El último tren del invierno Chapter 9 #2
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Chapter 9 #2

Otro agente la hizo callar.

Anna sintió cómo la mano de Lukas se cerraba.

—Tenemos que ayudarlos.

—No podemos.

—Eso dijiste en la iglesia.

La frase le atravesó el pecho.

—Ahora tengo que encontrar a vuestro padre.

—Siempre hay algo más importante.

—No.

—Para ti, sí.

Anna se volvió hacia él.

—Si hacemos algo ahora, nos detendrán a todos.

—Quizá papá también pensó eso.

—Tu padre estaba solo.

—Nos tenía a nosotros.

Anna no pudo responder.

En la prisión comenzaron a escucharse golpes.

Puertas que se abrían.

Órdenes.

Pasos corriendo.

Un hombre gritó desde el interior.

Después otro.

El ruido atravesó los muros.

Los agentes de las SS no habían ido a buscar a un solo prisionero.

Habían ido a vaciar una parte de la cárcel.

Los vehículos entraron uno tras otro.

—Van a trasladarlos —dijo Anna.

—¿A papá también?

—No lo sé.

Aquellas palabras regresaban siempre.

No lo sé.

Eran más crueles que una mentira y más débiles que una verdad.

Anna cogió las manos de los niños.

—Vamos.

—¿Adónde?

—A la oficina.

Corrieron hacia la entrada lateral.

El funcionario de la noche anterior ya no estaba. Un guardia bloqueaba la puerta.

—No hay visitas.

—Mi marido será juzgado hoy.

—Márchese.

—Necesito saber si lo trasladan.

—He dicho que se marche.

Detrás del guardia apareció un oficial de las SS.

Era alto.

Tenía el rostro estrecho y una cicatriz junto a la boca.

Miró a Anna.

Después a los niños.

—¿Quién es su marido?

Anna dudó.

—Matthias Gruber.

El oficial pareció reconocer el nombre.

—¿La familia del campesino?

El modo en que lo dijo hizo que Anna sintiera frío.

No era curiosidad.

Era satisfacción.

—Sí.

—Entonces ha llegado en un momento interesante.

—¿Dónde está?

El hombre sonrió.

—Dentro.

—Eso ya lo sé.

El guardia miró a Anna, sorprendido por su respuesta.

El oficial no dejó de sonreír.

—Su marido ha creado más problemas de los que imagina.

—Solo se ha negado a obedecer.

—A veces una negativa produce más ruido que un disparo.

—¿Van a trasladarlo?

—Eso dependerá de él.

—¿De qué?

—De si finalmente ha comprendido.

Anna dio un paso.

El guardia levantó el fusil para bloquearla.

—Quiero verlo.

—Tal vez lo vea.

—¿Cuándo?

El oficial se inclinó ligeramente.

—Cuando ya no tenga nada que decirle.

Anna sostuvo su mirada.

—Entonces nunca lo veré de esa manera.

La sonrisa desapareció.

—Retírese.

—No.

El hombre observó a los niños.

—Sería una pena que los pequeños heredaran la obstinación de su padre.

Lukas avanzó.

—Me llamo Lukas Gruber.

Anna lo agarró.

—Cállate.

El oficial volvió a sonreír.

—Ya la ha heredado.

Se marchó.

El guardia cerró la puerta.

Anna tiró de Lukas.

—¿Qué estás haciendo?

—No voy a esconder mi nombre.

—Te pueden matar por tu nombre.

—Entonces no es mi culpa.

—Eso no evita que estés muerto.

—Tampoco evitó que papá estuviera preso.

Anna lo abofeteó.

El golpe resonó en la calle.

Lukas la miró.

No se llevó la mano a la mejilla.

No lloró.

Eso fue peor.

Anna bajó el brazo.

—Perdóname.

—Siempre dices lo mismo.

El niño se apartó.

Klara comenzó a llorar.

—No discutáis.

Anna intentó acercarse a Lukas.

Él retrocedió.

—No me toques.

Detrás de ellos, las puertas de la prisión se abrieron.

Un camión salió.

En la parte trasera viajaban prisioneros.

Estaban amontonados.

Algunos llevaban uniformes carcelarios.

Otros todavía conservaban ropa civil.

