Chapter 10
ACTO VII
La ciudad que cerraba sus puertas
Anna despertó dentro de la furgoneta con un dolor que parecía haber ocupado todo su cuerpo.
No sabía cuánto tiempo había permanecido inconsciente.
Al abrir los ojos, lo primero que vio fue el techo metálico temblando sobre ella. Después distinguió los rostros.
Klara estaba acurrucada en un rincón.
Lukas permanecía sentado junto a la puerta trasera.
La mujer judía sostenía a su hija enferma contra el pecho.
Ninguno hablaba.
El motor rugía.
La furgoneta avanzaba a gran velocidad por calles estrechas, girando bruscamente cada vez que aparecía un control.
Anna intentó incorporarse.
Una punzada le atravesó la espalda.
—Despacio —dijo la mujer—. La han golpeado.
Anna se tocó la boca.
Tenía sangre seca en los labios.
Recordó el patio.
Los disparos.
La celda.
La mano de Matthias extendiéndose hacia ella.
La hoja.
La pluma.
Después recordó lo último que había escuchado.
El juicio ha sido suspendido.
Ya no será necesario.
Se sentó de golpe.
—Tenemos que regresar.
Lukas levantó la cabeza.
—No.
—Tu padre está allí.
—Nos están buscando.
—Puede que lo ejecuten.
Klara comenzó a llorar.
—No digas eso.
Anna cerró los ojos.
Había olvidado que su hija todavía era una niña.
La guerra no lo olvidaba nunca.
La guerra sabía exactamente dónde golpear.
—No sé qué van a hacerle —corrigió—. Por eso tengo que regresar.
—No puedes caminar —dijo Lukas.
—Puedo.
Intentó ponerse de pie.
La furgoneta tomó una curva.
Anna perdió el equilibrio y cayó sobre una rodilla.
El dolor la dejó sin aire.
Lukas no se movió para ayudarla.
La miraba con una dureza nueva.
No era crueldad.
Era cansancio.
—Tú también dijiste que no sabías qué iban a hacer —continuó el niño—. Entraste de todas formas. Klara y yo tuvimos que seguirte.
—Os dije que esperarais.
—Siempre nos dices que esperemos mientras tú desapareces.
—Entré para encontrar a vuestro padre.
—Y casi nos matan.
La mujer judía bajó la mirada.
Anna se agarró a uno de los laterales.
—Lukas…
—Papá eligió no obedecer. Tú eliges buscarlo. ¿Cuándo puede elegir alguien quedarse con nosotros?
La pregunta permaneció entre ellos.
Anna abrió la boca.
No encontró ninguna respuesta que no pareciera una excusa.
Golpeó la pared que separaba la parte trasera de la cabina.
—¡Detenga el vehículo!
El conductor no respondió.
Volvió a golpear.
—¡Deténgase!
Una pequeña ventanilla se abrió.
Helena apareció al otro lado.
Seguía llevando el uniforme militar. Tenía una herida en la frente.
—Si nos detenemos, nos encontrarán.
—Necesito regresar.
—Las SS están cerrando la ciudad.
—Matthias sigue en la prisión.
—Y nosotros no podemos sacarlo.
—La resistencia puede hacerlo.
Helena la miró en silencio.
—¿Verdad?
—No.
Anna sintió que aquella palabra dolía más que los golpes.
—Tenéis hombres. Documentos. Uniformes.
—Hemos perdido dos refugios esta mañana.
—Conseguimos entrar una vez.
—Porque había confusión.
—Todavía la hay.
—Ya no. Ahora saben que hubo una fuga y que alguien ayudó a los prisioneros.
—Entonces debemos actuar antes de que recuperen el control.
—No podemos.
—No queréis.
Helena cerró los ojos durante un instante.
—Marek está muerto. Greta sigue desaparecida. Tres de nuestros enlaces fueron detenidos esta noche. La imprenta fue destruida y la Gestapo tiene una de nuestras listas.
—¿Qué lista?
