Chapter 9 #3
—Porque si firmo, ellos podrán decir que incluso yo comprendí que tenían razón.
—No tienen razón.
—Lo sabemos nosotros.
—Eso debería bastar.
—¿Basta para Lukas?
Anna pensó en su hijo levantando el brazo en el control.
En su vergüenza.
En la furia con la que defendía el nombre de su padre.
—Lukas necesita un padre, no un mártir.
Matthias respiró al otro lado.
—¿Él me odia?
Anna no respondió de inmediato.
—A veces.
—Tiene derecho.
—También te quiere.
—Eso es peor.
Los pasos doblaron la esquina.
Anna vio dos guardias.
—Tengo que irme.
—No.
Era la primera vez que Matthias lo decía con desesperación.
—Anna, espera.
—Volveré.
—No prometas eso.
—Te veré en el juicio.
—No sé si te dejarán entrar.
—Encontraré la forma.
Los guardias la vieron.
—¡Alto!
Anna se apartó de la puerta.
—¡Los niños están fuera! —gritó.
—Anna.
La voz de Matthias atravesó la madera.
—¡No dejes que me conviertan en algo que no soy!
Los guardias corrieron hacia ella.
—¿Qué significa?
—¡No soy valiente!
Uno de los hombres agarró a Anna.
Ella forcejeó.
—¡Matthias!
—¡Solo soy un hombre que tiene miedo de vivir después de rendirse!
El guardia le golpeó el estómago.
Anna cayó de rodillas.
El segundo abrió la puerta de la celda.
Durante un instante pudo verlo.
Matthias estaba más delgado.
Tenía el cabello largo y una cicatriz sobre el ojo. La ropa colgaba de su cuerpo.
Pero era él.
Sus ojos continuaban siendo los mismos.
Matthias intentó salir.
El guardia lo golpeó contra la pared.
Anna se levantó y se lanzó sobre el hombre que la sujetaba.
Le mordió la mano.
El guardia gritó.
Ella consiguió soltarse.
Corrió hacia la celda.
Matthias extendió el brazo.
Sus dedos casi llegaron a tocarse.
Casi.
Otro guardia apareció y golpeó a Anna en la espalda.
Cayó.
Desde el suelo vio cómo cerraban la puerta.
—¡Anna!
—¡Estoy aquí!
—¡Saca a los niños de la ciudad!
—¡No me iré sin ti!
Los guardias la arrastraron por el pasillo.
Ella se agarró a las piedras.
Las uñas se rompieron.
—¡Mañana! —gritó—. ¡Nos veremos mañana!
Matthias golpeaba la puerta desde dentro.
—¡Anna!
La arrastraron hasta el patio.
Varios prisioneros observaban desde las filas.
Un oficial se acercó.
Era el hombre de la cicatriz.
—Le advertí que se marchara.
Anna tenía sangre en la boca.
—Y yo le dije que quería verlo.
El oficial la golpeó.
Cayó sobre el empedrado.
—Mamá.
La voz llegó desde la entrada.
Lukas estaba allí.
Había entrado con Klara.
El niño sostenía una barra de hierro.
Un guardia yacía en el suelo detrás de él.
Anna comprendió lo que había ocurrido.
Lukas había esperado cinco minutos.
Después había entrado.
—Suelta eso —ordenó el oficial.
El niño levantó la barra.
Tenía miedo.
Todo su cuerpo temblaba.
—¡Lukas, no!
El oficial sacó la pistola.
Anna se interpuso.
—Es un niño.
—Ha atacado a un guardia.
—No quería hacerlo.
—Sí quería —dijo Lukas.
—Cállate.
El oficial apuntó.
Klara comenzó a gritar.
Los prisioneros de las filas se movieron.
Primero uno.
Después varios.
Un hombre empujó a un guardia.
Otro intentó correr.
Alguien gritó:
—¡Ahora!
El patio estalló.
Los prisioneros se lanzaron contra los soldados.
Sonaron disparos.
Los hombres corrieron en todas direcciones.
Un camión arrancó antes de que cerraran las puertas traseras.
Varios detenidos saltaron.
Los guardias golpeaban y disparaban.
Anna agarró a Lukas y a Klara.
—¡Al suelo!
Una bala golpeó la pared.
Saltaron fragmentos de piedra.
El oficial de la cicatriz perdió de vista a la familia entre los prisioneros.
Anna arrastró a los niños detrás de un vehículo.
—Tenemos que salir.
—Papá está dentro —dijo Lukas.
—No podemos llegar hasta él.
—Ya hemos llegado una vez.
—Ahora están disparando.
Una explosión sacudió la entrada.
No era una bomba.
Uno de los camiones de combustible se había incendiado.
Las llamas se extendieron por el lateral del edificio.
El humo cubrió el patio.
Las sirenas comenzaron a sonar.
Desde las calles llegaron más soldados de las SS.
El tumulto de la prisión se mezcló con las detenciones de la ciudad.
Prisioneros corriendo.
Familias judías empujadas hacia los camiones.
Guardias disparando.
Mujeres buscando a sus hijos.
Nadie sabía quién debía estar dentro ni quién intentaba escapar.
Anna vio una puerta abierta al otro lado del patio.
—Por allí.
Corrieron.
Lukas se detuvo.
—Mamá.
Junto al muro estaba la mujer de la niña enferma.
Había caído.
La pequeña permanecía a su lado.
Un soldado se acercaba.
Anna miró la salida.
Después a la niña.
Pensó en las muchachas de la iglesia.
En la pregunta de Klara.
Entonces ¿para qué sirve?
—Lukas, lleva a tu hermana hacia la puerta.
—¿Qué vas a hacer?
—Algo.
Anna corrió hacia la niña.
El soldado levantó el fusil.
Anna cogió una piedra y la lanzó.
Golpeó al hombre en la cara.
No lo derribó.
Pero lo hizo retroceder.
Anna levantó a la pequeña.
La madre intentó ponerse en pie.
—Corra.
—No puedo.
Anna le entregó la niña.
Después pasó un brazo alrededor de la mujer.
Avanzaron juntas.
El soldado se recuperó.
Apuntó.
Sonó un disparo.
Anna cerró los ojos.
No sintió dolor.
Cuando miró atrás, el soldado estaba en el suelo.
Un hombre vestido con uniforme alemán sostenía una pistola.
Era el joven de las pecas.
El mismo que había encontrado a la familia escondida en el tren.
Los reconoció.
También Anna lo reconoció a él.
—¡Salgan de aquí! —gritó.
—¿Por qué nos ayuda?
El joven miró a los soldados que entraban por la verja.
—Porque una vez no fue suficiente.
Disparó de nuevo.
Anna llevó a la mujer hasta la salida.
Lukas esperaba con Klara.
—Creí que no volverías.
—Yo también.
Escaparon a las calles.
La ciudad era un laberinto de humo, vehículos y personas detenidas.
Las SS bloqueaban las avenidas.
Los soldados registraban casas.
Camiones cargados de familias avanzaban hacia la estación.
Anna no sabía adónde dirigirse.
Entonces una motocicleta frenó junto a ellos.
La conductora llevaba uniforme militar.
Se quitó las gafas.
Era Helena.
—Subid.
—Somos demasiados.
—Entonces tendremos que ocupar poco espacio.
La madre judía subió con su hija en el sidecar.
Anna colocó a Klara sobre el depósito.
Lukas se agarró detrás.
—¿Y tú? —preguntó.
—Correré junto a vosotros.
Helena señaló un callejón.
—Hay una furgoneta al final.