El último tren del invierno Chapter 9
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Chapter 9

ACTO VI

La última noche

La puerta de hierro volvió a cerrarse.

El ruido recorrió el pasillo como un disparo.

Después regresó el silencio.

No necesitaba mirar el pequeño ventanuco de mi celda para saber que el día estaba terminando. En prisión se aprende a medir el tiempo por los sonidos.

Las llaves.

Los cubos.

Los pasos.

Los gritos.

Y los silencios.

Aquella tarde todo era distinto.

Los guardias hablaban menos.

Cuando pronunciaban una palabra, lo hacían en voz baja.

Algo estaba ocurriendo.

Yo ya conocía aquel ambiente.

Había visto marcharse a otros hombres.

La noche anterior siempre era igual.

La prisión respiraba diferente.

Me senté sobre el camastro.

El jergón apenas conservaba la forma de un colchón. Los muelles sobresalían como huesos rotos. Hacía meses que había dejado de intentar dormir cómodo.

Las costillas seguían doliendo.

El ojo izquierdo apenas veía con claridad.

Había aprendido a reconocer el dolor de cada golpe como quien distingue la voz de un vecino.

Uno pertenecía al pasado.

Otro todavía estaba llegando.

Saqué del bolsillo interior de la chaqueta un pequeño trozo de madera.

Lo había escondido durante semanas.

Era apenas una astilla.

La había arrancado de una vieja caja de alimentos mientras limpiábamos el almacén.

Nadie entendía por qué la conservaba.

Ni siquiera yo.

Quizá porque procedía de un árbol.

Y los árboles pertenecían a la montaña.

Deslicé los dedos sobre aquella madera.

Cerré los ojos.

Durante unos segundos pude volver a oler los abetos.

La tierra mojada.

La nieve.

Escuché el cencerro de las vacas.

Después apareció la voz de Anna.

—No olvides comprar sal.

Sonreí.

No recordaba la última vez que había sonreído.

El recuerdo duró poco.

Un portazo rompió el silencio.

Después otro.

Escuché pasos.

Un hombre gritaba.

—¡No!

La palabra resonó varias veces por el pasillo.

No era un grito de valentía.

Era el grito de alguien que acababa de comprender que ya no existía ninguna salida.

Después llegaron los golpes.

Uno.

Dos.

Tres.

Después ninguno.

Solo un cuerpo siendo arrastrado.

Me acerqué a la puerta.

Miré por la rendija.

Dos guardias transportaban a un hombre sujetándolo por los brazos.

Sus pies dejaban un rastro oscuro sobre el suelo.

No supe si era barro.

No quise saberlo.

La puerta volvió a cerrarse.

Regresé al camastro.

La prisión seguía respirando.

Entonces escuché algo inesperado.

Un violín.

Muy lejos.

Tan lejos que al principio pensé que era mi imaginación.

La melodía era lenta.

Torpe.

Como si quien tocaba hubiera olvidado parte de la canción.

Pensé en Samuel.

Nunca llegué a preguntarle si realmente sabía tocar.

Tal vez aquella música nunca existió.

Quizá solo era mi memoria intentando protegerme.

La melodía desapareció.

Los pasos regresaron.

Las llaves también.

El guardia abrió la mirilla.

—Gruber.

Me levanté.

—¿Qué?

No respondió.

Me observó unos segundos.

Después cerró.

Aquello era peor.

Cuando un hombre deja de insultarte es porque ya no necesita convencerte de nada.

Pasó otra hora.

O dos.

En una celda el tiempo se pudre.

Escuché voces en el pasillo.

—Es él.

—Sí.

—Mañana.

Solo esa palabra.

Mañana.

La misma que Anna estaría escuchando al otro lado de los muros.

Ella no podía saber que yo también la había oído.

Pensé en ella.

¿Seguiría viva?

La última carta tenía muchos meses.

La censura había cubierto casi todas las frases.

Solo una había llegado completa.

"No dejes que ellos borren tu voz."