—Nombres.
Anna miró a sus hijos.
—¿El mío?
—Probablemente.
—¿Y el de ellos?
—No lo sé.
Otra vez.
No lo sé.
Aquellas palabras habían acompañado a Anna desde la montaña.
Ahora comprendía que no siempre eran una forma de indiferencia.
A veces eran lo único que quedaba cuando la verdad era demasiado peligrosa.
—Necesito hablar con Elise —dijo.
Helena apartó la vista.
—No sabemos dónde está.
—Estaba en el refugio.
—La detuvieron.
Anna permaneció inmóvil.
—¿Cuándo?
—Antes del amanecer.
—¿Está viva?
Helena no respondió.
No hacía falta.
La furgoneta continuó avanzando.
A través de una abertura en la puerta, Anna vio las calles.
Habían cambiado en pocas horas.
Los cruces estaban bloqueados.
Los tranvías permanecían detenidos.
Había soldados frente a los edificios públicos y patrullas de las SS registrando vehículos.
En las aceras se acumulaban maletas abandonadas.
Una tenía ropa infantil esparcida alrededor.
Otra se había abierto y dejaba ver platos envueltos en periódicos.
Objetos preparados para un viaje del que sus dueños no conocían el destino.
La furgoneta frenó.
Todos se inclinaron hacia delante.
—Control —dijo Helena.
El conductor apagó el motor.
Se escucharon botas acercándose.
La niña enferma comenzó a toser.
Su madre le cubrió la boca con una manta.
—No puede respirar —susurró Anna.
—Si la oyen, nos encontrarán.
La tos continuó.
Más fuerte.
La mujer apretó la manta.
La niña forcejeó.
Anna agarró la muñeca de la madre.
—La asfixiará.
—Nos matarán a todos.
—Suéltela.
—No.
Anna tiró de la manta.
La niña inhaló con desesperación.
La tos llenó el vehículo.
Las botas se detuvieron junto a la puerta.
Nadie se movió.
Sonaron dos golpes.
—¡Abran!
El conductor respondió desde la cabina.
—Transporte sanitario.
—Documentación.
Helena entregó unos papeles.
Hubo unos segundos de silencio.
—¿Qué llevan detrás?
—Material contaminado procedente de una clínica.
La niña volvió a toser.
El soldado escuchó.
—Eso no parece material.
—Es una paciente con tifus.
La palabra produjo un cambio inmediato.
Los pasos retrocedieron.
—¿Tifus?
—Confirmado esta mañana.
—¿Por qué no está marcado el vehículo?
—Nos atacaron cerca del hospital.
El soldado no abrió la puerta.
Nadie quería encontrarse con una enfermedad que no distinguía uniformes.
—Continúen.
El motor arrancó.
Cuando se alejaron, la madre besó la frente de su hija.
—Perdóname.
La niña no respondió.
Estaba demasiado débil.
Anna observó a la mujer.
No podía juzgarla.
El miedo podía transformar una mano protectora en una mano capaz de hacer daño.
Ella misma había golpeado a Lukas.
Había pedido a Matthias que firmara.
Había estado dispuesta a abandonar a desconocidos.
Nadie atravesaba aquella guerra sin convertirse durante algunos segundos en alguien a quien después costaba reconocer.
La furgoneta abandonó las avenidas principales.
Entró en un barrio de fábricas.
El humo de las chimeneas cubría el cielo.
Había obreros caminando en silencio hacia los talleres.
Algunos vestían ropas marcadas con letras.
Prisioneros de guerra.
Trabajadores forzados.
Hombres procedentes de Polonia, Francia, la Unión Soviética y otros países ocupados.
La maquinaria alemana continuaba funcionando porque millones de personas eran obligadas a alimentarla.
En una pared había un cartel enorme.
VICTORIA EN EL ESTE.
Debajo, alguien había escrito con carbón:
¿ENTONCES POR QUÉ REGRESAN TANTOS TRENES VACÍOS?