Anna corrió hacia el camino.

—¡Matthias!

El guardia gritó que se alejara.

Anna ignoró la orden.

Corrió junto al vehículo.

—¡Matthias!

Los rostros de los prisioneros giraron.

Ninguno era él.

Un hombre muy delgado se acercó a los barrotes.

—¿Gruber?

Anna siguió corriendo.

—¡Sí!

—¡Está vivo!

El camión aceleró.

—¿Dónde?

—¡Bloque tres!

—¿Lo trasladan?

El hombre intentó responder.

Un guardia lo golpeó desde el interior.

Desapareció entre los otros cuerpos.

Anna corrió hasta que cayó.

El camión se alejó.

Lukas llegó hasta ella.

—Ha dicho que está vivo.

Anna respiraba con dificultad.

—Sí.

—Bloque tres.

—Sí.

Se levantó.

Tenía las palmas ensangrentadas por la caída.

Otros camiones comenzaron a salir.

En uno viajaban hombres judíos.

En otro, mujeres.

Algunas sostenían a sus hijos.

No procedían de la prisión.

Los habían recogido en las calles y llevado hasta allí para organizarlos antes del traslado.

La prisión se había convertido en un punto de reunión.

Un lugar donde las personas dejaban de ser vecinos, padres o hijos.

Se convertían en cantidades.

Cuarenta hombres.

Treinta mujeres.

Dieciocho niños.

Un oficial anotaba los números en una carpeta.

Una mujer intentó abandonar la fila.

—Mi hija está enferma —gritó.

Llevaba en brazos a una niña de unos cinco años.

Un soldado la empujó de nuevo.

—No puede viajar.

—Todos pueden viajar.

—Tiene fiebre.

—Entonces morirá sentada.

Anna sintió que Klara se aferraba a su abrigo.

La madre levantó la vista.

Durante un instante sus ojos encontraron los de Anna.

No le pidió ayuda.

Quizá ya sabía que nadie acudiría.

Aquello fue lo que más dolió.

Anna vio una puerta lateral abierta junto al edificio administrativo.

Dos guardias arrastraban cajas hacia un camión.

La entrada quedaba sin vigilancia durante unos segundos.

Miró a Lukas.

—Lleva a Klara detrás del muro.

—¿Qué vas a hacer?

—Entrar.

—Te detendrán.

—Puede que estén trasladando a vuestro padre.

—Voy contigo.

—No.

—No volverás a dejarme.

—Esta vez tienes que cuidar de tu hermana.

—Siempre dices eso cuando quieres apartarme.

—Lukas.

El niño miró hacia la prisión.

Después a Klara.

—Cinco minutos.

—No sé cuánto tardaré.

—Cinco minutos. Después entraré.

Anna no discutió.

Corrió hacia la puerta lateral.

Se ocultó detrás de un grupo de mujeres que cargaban mantas. Todas llevaban ropa gris y brazaletes de trabajadoras auxiliares.

Anna levantó una caja vacía del suelo y caminó junto a ellas.

Nadie le preguntó quién era.

La prisión estaba sumida en el caos.

Guardias corriendo.

Prisioneros alineados.

Carpetas que cambiaban de manos.

Órdenes contradictorias.

El patio olía a humo, sudor y combustible.

Anna mantuvo la cabeza baja.

Cruzó una primera puerta.

Después otra.

En una pared vio números pintados.

BLOQUE UNO.

BLOQUE DOS.

BLOQUE TRES.

El corazón golpeó con fuerza.

Avanzó por un pasillo.

Las celdas estaban cerradas.

Desde el interior llegaban voces.

—¿Quién está ahí?

—¡Agua!

—¡Por favor!

—¡Dígale a mi mujer que estoy vivo!

Anna continuó.

No podía responder a todos.

Cada voz era una mano intentando detenerla.

Llegó a una reja.

Un guardia permanecía al otro lado.

No podía continuar.

Dejó la caja en el suelo.

—Me han ordenado llevar esto al bloque tres.

—¿Quién?

—El oficial de la cicatriz.

El guardia miró la caja vacía.

—No hay nada.

Anna la observó como si acabara de descubrirlo.

—Me dijeron que recogiera los expedientes.

—¿Qué expedientes?

