Chapter 8 #6
—¿Anna Gruber?
—Sí.
—¿Cómo ha llegado hasta aquí?
—En tren.
—No le he preguntado el medio de transporte.
—He venido a buscar a mi marido.
—Su domicilio se encuentra en Austria.
—Ya no tengo domicilio.
El oficial miró a los niños.
—¿Son hijos del prisionero?
—Sí.
—Sus nombres.
Anna dudó.
—Lukas y Klara Gruber.
El hombre anotó.
Otra vez el lápiz.
Anna sintió el impulso de agarrar a los niños y huir.
No lo hizo.
—Matthias Gruber —dijo el oficial—. Nacido en Austria. Campesino. Detenido por resistencia a la autoridad, propaganda derrotista, evasión de obligaciones militares e insubordinación.
—Sí.
—¿Reconoce que es su esposo?
—Sí.
—¿Y que se negó a servir al Reich?
—Reconozco que se negó a matar.
—No he dicho eso.
—Yo sí.
El oficial cerró la carpeta.
—No debería hablar de esa manera.
—Llevo años escuchándolo.
—¿Qué quiere?
La pregunta le pareció absurda.
—Verlo.
—No está permitido.
—He viajado desde Austria.
—No cambia las normas.
—Mis hijos necesitan verlo.
—No está permitido.
—Dígale que estamos aquí.
—No puedo.
—Puede.
—No.
Anna apoyó las manos en el mostrador.
—Necesito saber si está vivo.
El funcionario y el oficial se miraron.
—Espere aquí —dijo el segundo.
Desapareció.
Anna se quedó inmóvil.
El reloj de la pared avanzaba.
Cada movimiento de la aguja parecía demasiado fuerte.
Klara apoyó la cabeza contra su madre.
Lukas miraba la puerta.
Pasó una hora.
Después otra.
Un guardia llevó agua.
No explicó nada.
Anna comenzó a pensar que los detendrían.
Que la resistencia había sido descubierta.
Que Hartmann los había denunciado.
Que el capellán había mentido.
La puerta se abrió.
El oficial regresó.
Llevaba una carpeta.
La dejó sobre el mostrador.
Buscó entre varias hojas.
Sus dedos se detuvieron.
—Matthias Gruber.
Anna no respiró.
El hombre levantó la vista.
—Sí.
Una sola palabra.
Sí.
El mundo se hizo pequeño.
La oficina.
El mostrador.
La carpeta.
El rostro del hombre.
Todo lo demás desapareció.
—¿Está aquí? —preguntó.
—Sí.
Klara agarró su vestido.
Lukas dio un paso.
—¿Está vivo?
El oficial miró al niño.
—Sí.
Anna cerró los ojos.
Durante años había imaginado que, al escuchar aquella respuesta, lloraría.
No pudo.
El cuerpo no siempre sabe cómo recibir la esperanza después de haber vivido demasiado tiempo sin ella.
—Quiero verlo.
—No es posible.
—Solo unos minutos.
—No.
—Dígale que hemos venido.
—No puedo garantizar que reciba el mensaje.
—Es mi marido.
—Es un prisionero militar.
—Antes de eso era mi marido.
El oficial guardó las hojas.
—Su situación es delicada.
—¿Qué significa?
—Su expediente ha sido remitido al tribunal.
—¿Cuándo?
El hombre dudó.
—Mañana.
Anna sintió que la palabra no tenía sentido.
—¿Mañana qué?
—Será juzgado.
—¿Por quién?
—Por un tribunal militar.
—¿Cuál puede ser la condena?
El oficial cerró la carpeta.
—No puedo responder.
—Sí puede.
—No debo.
—He cruzado un país en guerra. He pasado hambre. Han perseguido a mis hijos. He dormido en estaciones y sótanos. He vendido todo lo que tenía. No me diga lo que debe hacer. Dígame qué van a hacerle.
El hombre la observó.
Durante un instante dejó de parecer un uniforme.
Pareció solo un hombre cansado.
—Si mantiene su negativa —dijo—, pedirán la pena de muerte.
Klara no comprendió.
Lukas sí.
—No —susurró.
Anna se agarró al mostrador.
—Déjeme verlo.
—No puedo.
—Tiene que poder.
—Las visitas se suspenden antes de los juicios.
—No sabe que estamos aquí.
—Intentaré que reciba el mensaje.
—No quiero que lo intente.
El oficial bajó la voz.
—Es lo único que puedo ofrecerle.
Anna miró la puerta situada detrás de él.
Matthias se encontraba en alguna parte al otro lado.
Quizá caminaba por una celda.
Quizá dormía.
Quizá esperaba la muerte.
Solo los separaban unas paredes.
Después de años de caminos, trenes, nombres falsos, golpes y negativas, habían llegado hasta el mismo edificio.
Y todavía no podían tocarse.
Anna apoyó una mano sobre la madera del mostrador.
—Dígale que no lo hemos olvidado.
El oficial asintió.
—Dígale que Lukas y Klara están aquí.
—Lo haré.
—Dígale que no debe decidir nada pensando que estamos solos.
El hombre no respondió.
—Dígaselo.
—Lo haré.
Anna tomó las manos de sus hijos.
Salieron de la oficina.
Frente a ellos se alzaban los muros de la prisión.
El cielo estaba gris.
El viento movía el alambre.
Klara miró las ventanas.
—¿Cuál es la de papá?
—No lo sé.
—¿Puede vernos?
Anna buscó entre las pequeñas aberturas.
No vio ningún rostro.
Aun así, levantó la mano.
Lukas hizo lo mismo.
No era un saludo.
Era una señal.
Estamos aquí.
Seguimos vivos.
No te hemos olvidado.
Permanecieron frente a la prisión hasta que un guardia les ordenó marcharse.
Anna no discutió.
Cruzaron el camino.
Se sentaron bajo un árbol desnudo, desde el que todavía podían ver los muros.
Pasarían allí la noche.
No tenían alojamiento.
No importaba.
Por primera vez desde que Matthias había sido detenido, Anna sabía dónde se encontraba.
Estaba al otro lado de aquellas paredes.
Vivo.
Y a la mañana siguiente, varios hombres vestidos con uniformes decidirían si tenía derecho a continuar estándolo.