El último tren del invierno Chapter 9 #4
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Chapter 9 #4

Corrieron bajo los disparos.

Un vehículo de las SS apareció detrás.

Helena aceleró.

La motocicleta derrapó al doblar la esquina.

Anna siguió corriendo.

Llegaron a la furgoneta.

El conductor abrió la puerta.

Era uno de los hombres de la resistencia.

—¡Dentro!

Subieron.

La furgoneta arrancó.

El vehículo de las SS apareció al final de la calle.

Dispararon.

Una bala atravesó la puerta trasera.

La madre cubrió a su hija.

Otra bala rompió el cristal.

El conductor giró bruscamente.

La furgoneta chocó contra un puesto de madera.

Siguió avanzando.

—¿Adónde vamos? —preguntó Anna.

—Fuera de la ciudad.

—No.

—Van a cerrar las carreteras.

—Tengo que volver a la prisión.

El conductor la miró por el espejo.

—¿Está loca?

—Mi marido será juzgado.

—Después de lo ocurrido, puede que no haya juicio.

Anna sintió que todo el aire desaparecía.

—¿Qué significa?

—Las SS han tomado el control de la prisión. Puede que ejecuten a los prisioneros problemáticos antes de evacuarla.

—Detenga el vehículo.

—No.

—¡Deténgalo!

Intentó abrir la puerta.

Lukas la sujetó.

—Mamá.

—Tengo que volver.

—Nos matarán.

—Vuestro padre está allí.

—Nosotros estamos aquí.

Anna forcejeó.

Lukas no la soltó.

—Me dijiste que tenía que cuidar de Klara.

—Sí.

—Tú tienes que cuidar de nosotros.

Anna miró a sus hijos.

La furgoneta seguía alejándose.

A través de la ventana vio las torres de la prisión detrás del humo.

Una de ellas estaba ardiendo.

Sonaron más disparos.

Después una explosión.

No sabía si Matthias seguía en su celda.

No sabía si lo habían trasladado.

No sabía si el juicio tendría lugar.

Una vez más, la distancia comenzaba a crecer entre ellos.

Pero esta vez había escuchado su voz.

Había visto su rostro.

Había estado a punto de tocar su mano.

Y Matthias sabía que ella estaba viva.

Dentro de la prisión, el humo comenzó a entrar por debajo de la puerta.

Yo seguía golpeando la madera.

—¡Anna!

Nadie respondió.

Los disparos se acercaban.

En el pasillo corrían hombres.

Algunos eran guardias.

Otros prisioneros.

Escuché cómo abrían varias celdas.

Después una voz:

—¡Sacad a los condenados!

Las llaves llegaron hasta mi puerta.

Me aparté.

La cerradura giró.

Dos miembros de las SS entraron.

El primero llevaba una carpeta.

El segundo sostenía una pistola.

—Matthias Gruber.

—Sí.

—Viene con nosotros.

—¿Adónde?

—El juicio ha sido suspendido.

Sentí algo parecido al alivio.

Duró un segundo.

El hombre sonrió.

—Ya no será necesario.

Me esposaron.

En el pasillo había otros cuatro prisioneros.

Uno era anciano.

Otro apenas podía caminar.

Nos llevaron hacia una escalera trasera.

No hacia el patio.

No hacia los camiones.

Hacia el sótano.

Comprendí.

No iban a trasladarnos.

Nos alejaban del caos para que nadie viera lo que iban a hacer.

Pensé en Anna.

En sus dedos al otro lado de la puerta.

En su voz pidiéndome que firmara.

Por primera vez deseé haberlo hecho.

No por miedo a morir.

Por miedo a que ella creyera que había vuelto a abandonarla.

Bajamos el primer tramo.

Después el segundo.

El sonido de los disparos desapareció.

El sótano olía a humedad.

Al final del corredor había una puerta metálica.

Uno de los prisioneros comenzó a rezar.

Otro se orinó encima.

Yo pensé en la montaña.

No como un lugar hermoso.

Como un camino.

El sendero que descendía hasta el valle.

Anna alejándose.

Los niños detrás.

Yo no había visto aquella escena.

Pero la imaginé.

Quizá porque siempre supe que ella tendría que cargar con el camino que yo había elegido.

El guardia abrió la puerta metálica.

Detrás no había una sala de ejecución.

Había un túnel.

Estrecho.

Oscuro.

Un oficial esperaba junto a varios soldados.

Era Keller.

No lo había visto desde los primeros interrogatorios.

Seguía teniendo el mismo rostro tranquilo.

—Señor Gruber.

—Creí que estaría en el juicio.

—Los acontecimientos han cambiado.

—¿Van a matarnos aquí?

—Eso dependerá de usted.

Sacó una hoja.

La misma declaración.

La colocó sobre una caja.

Después dejó una pluma.

—Firme y saldrá por este túnel.

Miré a los otros prisioneros.

—¿Y ellos?

—No forman parte de su decisión.

—Entonces tampoco yo.

Keller se acercó.

—Su esposa ha venido.

—Lo sé.

—Sus hijos también.

—Lo sé.

—Están en las calles mientras las SS realizan una operación de limpieza.

Apreté los puños.

—¿Están vivos?

—Por ahora.

—¿Dónde?

—Firme.

—Dígame dónde están.

—Firme y podrá buscarlos.

Miré la hoja.

Aquello ya no era una amenaza contra un recuerdo.

Anna estaba fuera.

Lukas.

Klara.

La ciudad ardía.

Quizá necesitaban que yo viviera.

Quizá mi negativa ya no era resistencia.

Quizá era orgullo.

Cogí la pluma.

Keller sonrió.

La punta tocó el papel.

Pensé en la voz de Anna.

Estarías vivo.

Después pensé en Lukas levantando el brazo para salvar a su hermana, aunque yo todavía no sabía que lo había hecho.

Pensé en todas las formas distintas que podía adoptar la resistencia.

La pluma tembló entre mis dedos.

Por primera vez desde mi detención, no sabía cuál de las dos decisiones era la más valiente.

Y mientras la prisión ardía sobre nuestras cabezas, comencé a escribir la primera letra de mi nombre.