene?

Nadie respondió.

—¿Va a venir?

Anna abrazó a su hija.

—Tenemos que avanzar.

—Pero Otto…

—Ahora.

Caminaron por el túnel.

El agua les llegaba hasta los tobillos.

Olía a barro, desperdicios y podredumbre.

Helena llevaba a la niña enferma.

La madre avanzaba detrás, tropezando.

Lukas caminaba delante de Anna.

No le daba la mano.

El túnel se dividió.

Helena consultó unas marcas en la pared.

—A la izquierda.

Detrás de ellos se abrió la trampilla.

Una luz atravesó la oscuridad.

—¡Se han metido en el túnel!

Los soldados comenzaron a bajar.

—Corred —ordenó Helena.

Anna lo intentó.

El dolor de la espalda regresó.

Cada paso era una herida.

Lukas se volvió.

—Dame la mano.

Anna se la dio.

El niño tiró de ella.