Un soldado vigilaba mientras dos hombres borraban la frase.
La furgoneta entró en un almacén abandonado.
Las puertas se cerraron detrás.
Helena abrió la parte trasera.
—Bajad.
Anna puso un pie en el suelo.
Las piernas no la sostuvieron.
Lukas la agarró.
Lo hizo sin mirarla.
—Gracias.
El niño soltó su brazo en cuanto recuperó el equilibrio.
Dentro del almacén había unas veinte personas.
Algunas estaban heridas.
Otras esperaban alrededor de una mesa cubierta de mapas, documentos y armas.
Anna reconoció a Otto, el ferroviario al que le faltaban dos dedos.
Tenía el brazo vendado.
—¿Dónde está Elise? —preguntó.
Otto miró a Helena.
—Se lo he contado —dijo ella.
—Necesito saber qué ha ocurrido.
Otto se acercó lentamente.
—La Gestapo entró en la lavandería antes de las cuatro.
—¿Quién habló?
—No lo sabemos.
—¿Greta?
—Puede ser.
—Greta nunca hablaría.
—Todos hablamos.
La respuesta de Elise.
Todos tenemos un punto.
Anna miró las mesas.
—Tenemos que organizar una operación en la prisión.
Nadie contestó.
—Matthias está vivo —continuó—. Lo he visto.
Otto bajó la cabeza.
—Me alegro.
—Las SS lo han sacado de la celda.
—Anna…
—Lo llevan a un sótano o a un túnel. El juicio ha sido suspendido.
—No tenemos hombres suficientes.
—No necesitamos muchos. Helena puede entrar con el uniforme. Yo ya conozco el bloque.
—Después de lo ocurrido habrán cambiado a los guardias.
—Podemos cortar la electricidad.
—No controlamos esa zona.
—Provocar otro incendio.
—Han rodeado el edificio.
—Atacar el transporte cuando lo saquen.
Otto guardó silencio.
Anna comprendió que no estaba considerando sus propuestas.
Esperaba que terminara.
—Di algo.
—No podemos ayudarte.
—No puedes decirme eso.
—Acabo de hacerlo.
—La resistencia existe para salvar personas.
—Existe para resistir.
—¿Cuál es la diferencia?
—Que no podemos salvar a todos.
—No te pido que salves a todos.
La frase salió antes de que pudiera detenerla.
Los presentes la escucharon.
También la madre judía.
También Lukas.
Anna sintió vergüenza.
—Te pido que salvemos a un hombre —añadió.
—Todos vienen a nosotros pidiendo lo mismo —respondió Otto—. Un marido. Una madre. Un hermano. Para cada persona es solo una vida. Para nosotros son cientos de operaciones imposibles.
—Matthias se negó a servirles.
—Y por eso lo respetamos.
—El respeto no abrirá su celda.
—Tampoco un grupo de hombres muertos.
Anna golpeó la mesa.
—¡Todavía está vivo!
El almacén quedó en silencio.
Otto se acercó.
—Precisamente por eso quieren que actuemos.
—¿Qué quieres decir?
—La prisión no se incendió por accidente.
—Un camión explotó.
—El combustible estaba lejos del fuego.
—Hubo una revuelta.
—Comenzó demasiado rápido.
Helena cerró las puertas interiores.
—Creemos que fue una provocación —dijo—. Dejaron una entrada sin vigilancia. Trasladaron prisioneros durante una redada. Permitieron que el caos creciera.
Anna recordó la puerta lateral.
Las trabajadoras.
La caja vacía.
La facilidad con que había entrado.
Había querido creer que había sido valiente.
Tal vez simplemente le habían abierto el camino.
—¿Por qué?
Otto señaló los documentos de la mesa.
—Porque saben que la resistencia está ayudando a los perseguidos. Necesitan nombres, refugios y rutas. Han utilizado la prisión como cebo.
—¿Matthias era el cebo?
—Puede que tú lo fueras.
Anna sintió náuseas.
—No sabían que estaba en la ciudad.