La había leído tantas veces que ya no necesitaba el papel.

La llevaba dentro.

Golpearon la puerta.

Entró un sacerdote.

No era el padre Reinhardt.

Era más joven.

Mucho más joven.

Llevaba un pequeño crucifijo de madera.

—Buenas noches.

No respondí.

Se sentó frente a mí.

—Me llamo Andreas.

Seguí callado.

—Estoy aquí para acompañar a los hombres que comparecen mañana.

Sonrió con tristeza.

No necesitaba explicar más.

—No creo en Dios.

—Ya lo sé.

—Entonces ahorrémonos el tiempo.

—No he venido solo a hablar de Dios.

Lo miré.

Tenía las manos demasiado limpias para aquella prisión.

—¿De qué quiere hablar?

—De usted.

—No queda mucho.

—Queda lo más importante.

Me reí.

Hacía mucho que no lo hacía.

Sonó extraño.

Como si perteneciera a otro hombre.

—Todos ustedes dicen lo mismo.

—¿Quiénes?

—Los que creen que todavía pueden salvar algo.

El sacerdote guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Tiene miedo?

Tardé mucho en responder.

—Sí.

Era la primera vez que lo decía en voz alta.

Esperaba sentir vergüenza.

No llegó.

Solo alivio.

—Eso no lo hace menos valiente.

—No soy valiente.

—Entonces ¿qué es?

Pensé durante unos segundos.

—Estoy cansado.

El sacerdote bajó la mirada.

—Es diferente.

—No tanto.

Permanecimos en silencio.

Hasta que volvió a hablar.

—Hay alguien fuera.

Sentí que el corazón dejaba de latir.

—¿Qué?

—No puedo decir nombres.

Me acerqué.

—¿Quién?

—Solo puedo decir que alguien ha recorrido un largo camino.

Noté que las piernas dejaban de sostenerme.

—¿Anna?

El sacerdote no respondió.

No podía hacerlo.

Pero tampoco negó con la cabeza.

Comprendí.

Ella estaba allí.

Había llegado.

Después de todos aquellos años.

Apoyé la frente contra la pared.

Cerré los ojos.

Imaginé sus manos.

Su voz.

Su forma de caminar cuando estaba enfadada.

Después pensé en Lukas.

¿Cuánto habría crecido?

¿Seguiría teniendo miedo de las tormentas?

¿Klara seguiría durmiendo abrazada a aquella muñeca?

El sacerdote se levantó.

—Mañana tendrá ocasión de hablar.

—¿Con ellos?

No respondió.

Salió de la celda.

La puerta volvió a cerrarse.

Me quedé completamente inmóvil.

Anna estaba allí.

A pocos metros.

Quizá menos de cien.

Después de años sin saber si seguía viva.

Sin saber si la montaña existía todavía.

Sin saber si mis hijos me recordaban.

Estaban al otro lado de aquellas paredes.

Lloré.

No hice ruido.

Las lágrimas caían sobre la madera que todavía sostenía entre los dedos.

Era la primera vez que lloraba desde que me arrestaron.

No lloraba por mí.

Lloraba porque había sobrevivido lo suficiente para volver a estar cerca de ellos.

Y comprendí algo terrible.

Aquello hacía mucho más difícil la decisión del día siguiente.

Porque ahora ya no moriría solo.

Moriría sabiendo exactamente qué rostro dejaba atrás.

La prisión quedó completamente en silencio.

Fuera, el viento golpeaba los muros.

Al otro lado de la oscuridad, Anna permanecía despierta bajo un árbol, abrazando a Lukas y a Klara, sin saber que Matthias, separado de ellos por apenas unos metros de piedra y hierro, estaba apoyando la mano sobre el mismo muro e imaginando que, quizá, ellos hacían exactamente lo mismo.

Ninguno podía verse.

Pero aquella noche, por primera vez en años, los cuatro respiraban el mismo aire.