—Los de los prisioneros que van a trasladar.

El hombre dudó.

El caos podía ser más útil que cualquier documento falso.

Abrió la reja.

—La oficina está al final.

Anna entró.

Caminó despacio hasta doblar la esquina.

Entonces corrió.

Las puertas estaban numeradas.

Tres doce.

Tres trece.

Tres catorce.

No sabía cuál era la celda de Matthias.

—¡Matthias! —susurró.

Nadie respondió.

—¡Matthias Gruber!

Una voz surgió de una celda.

—¿Anna?

Se detuvo.

Durante unos segundos no pudo moverse.

La voz era más grave.

Más débil.

Pero era él.

Se acercó a la puerta.

—Matthias.

Al otro lado escuchó un golpe.

Como si hubiera caído contra la madera.

—Anna.

Ella apoyó las dos manos.

—Estoy aquí.

—No.

—Sí.

—No puedes estar aquí.

—He venido con los niños.

Silencio.

—¿Lukas?

—Está fuera.

—¿Y Klara?

—También.

Escuchó la respiración de Matthias.

Parecía estar llorando.

—¿Están bien?

Anna cerró los ojos.

No sabía cómo responder.

Habían pasado hambre.

Klara había estado a punto de morir.

Lukas llevaba años lleno de rabia.

Habían dormido en sótanos.

Habían utilizado nombres falsos.

Habían visto cómo se llevaban a familias enteras.

—Están vivos.

Matthias comprendió todo lo que aquella respuesta ocultaba.

—Lo siento.

—No.

—Anna…

—No me pidas perdón ahora.

—Os he hecho esto.

—Ellos nos lo han hecho.

—Yo elegí.

—Y yo también.

Se escucharon pasos.

Anna miró hacia el pasillo.

—Van a juzgarte.

—Sí.

—¿Qué te pedirán?

Matthias no respondió.

—Dímelo.

—Que firme.

—¿Qué?

—Una declaración. Que reconozca que estaba equivocado. Que acepte servir si me lo ordenan.

Anna apoyó la frente contra la puerta.

—¿Y si firmas?

—Tal vez me envíen al frente.

—Estarías vivo.

—Por un tiempo.

—Estarías vivo.

Las palabras salieron con más fuerza.

—Anna…

—No tienes derecho a decidir solo.

—Lo sé.

—No, no lo sabes. Llevas años encerrado pensando en la dignidad, en la conciencia, en no obedecer. Yo he tenido que pensar en pan. En fiebre. En documentos. En cómo evitar que violen una puerta mientras duermen nuestros hijos.

Matthias guardó silencio.

—He cruzado ciudades llenas de muertos para llegar hasta ti —continuó—. No me digas que tu muerte solo te pertenece.

—No lo creo.

—Entonces firma.

La palabra quedó entre los dos.

Anna la había pronunciado.

Durante años había defendido la negativa de Matthias.

Había soportado insultos.

Había abandonado la montaña.

Había ayudado a la resistencia.

Había dicho a sus hijos que su padre no era un cobarde.

Y ahora le pedía que cediera.

—Firma —repitió—. Después veremos cómo escapar. La resistencia puede ayudarte. Podemos escondernos. Podemos marcharnos.

—Si firmo, me enviarán a matar.

—Puedes desertar.

—Puede que me vigilen.

—Encontraremos una manera.

—¿Y si me ordenan disparar antes?

—Dispara al suelo.

—¿Y si ponen a un hombre delante?

—No lo sé.

La voz de Anna se quebró.

—No lo sé, Matthias. Estoy cansada de tener que saberlo todo.

Los pasos se acercaban.

—Escúchame —dijo él—. No quiero morir.

—Entonces no mueras.

—Tengo miedo.

—Yo también.

—Cada noche pienso en firmar.

Anna abrió los ojos.

Nunca había imaginado que Matthias dudara.

Lo había convertido en algo más firme que un hombre.

En una montaña.

Pero las montañas no lloraban detrás de una puerta.

—Entonces hazlo.

—Y cada mañana escucho cómo se llevan a otros.

—Tú no puedes salvarlos.

—No.

—Ni negándote.

—Tal vez no.

—Entonces ¿para qué?

Matthias tardó en contestar.