El último tren del invierno Chapter 8 #5
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Chapter 8 #5

El viaje comenzó en un tren de carga.

Iban escondidos detrás de cajas.

Había otras seis personas.

Una familia judía.

Dos desertores.

Un muchacho francés.

Nadie hablaba.

El aire era escaso.

Klara se quedó dormida sobre las piernas de Anna.

Durante la noche, el tren se detuvo.

Escucharon voces.

Las puertas se abrieron.

Una linterna recorrió el vagón.

—Documentos.

El hombre judío abrazó a su esposa.

Uno de los desertores sacó una pistola.

Elise le había advertido que no lo hiciera.

—Si disparas, moriremos todos —susurró Anna.

—Moriremos igualmente.

La linterna se acercó.

Lukas tomó la mano de su hermana.

El soldado apartó una caja.

Vio los rostros.

Durante unos segundos nadie respiró.

El soldado era joven.

Tenía pecas.

Miró al desertor.

Después a los niños.

—Este vagón está vacío —gritó.

Cerró la puerta.

El tren continuó.

Nadie habló durante mucho tiempo.

—¿Por qué nos ha ayudado? —preguntó Klara.

—No lo sé —dijo Anna.

Tal vez había visto algo.

Tal vez tenía miedo.

Tal vez estaba cansado de obedecer.

Tal vez una línea había aparecido dentro de él.

Llegaron a Berlín durante un bombardeo.

Las sirenas sonaban.

Las personas corrían hacia los refugios.

El cielo estaba cubierto por luces.

Anna salió de la estación con los niños.

Una explosión hizo temblar el suelo.

Klara gritó.

Las ventanas de un edificio se rompieron.

La multitud los arrastró hasta un sótano.

Dentro había decenas de personas.

Una mujer rezaba.

Un niño se tapaba los oídos.

Cada explosión parecía acercarse.

—¿Son los enemigos? —preguntó Klara.

Anna no sabía qué responder.

En la guerra, todos llamaban enemigo al hombre que arrojaba la bomba.

Nadie preguntaba quién había iniciado el incendio.

—Son aviones —dijo.

—¿Van a matarnos?

—No.

Lukas la miró.

Esta vez no la contradijo.

Cuando terminó el bombardeo, salieron.

Había fuego en varias calles.

Los bomberos trabajaban entre los escombros.

Un hombre caminaba cubierto de polvo con un cuerpo pequeño entre los brazos.

Anna ocultó los ojos de Klara.

Lukas ya lo había visto.

Encontraron el refugio de la resistencia al amanecer.

Estaba bajo una imprenta legal.

Una mujer llamada Helena los recibió.

—Elise envía problemas.

—También medicinas.

—Las medicinas ocupan menos espacio.

Aun así, les dio un colchón.

Anna preguntó por Paul Reinhardt.

Helena conocía el nombre.

—Era capellán de una prisión.

—¿Era?

—Lo arrestaron por llevar mensajes de los condenados.

—¿Está muerto?

—No lo sé.

Anna soltó una risa amarga.

—Todo el mundo responde lo mismo.

—Porque saber se ha vuelto peligroso.

Durante días buscaron al capellán.

Helena utilizó contactos.

Un empleado de correos.

Una enfermera.

Un sepulturero.

Finalmente descubrieron que Reinhardt estaba escondido en un hospital religioso.

Anna fue sola.

El sacerdote yacía en una cama.

Tenía una pierna amputada.

—Matthias Gruber —repitió.

Cerró los ojos.

—Sí.

—Campesino austríaco.

Anna se acercó.

—¿Lo conoce?

—Conocí a muchos hombres.

—¿Él estaba en Plötzensee?

—No.

La esperanza cayó.

—Entonces ¿dónde?

—Lo trasladaron antes de que yo llegara.

—¿Adónde?

El sacerdote respiró con dificultad.

—Brandenburg.

—¿Está seguro?

—Recuerdo su nombre porque no quería rezar.

Anna sintió ganas de reír y llorar.

Eso era Matthias.

Incluso en prisión discutía con los sacerdotes.

—¿Está vivo?

Reinhardt la miró.

—Lo estaba hace tres meses.

Tres meses.

No un año.

No un rumor antiguo.

Tres meses.

Anna tuvo que sentarse.

—¿Cómo estaba?

—Golpeado.

—¿Podía caminar?

—Sí.

—¿Habló de nosotros?

—De su mujer. De sus hijos. De una montaña.