ACTO V La ciudad de los detenidos

La madrugada llegó sin luz.

Un ruido de motores despertó a Anna.

No era un solo vehículo.

Eran muchos.

Camiones.

Motocicletas.

Automóviles militares.

Se incorporó bajo el árbol y cubrió a Klara con el abrigo. La niña dormía apoyada contra su hermano. Lukas abrió los ojos al escuchar las primeras órdenes.

—¿Qué ocurre?

Anna miró hacia la carretera.

Varias luces avanzaban desde la ciudad.

—No lo sé.

Los vehículos pasaron frente a la prisión sin detenerse. Los faros atravesaron la oscuridad y durante unos segundos iluminaron los muros, las torres y el alambre de espino.

En la parte trasera de los camiones viajaban soldados.

Algunos vestían uniformes del ejército.

Otros llevaban las insignias negras de las SS.

Anna los reconoció antes de verlas con claridad.

Había aprendido a distinguirlos por la manera en que se movían.

No caminaban como hombres que cumplían una orden.

Caminaban como si la ciudad ya les perteneciera.

Uno de los camiones frenó cerca de la entrada.

Bajaron seis agentes.

Un oficial habló con los guardias de la prisión. No podían escuchar las palabras, pero Anna vio cómo señalaba varias veces hacia el interior.

Después entregó una carpeta.

El guardia abrió la verja.

Los agentes entraron.

—¿Van a buscar a papá? —preguntó Klara.

—No.

Anna respondió demasiado rápido.

La niña la miró.

—¿Cómo lo sabes?

—Porque todavía no ha comenzado el juicio.

En realidad, no sabía nada.

Quizá habían decidido adelantarlo.

Quizá habían venido para trasladarlo.

Quizá aquella noche no habría juicio porque ya no necesitaban fingir que existía una ley.

Anna se levantó.

Tenía las piernas entumecidas por el frío.

—Tenemos que acercarnos.

—El guardia dijo que nos marcháramos —recordó Lukas.

—Ya nos hemos marchado.

—Estamos frente a la misma prisión.

—Pero en otro árbol.

Lukas no sonrió.

La guerra había convertido el humor en algo que aparecía y desaparecía demasiado rápido.

Avanzaron por el borde del camino.

No habían dado veinte pasos cuando una sirena comenzó a sonar en la ciudad.

No era la alarma de bombardeo.

Era más corta.

Más repetitiva.

Después sonaron silbatos.

Gritos.

Puertas golpeadas.

Anna se detuvo.

Desde la colina podían verse las primeras calles.

Decenas de soldados avanzaban entre los edificios.

Entraban en las casas.

Sacaban a la gente.

—Mamá —susurró Klara.

Una familia apareció al final de la calle.

Un hombre.

Una mujer.

Dos niños.

Los empujaban tres miembros de las SS.

El hombre llevaba la camisa abierta y no tenía zapatos. La mujer sostenía una pequeña maleta.

Uno de los niños lloraba.

El otro caminaba en silencio.

Detrás de ellos salieron más personas.

Ancianos.

Mujeres con abrigos colocados sobre los camisones.

Hombres con las manos levantadas.

Algunos llevaban una estrella cosida en la ropa.

Los soldados los reunían junto a la pared de una fábrica.

—Son judíos —dijo Lukas.

Anna no respondió.

Ya lo sabía.

Una anciana cayó.

Un agente le ordenó levantarse.

La mujer lo intentó.

No pudo.

El agente la agarró por el brazo y la arrastró varios metros.

Klara escondió el rostro contra el cuerpo de su madre.

—No quiero mirar.

—No mires.

Lukas sí miró.

Anna quiso cubrirle los ojos.

No lo hizo.

Había cosas que un niño no debía ver.

Pero también había cosas que el mundo no debía permitir que fueran olvidadas.

Un hombre intentó regresar a una casa.

Solo dio dos pasos.

Un soldado lo golpeó con la culata del fusil.

El hombre cayó.

Su esposa gritó.