El sacerdote metió una mano bajo la manta.

Sacó un papel doblado.

—No sé si es suyo.

Anna lo abrió.

Había una frase escrita con lápiz.

Anna, no he olvidado tu voz. No dejes que ellos la borren.

Reconoció la letra.

Se llevó el papel a la boca.

No lloró.

El dolor era demasiado grande para salir convertido en lágrimas.

—¿Por qué lo trasladaron?

—Esperaba un juicio militar.

—¿Cuándo?

—No lo sé.

—¿Cuánto tiempo puede tardar?

—Meses. Años. A veces una noche.

—¿Cuál es la condena?

El sacerdote no respondió.

—Dígamelo.

—Depende de los cargos.

—Se negó a servir.

Reinhardt bajó la mirada.

—Entonces puede ser la muerte.

Anna dobló el papel.

—¿Cómo llego a Brandenburg?

El sacerdote escribió una dirección.

—No use su verdadero nombre.

—Él necesita saber que estoy viva.

—También necesita que usted siga estándolo.

Regresó con los niños.

Lukas leyó la nota.

—Es su letra.

—Sí.

—Está vivo.

—Hace tres meses.

—Sigue vivo.

El niño lo dijo con una certeza que Anna no quiso romper.

Viajaron a Brandenburg escondidos en un camión de suministros.

La carretera estaba llena de controles.

En uno de ellos, un oficial obligó a todos a bajar.

Anna mostró sus documentos.

—Maria Bauer.

—¿Motivo del viaje?

—Mi hermana está enferma.

—¿Dónde vive?

Dio la dirección que había memorizado.

El oficial miró a Lukas.

—¿Cuántos años tienes?

El niño dijo su edad.

—Saluda.

Lukas permaneció quieto.

Anna sintió que el pasado regresaba.

La plaza.

Matthias.

El lápiz.

—Mi hijo tiene un problema en el brazo —dijo.

—No te he preguntado a ti.

El oficial se acercó.

—Saluda.

Lukas levantó el brazo.

Pronunció las palabras.

Anna vio cómo algo se rompía en su rostro.

El oficial sonrió.

—Así está mejor.

Volvieron al camión.

Lukas no habló durante el resto del viaje.

Al caer la noche, Anna se sentó junto a él.

—Hiciste lo correcto.

—No.

—Nos salvaste.

—Papá no lo habría hecho.

—Tu padre no estaba con su hermana en una carretera.

—Se avergonzaría.

—No.

—Tú no lo sabes.

—Lo conozco.

Lukas la miró.

—¿Más que yo?

—De otra manera.

El niño escondió el rostro.

—Cuando levanté el brazo, pensé que él me veía.

Anna lo abrazó.

—Si te hubiera visto, habría comprendido.

—Él no hizo eso.

—Por eso está en prisión.

—Entonces yo soy un cobarde.

—No. Eres un niño que ha conseguido que su hermana continúe viva.

Lukas comenzó a llorar.

Era la primera vez desde la detención.

Anna lo sostuvo.

—La resistencia no siempre consiste en decir que no —susurró—. A veces consiste en sobrevivir hasta poder decirlo.

Llegaron a la ciudad al amanecer.

La prisión militar se encontraba en las afueras.

Muros altos.

Alambre.

Torres.

Un camino largo y vacío.

Anna se quedó frente al edificio.

Durante años había imaginado ese momento.

Pensaba que sentiría alivio.

Solo sintió miedo.

Dentro de aquellos muros podía estar Matthias.

También podía estar su cadáver.

Se acercó a la entrada.

Un guardia salió.

—No puede permanecer aquí.

—Busco a un prisionero.

—Vaya a la oficina.

—¿Dónde?

El hombre señaló un edificio lateral.

Anna entró con los niños.

Había un mostrador.

Un funcionario de rostro delgado escribía.

—Nombre.

—Matthias Gruber.

—¿Parentesco?

—Es mi marido.

—Documentación.

Anna dudó.

Si mostraba los papeles falsos, no podría demostrar el matrimonio.

Si mostraba los verdaderos, podían detenerla.

Sacó sus documentos reales.

El funcionario los examinó.

—Espere.

Entró en otra habitación.

Pasaron diez minutos.

Después veinte.

Klara se sentó en el suelo.

Lukas permanecía de pie.

—¿Está aquí? —preguntó la niña.

—No lo sé.

Media hora después, el funcionario regresó acompañado por un oficial.